Cruzando ambos mundos

36

El día que cumplí exactamente los ocho meses de embarazo, el aire en la mansión se sentía extrañamente eléctrico. Me encontraba sentada al borde de mi cama, con la espalda adolorida y las manos rodeando mi vientre, mirando fijamente la carpeta de fotos de mi pasado que aún descansaba sobre las piernas de Nathaniel. Estaba furiosa, cansada y llena de preguntas que solo un hombre en coma podía responder.

​De repente, el silencio sepulcral de la habitación fue desgarrado.

¡Bip-bip-bip-bip!

​El monitor cardíaco de Nathaniel empezó a subir de ritmo frenéticamente. Mis instintos de cirujana se activaron antes que mis emociones. Me puse en pie de un salto, ignorando el tirón en mi vientre, y me lancé sobre él.

​—¡Nathaniel! —grité, mientras mis ojos escaneaban los signos vitales—. Taquicardia severa... la presión está subiendo.

​No entré en pánico; para eso soy la Dra. Volkov. Comprobé sus pupilas: reactivas. Su pecho subía y bajaba con una fuerza que el respirador ya no podía controlar. Estaba luchando contra la máquina, intentando reclamar su propio aliento.

​—Dmitry, ¡fuera de aquí! ¡Trae el maletín de emergencia y dile a Ivanovich que se prepare, está haciendo una crisis de despertar! —rugí hacia la puerta.

​Le desconecté el respirador con manos firmes, sabiendo que si no lo hacía ahora, se lastimaría los pulmones. Él empezó a toser, un sonido ronco y agónico que me partió el alma, pero me mantuve fría. Le aspiré las vías con la precisión que solo años de quirófano te dan.

​—Respira, Nathaniel. Mírame. Soy Dasha. ¡Respira conmigo! —le ordené, tomando su rostro entre mis manos mientras el monitor seguía chillando.

​Sus dedos empezaron a crisparse contra las sábanas. Sus párpados temblaron violentamente hasta que, con un esfuerzo que pareció mover los cimientos de la casa, se abrieron. Sus ojos, antes nublados, me buscaron con una intensidad salvaje, roja por el esfuerzo.

​Me reconoció. Vi el brillo de la consciencia regresar a esas orbes grises. Su mano, todavía débil, se alzó y se cerró sobre mi muñeca con una fuerza sorprendente, justo encima de donde Amy pateaba con furia.

​—Da... sha... —su voz fue un susurro roto, apenas un hilo de aire, pero cargado de ese mando que me hacía temblar.

​Lo lograste, maldito ruso. Has vuelto.

​Me alejé solo unos centímetros para comprobar que su ritmo se estabilizaba, limpiándome las lágrimas con el hombro. Lo miré con una mezcla de amor infinito y la rabia contenida de estos dos meses.

​—Bienvenido al mundo, Tsar —le dije, recuperando mi tono gélido mientras le mostraba la carpeta de las fotos que él me había ocultado—. No te acostumbres mucho a la calma. Tienes exactamente cinco minutos para estabilizarte antes de que te exija que me expliques por qué me has estado cazando como a una presa desde hace un año.

Nathaniel me miraba con una mezcla de desconcierto y una devoción animal mientras yo terminaba de ajustar los parámetros de su monitor. Su cuerpo estaba débil, pero su mirada ya empezaba a recuperar ese brillo de acero que ponía de rodillas a medio Moscú. Intentó hablar de nuevo, pero puse un dedo sobre sus labios, fría y profesional.

​—Cállate. No fuerces la garganta —le ordené, mientras me acomodaba la bata y sentía a Amy moverse, inquieta por la tensión—. Mientras tú dormías como un rey, yo me encargué de todo. La clínica está operando, los traidores están bajo tierra y la Bratva... bueno, la Bratva ahora sabe que mi firma tiene el mismo peso que la tuya.

​Él abrió los ojos de par en par, sorprendido. Me acerqué a su oído, dejando que mi perfume lo embriagara por primera vez en dos meses.

​—Te voy a dar exactamente una semana, Nathaniel. Una semana para que tus pulmones aguanten tu propio peso, para que recuperes el control de tus nervios y vuelvas a tomar las riendas de tu imperio. No pienso ser la regente de un trono vacío por siempre. Tengo una hija que dar a luz y no quiero interrupciones.

​Me alejé un poco, cruzándome de brazos. Él, haciendo un esfuerzo sobrehumano que hizo que las venas de su cuello se marcaran, logró incorporarse apenas unos centímetros, apoyado en las almohadas. Su mano temblorosa alcanzó la carpeta de fotos que yo le había arrojado.

​—No fue un año, Dasha... —su voz sonó como grava arrastrándose, pero con una claridad aterradora—. Cinco años.

​Me quedé helada.

​—¿Qué dijiste? —pregunté, sintiendo que el suelo desaparecía.

​—Te vi en un congreso médico en Ginebra... hace cinco años —confesó, soltando un jadeo de dolor pero sin apartar la vista de la mía—. Eras una residente brillante, llena de esa luz que yo no conocía. Desde ese día, supe que nadie más tocaría tu vida si no era yo. Te cuidé desde las sombras, eliminé pretendientes, despejé tu camino en el hospital de Rusia... Todo lo que creíste suerte, fue mi voluntad.

​Se detuvo para tomar aire, su mirada fija en mi vientre de ocho meses.

​—No te cacé por un año, mi reina. Esperé cinco años para que fueras lo suficientemente fuerte como para soportar el peso de mi corona. Y por lo que veo... no me equivoqué.

Lo miré en silencio durante lo que pareció una eternidad. Sus palabras, cargadas de una obsesión que rayaba en lo enfermizo, habrían aterrado a cualquier otra mujer. Pero yo ya no era esa residente de Ginebra; era la mujer que había mantenido a flote un imperio criminal mientras cargaba con su heredera en el vientre.

​Esbocé una sonrisa lenta, carente de cualquier rastro de dulzura, y me acerqué a él con la elegancia de un depredador que ya no teme a su dueño.

​—Cinco años, Nathaniel... —susurré, inclinándome sobre su cama hasta que nuestras narices casi se rozaron—. Cinco años planeando, vigilando y moviendo hilos para crear a tu reina perfecta. Gastaste una fortuna y una década de estrategia para asegurarte de que fuera lo suficientemente fuerte.

​Le tomé la barbilla con firmeza, obligándolo a sostener mi mirada gélida.




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