Cruzando ambos mundos

35

El ambiente en la habitación se volvió sofocante. La presencia de Evelina, que regresaba del pasillo escoltando al doctor Ivanovich, era como una sombra que devoraba la luz. El cirujano todavía vestía su pijama de quirófano, manchado con la sangre de mi marido, y sus manos temblaban ligeramente, no sé si por el cansancio o por tener a la madre del Tsar respirándole en la nuca.

​Mi familia se agrupó detrás de mí, Erickson me tomó del hombro y Petra apretó mi mano. Todos buscábamos en la cara del doctor una señal, un milagro.

​—Habla de una vez, Ivanovich —ordenó Evelina, su voz era un látigo de hielo—. No tengo paciencia para el suspenso.

​El doctor tragó saliva y me miró a los ojos, ignorando por un segundo a la fiera que tenía al lado.

​—Logramos cerrar la arteria y estabilizar el corazón, Dra. Dasha... pero el daño fue masivo. Hubo una hipoxia prolongada durante la cirugía. Nathaniel está vivo, pero... ha entrado en un coma profundo.

​Un grito ahogado escapó de los labios de mi madre. Yo sentí que el mundo se detenía, que el pitido de mis propios monitores era lo único que me ataba a la realidad.

​—¿Cuándo va a despertar? —pregunté, y mi voz sonó como si viniera de ultratumba.

​Ivanovich bajó la mirada, un gesto que en un médico siempre es la peor de las noticias.

​—No lo sabemos. Los indicadores neurológicos son erráticos. Puede despertar en un mes, en dos... o puede que su cuerpo decida no volver nunca. Ahora mismo, solo depende de él. Despertará cuando tenga ganas de despertar, si es que tiene la fuerza para hacerlo.

​Evelina soltó una risa seca, casi inhumana, y se cruzó de brazos.

​—Típico de mi hijo —sentenció ella, mirando a la nada—. Siempre haciendo las cosas bajo sus propios términos. Ahora ha decidido abandonarnos en medio de una guerra para irse a descansar.

​—¡Él no nos está abandonando! —le grité, sintiendo una punzada de dolor en el vientre—. ¡Él está luchando!

​—Está durmiendo, niña —me cortó Evelina con desprecio—. Y mientras él duerme, los lobos vendrán a devorar lo que queda. Dmitry, duplica la guardia. Si el Tsar no está despierto para dirigir la Bratva, yo lo haré.

​Me quedé mirando a Ivanovich, ignorando el veneno de mi suegra. Un mes. Dos meses. Amy nacería pronto y su padre podría ser solo un cuerpo conectado a máquinas en la habitación de al lado.

El silencio que siguió a las palabras de Evelina fue tan pesado que casi se podía sentir. Mi suegra me miraba con una mezcla de lástima y superioridad, como si yo fuera un estorbo que ella debía limpiar para salvar los restos de la Bratva.

​—Tú no vas a tocar el imperio de mi marido, Evelina —dije con una voz tan baja y gélida que incluso el doctor retrocedió un paso.

​Evelina soltó una carcajada seca, acomodándose su abrigo de piel.

​—¿Tú? —me miró de arriba abajo con desprecio—. Mírate, Dasha. Estás pálida, sangrando y conectada a una máquina. No puedes ni mantener a salvo a un heredero en tu vientre, ¿y pretendes domar a los lobos de Moscú? No durarías una noche antes de que te corten el cuello.

​En ese momento, algo dentro de mí se rompió para dejar paso a algo mucho más antiguo y oscuro. Ignoré el dolor punzante en mis puntos y la advertencia de mi propio cuerpo. Con una delicadeza digna de una reina, me quité los sensores del pecho y arranqué la vía de mi mano sin siquiera parpadear, dejando que una gota de sangre cayera al suelo.

​Me levanté de la cama con movimientos lentos, fluidos. No hubo tambaleo. Mi espalda se irguió con la misma rigidez de los muros de esta clínica. Me puse frente a ella, superándola por unos centímetros de pura dignidad, mientras mi madre se cubría la boca con las manos, aterrorizada por la transformación que veía en mí.

​—Evelina —comencé, y mi voz tenía el filo del acero ruso—, yo no soy una invitada en esta guerra. Soy la mujer que Nathaniel eligió para reinar a su lado, no detrás de él. Y si crees que mi embarazo es una debilidad, es porque no entiendes de lo que es capaz una loba por su cachorro.

​Me acerqué a su oído, susurrando con una calma que hizo que hasta Dmitry se tensara.

​—A partir de hoy, cada hombre de la Bratva responderá ante mí. Si alguien intenta aprovecharse del sueño de mi marido, no lo enviaré a la cárcel, ni lo desterraré. Usaré mis manos de cirujana para encontrar cada nervio de su cuerpo y hacer que supliquen la muerte que Nathaniel les daría por compasión. Yo no tengo la paciencia de mi marido, Evelina. Yo solo tengo resultados.

​Me separé de ella y miré a Dmitry.

​—Dmitry, informa a los capitanes. El Tsar descansa, pero la Corona sigue despierta. Y cualquiera que no esté de acuerdo, que venga a decírmelo en persona. Me encantará estrenar el nuevo instrumental del quirófano con ellos.

​Mi madre soltó un sollozo de puro terror. Erickson me miraba como si no me conociera, viendo en mis ojos la misma oscuridad que tanto temía de Nathaniel.

​Evelina se quedó inmóvil. Su máscara de porcelana se agrietó un segundo para revelar algo que no esperaba: una sonrisa genuina de reconocimiento. Me miró como se mira a un igual, a alguien que por fin ha entendido el precio de la sangre.

​—Vaya... —murmuró Evelina, asintiendo lentamente mientras se ponía de nuevo sus guantes de piel—. Parece que mi hijo no estaba tan loco después de todo. Tienes el veneno necesario, Dasha.

​Se dio la vuelta hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo.

​—Dmitry, haz lo que la Reina dice. Parece que el imperio está en manos... interesantes.

—¡Dmitry! —llamé con voz de mando, sin sentarme, manteniendo esa postura que dejaba claro que no aceptaría un "no" por respuesta—. Trae de inmediato al Dr. Volkov (sin parentesco, pero el mejor obstetra que ha pisado esta clínica). Lo quiero aquí, ahora.

​Evelina se detuvo en el umbral, observando con curiosidad. Mi familia seguía en un rincón, mudos por el choque de verme levantada y desafiante. A los pocos minutos, el obstetra entró, sudando por la presión de haber sido escoltado por guardias armados.




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