El silencio de la suite privada de la clínica era absoluto, roto únicamente por el suave ronroneo del monitor y el soplido rítmico de la calefacción. La luz tenue de las lámparas de sal bañaba la habitación en un tono ámbar, creando una burbuja de paz que parecía irreal después del campo de batalla que había sido el paritorio.
Yo estaba recostada, sintiendo cada músculo de mi cuerpo como si hubiera sido molido a golpes, pero con una plenitud que me desbordaba. En mis brazos, envuelta en una manta de cachemir blanco, dormía Amarantha. Era pequeña, pero su presencia llenaba cada rincón; tenía la nariz fina de los Volkov y esa mata de pelo oscuro que prometía ser tan rebelde como la mía.
Nathaniel estaba sentado en el borde de la cama, observándonos. Tenía la camisa desabotonada hasta la mitad y las mangas remangadas. Mis ojos bajaron a sus brazos y hombros.
—Dios mío, Nathaniel... —susurré, sintiendo una punzada de culpa que me sacó una pequeña risa cansada—. Ven aquí, acércate.
Él se inclinó, y bajo la luz, pude ver el desastre que le había causado. Su antebrazo derecho tenía una venda improvisada donde mis uñas se habían hundido con saña. En su hombro izquierdo, justo donde la camisa caía, se asomaba un parche redondo cubriendo la mordida que le propiné en el último pujo. Tenía marcas rojas y moratones en las muñecas de cuando lo apreté como si quisiera triturar sus huesos.
—Perdóname —le dije, tomando su mano sana y llevándola a mis labios—. Te dejé como si hubieras peleado con un oso siberiano. No era consciente de mi fuerza, te lo juro. Duele como el demonio y... bueno, mis instintos médicos se borraron.
Nathaniel soltó una risa ronca, esa que solo me dedicaba a mí en la intimidad, y se inclinó para besar mi frente. Su mirada no tenía ni un ápice de reproche; solo una adoración que me hacía sentir protegida.
—Dasha, por ti me dejaría arrancar la piel pedazo a pedazo —murmuró, su voz vibrando con una profundidad nueva—. Cada marca que me dejaste es un recordatorio de que trajiste a mi hija al mundo. Prefiero mil veces estas heridas que el vacío de no tenerte. Además... —hizo una pausa, mirando a la bebé con una sonrisa de lado—, ahora sé que si algún día intento ocultarte algo de nuevo, mi vida corre peligro real.
—Más te vale que lo recuerdes —respondí, acomodando a Amy con cuidado—. Mira sus manos, Nathaniel. Son largas, como las tuyas.
Él estiró un dedo, con una cautela que me pareció casi cómica viniendo del hombre más temido de Rusia, y rozó la palma de la pequeña. Automáticamente, Amarantha cerró su puñito alrededor de su dedo índice. Nathaniel se quedó paralizado, reteniendo el aliento.
—Es perfecta —susurró él, y vi cómo sus ojos se humedecían de nuevo—. Es la mezcla exacta de nuestra oscuridad y tu luz, Dasha. Te juro que el mundo se va a arrodillar ante ella.
—Primero que aprenda a gatear, Tsar —le dije con cariño, estirando el cuello para besarlo en los labios, un beso largo que sabía a alivio y a victoria—. Por ahora, solo quiero que sea nuestra Amy. Que crezca sabiendo que su padre despertó para verla nacer y que su madre... bueno, que su madre no permitió que nadie le quitara lo que le pertenece.
Nathaniel se acomodó detrás de mí en la cama, rodeándonos a las dos con sus brazos marcados por mis "recuerdos" del parto. Me apoyé en su pecho, escuchando su corazón latir fuerte y sano.
—Cinco años esperándote —susurró contra mi oído—, y una vida entera para protegerlas. Duerme, mi reina. Yo vigilo la puerta.
El día del alta finalmente llegó. La suite de la clínica estaba llena de maletas, flores y esa energía eléctrica de quien está a punto de volver a su fortaleza. Yo estaba terminando de doblar un mameluco de seda de Amy mientras Nathaniel, con una destreza que me seguía sorprendiendo, sostenía a nuestra hija en brazos, balanceándola con una calma absoluta.
En ese momento, el Dr. Kovac entró para la última revisión. Se ajustó las gafas y me miró con una mezcla de respeto y advertencia profesional.
—Bueno, Dra. Dasha, físicamente es usted una mujer excepcional, pero no es invencible —comenzó, revisando mi expediente—. Las recomendaciones de postparto son estrictas: nada de ejercicio de alto impacto por al menos seis semanas. Su cuerpo necesita reubicar todo en su lugar. En cuanto a la actividad sexual... —echó una mirada rápida a Nathaniel, quien mantuvo el rostro impasible—, la recomendación estándar son cuarenta días, la famosa cuarentena. Su útero sufrió mucho estrés con el cerclaje y el parto natural.
Yo asentí, aunque la mirada de Nathaniel se volvió un poco más oscura y profunda. Pero el tono de Kovac cambió a uno más serio, casi sombrío.
—Hay algo más que debo decirles. Después de la complicación que tuvimos a los siete meses y la fragilidad del tejido que noté durante el parto... un tercer embarazo sería extremadamente difícil, Dasha. No es imposible, pero el riesgo de pérdida sería altísimo desde el primer trimestre. Y un cuarto... un cuarto embarazo sería, técnicamente, imposible y letal para usted.
Sentí como si un balde de agua fría me cayera encima. Siempre imaginé una mesa llena de niños Volkov corriendo por la mansión. Me quedé inmóvil, con una de las camisitas de Amy apretada en mi mano, sintiendo una decepción amarga subir por mi garganta.
—Entiendo, doctor. Gracias —susurré, bajando la mirada.
Kovac hizo una breve reverencia y se retiró, dejándonos en un silencio denso. Nathaniel dejó a Amy con cuidado en su moisés portátil y caminó hacia mí. Me tomó por la cintura, obligándome a soltar la ropa y mirarlo.
—Dasha, mírame —ordenó suavemente. Me besó con una ternura que me desarmó, un beso largo que buscaba borrar mi tristeza—. Tenemos a Amarantha. Tenemos a la heredera que el mundo no merece. No necesito una legión si te tengo a ti sana. No te quiero en una mesa de operaciones nunca más.