Cruzando ambos mundos

37

El noveno mes llegó con un peso que me robaba el aliento, pero con una paz que sentía ganada a sangre y fuego. La mansión estaba blindada, el imperio bajo control y, por primera vez en años, Nathaniel había ordenado que no se le molestara por nada que no fuera un asunto de vida o muerte.

​Estábamos en nuestra terraza privada, envueltos en mantas de piel ante el frío que ya empezaba a arreciar en el exterior. Él había preparado una cena íntima, lejos de los guardias y de la mirada gélida de su madre.

​—Nueve meses, Dasha —murmuró Nathaniel, sentado a mi lado, mientras sus dedos trazaban círculos lentos sobre la tela de mi vestido que apenas lograba cubrir mi vientre—. Hace un año te observaba desde un coche a través de una ventana en el hospital. Hoy, mi hija está a semanas de conocer este mundo.

​Me apoyé en su hombro, sintiendo el latido constante y fuerte de su corazón, ese que yo misma vi detenerse en aquella mesa de operaciones.

​—Valió la pena cada segundo, incluso los meses que pasaste durmiendo —le respondí con una sonrisa pequeña—. Amy es fuerte. Siento que ya quiere salir a reclamar su lugar.

​Nathaniel se inclinó y pegó su oído a mi vientre, cerrando los ojos. En ese momento, la calma era absoluta. No éramos el Tsar y su Reina; éramos simplemente dos padres esperando el milagro más peligroso de nuestras vidas. Él tomó mi mano y la besó, con una devoción que me recordaba que, aunque yo hubiera aprendido a ser fría como el acero, siempre sería su luz.

​—No sé qué tipo de mundo le vamos a entregar —susurró él contra mi piel—, pero te juro que nadie caminará sobre la tierra que ella pise sin nuestro permiso.

​Nos quedamos allí, viendo caer la nieve, disfrutando de los últimos días de ser solo nosotros dos, antes de que el llanto de una nueva Volkov cambiara nuestra historia para siempre.

El ambiente de paz se evaporó al amanecer. La mansión, que había sido nuestro refugio silencioso, se llenó de voces que Nathaniel ya no estaba dispuesto a tolerar. Cuando bajamos al gran salón, nos encontramos con una escena que parecía un consejo de guerra: mi madre, Erickson, la abuela y, presidiendo el centro con su arrogancia habitual, Evelina Volkov.

​Nathaniel se detuvo en el último escalón, conmigo sostenida de su brazo. Sentí cómo sus músculos se tensaban como cuerdas de acero.

​—¿Qué significa esto? —su voz rugió, haciendo que hasta los cristales de las lámparas vibraran—. ¿Qué hace mi madre en esta casa después de que le prohibí acercarse a mi mujer?

​Evelina se levantó con elegancia, pero antes de que pudiera abrir la boca, Erickson, sin saber medir el peligro, soltó lo que Nathaniel aún no terminaba de digerir.

​—Nathaniel, ella solo estaba "supervisando" mientras Dasha manejaba el imperio desde la cama. Vinimos porque hoy se cumple el noveno mes y...

​—¿Supervisando? —Nathaniel bajó el último escalón, soltándome suavemente para avanzar hacia el centro del salón como un depredador—. He despertado en un nido de secretos. Primero me entero de que mi esposa casi muere desangrada en una mesa por salvar a mi heredera mientras yo "dormía". Luego, Dmitry me cuenta que ella tuvo que ejecutar traidores mientras tenía una bomba de infusión conectada a la vena.

​Se giró hacia su madre, con los ojos inyectados en una furia que me hizo dar un paso atrás.

​—Y ahora me entero de que tú, madre, tuviste la audacia de entrar aquí para intentar bajarle el trono a mi mujer. Intentaste pisotearla cuando estaba más vulnerable, dudaste de su capacidad para llevar mi apellido.

​—Solo protegía el legado, Nathaniel —siseó Evelina, sin inmutarse—. Ella era una extraña, una doctora...

​—¡Ella es la razón por la que sigues teniendo un hijo vivo y un imperio que heredar! —gritó Nathaniel, golpeando la mesa auxiliar, destrozándola al instante—. Me han ocultado todo. Mi familia, mis hombres... ¡todos! Me trataron como a un inválido mientras mi esposa cargaba con el peso de mi corona y el de mi hija sola.

​Se volvió hacia mi familia, que retrocedía asustada.

​—Agradezcan que Dasha los ama, porque si fuera por mí, nadie que le haya ocultado la verdad sobre su salud entraría de nuevo en esta propiedad. ¡Fuera! ¡Todos!

​Nathaniel se dio la vuelta, respirando agitado, y regresó a mi lado. Me tomó de la mano con una fuerza posesiva, mirando a su madre a los ojos.

​—Dasha no es solo mi mujer, Evelina. Es el Tsar cuando yo no estoy. Y si vuelves a cuestionar su mando, descubrirás que lo que aprendió de mí en estos meses es mucho más letal de lo que imaginas.

—¡Ya basta, Nathaniel! ¡Cállate de una maldita vez! —le grité, y mi voz sonó tan autoritaria que el eco retumbó en las paredes de mármol.

​Me puse frente a él, ignorando el peso de mi vientre y el dolor de espalda. Nathaniel se quedó petrificado, con la mandíbula apretada y los ojos encendidos en fuego.

​—No te atrevas a gritarles así —continué, apuntándolo con el dedo—. Sí, me ocultaron cosas, y yo también te las oculté porque tenía un imperio que salvar y una hija que mantener viva. Si quieres pelear, pelea conmigo, pero deja de actuar como un animal herido porque no estuviste aquí para...

​De pronto, un dolor sordo y profundo me atravesó la pelvis. Sentí una calidez repentina empapando mis piernas y un sonido sutil, como un globo estallando dentro de mí. El agua comenzó a correr por el suelo, mojando mis zapatos.

​Me quedé helada. Mi pulso se aceleró y el pánico, ese que nunca sentí frente a los traidores, me golpeó de lleno.

​—Oh, Dios... —susurré, y mi voz tembló por primera vez en meses—. Nathaniel...

​Él bajó la mirada al suelo y su rostro pasó de la furia al blanco absoluto en un segundo.

​—¿Dasha? ¿Qué...? —balbuceó, perdiendo toda su arrogancia.

​—Rompí aguas —dije, agarrándome de su brazo con fuerza, sintiendo la primera contracción verdadera desgarrarme—. Rompí aguas ahora mismo, Nathaniel. ¡Amy viene ya!




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