El mes de aislamiento llegó a su fin, y con él, la paz absoluta de nuestro búnker familiar. Nathaniel, recuperado por completo y luciendo más imponente que nunca con su traje hecho a medida, había organizado una recepción en el gran salón de la mansión. No era una simple visita; era la presentación oficial de la heredera ante el círculo íntimo de la Bratva y la familia.
—¿Estás lista, mi Reina? —preguntó Nathaniel, entrando a la habitación mientras yo terminaba de acomodar el vestido de seda negra de Amy—. El salón está lleno de gente que lleva treinta días contando los minutos para entrar.
—Estoy lista para recordarles quién manda aquí, Nathaniel —respondí, dándole un último beso a la frente de nuestra hija—. Pero te lo advierto: si veo a tu madre intentando darme consejos de crianza, no respondo de mis actos.
Bajamos las escaleras con una parsimonia letal. Nathaniel caminaba a mi lado, con una mano apoyada posesivamente en mi cintura. Yo cargaba a Amarantha, quien dormía ajena al poder que representaba su apellido.
Al llegar al salón, el silencio fue inmediato. Mi madre, Erickson y la abuela estaban en primera fila, pero era Evelina Volkov quien destacaba, con su mirada gélida analizando cada uno de mis movimientos. Los capitanes de la Bratva, los mismos que me vieron dejar a Nathaniel en blanco semanas atrás, hicieron una reverencia al unísono.
—Ha pasado un mes —dijo Evelina, acercándose con paso firme—. Es hora de que la niña conozca a su verdadera familia y deje de estar escondida.
Nathaniel dio un paso al frente, bloqueando ligeramente el camino hacia mí, marcando territorio.
—Nadie estuvo escondido, madre —su voz resonó con una autoridad fría—. Estábamos estableciendo las bases. Amarantha Volkov ha pasado un mes bajo la protección exclusiva de sus padres. Ahora, pueden verla, pero no se confundan: las reglas de esta casa las seguimos dictando Dasha y yo.
—Es hermosa... —susurró mi madre, acercándose con lágrimas en los ojos—. Se parece tanto a ti, Lis.
—Tiene la mirada de su padre —intervine, mientras Amy abría los ojos, revelando ese gris tormentoso idéntico al de Nathaniel—. Y el carácter de ambos. Así que les sugiero que mantengan las distancias; no es una muñeca, es una Volkov.
Evelina intentó estirar los brazos para cargarla, pero yo retrocedí un paso de forma sutil pero clara, entregándole a la niña a Nathaniel en su lugar. Él la tomó con una seguridad que había ganado tras muchas noches de llanto y pañales, alzándola frente a todos.
—¡Por la heredera! —gritó Dmitry desde el fondo, alzando una copa de vodka.
—¡Por Amarantha! —rugieron los hombres.
El mes de calma había terminado. La verdadera era de los Volkov acababa de comenzar, y mientras Nathaniel sostenía a nuestra hija, supe que el mundo no estaba preparado para lo que nosotros tres íbamos a construir.
El primer mes había pasado, y con la familia ya fuera de la mansión tras la presentación, la casa recuperó su calma tensa. Era el momento de que Nathaniel enfrentara uno de sus mayores miedos: el baño de Amarantha. Yo la había bañado siempre, moviéndome con la seguridad de quien ha limpiado a cientos de recién nacidos, pero Nathaniel solo observaba desde la distancia, como si la bañera fuera una zona de guerra minada.
—Hoy te toca a ti, Tsar —le dije, dejando las toallas blancas y esponjosas sobre el mármol del baño principal—. Ya dominas los llantos nocturnos, ahora te toca el agua.
Nathaniel se quitó el reloj de oro y se remangó la camisa con una lentitud que delataba sus nervios.
—Dasha, es demasiado pequeña —murmuró, mirando la bañera portátil que yo ya había llenado con agua tibia—. Mis manos están hechas para romper cosas, no para sostener algo tan frágil bajo el agua jabonosa. ¿Y si se me resbala? ¿Y si le entra agua en los ojos y me odia para siempre?
—No seas dramático, Nathaniel. Solo sostenla con firmeza —le respondí, entregándole a una Amy que pataleaba ansiosa, ya sin ropa—. Pon tu brazo izquierdo bajo su espalda y sujeta su cabecita.
Él la tomó como si fuera una bomba de relojería. Se arrodilló junto a la bañera y, con una respiración profunda, la sumergió lentamente. En cuanto el agua tocó la piel de Amy, ella soltó un chillido de sorpresa.
—¡Dasha! ¡Está gritando! ¡Sácala, no le gusta! —exclamó Nathaniel, entrando en pánico instantáneo, con los ojos grises fijos en mí buscando auxilio.
—¡Déjala, Nathaniel! Está experimentando el agua. ¡No la saques! —le ordené, cruzándome de brazos—. Empieza a lavarla con la esponja, suavemente.
Nathaniel empezó a pasar la esponja por los brazos de Amy con una delicadeza casi cómica. Sus manos, que habían firmado sentencias de muerte y manejado rifles de asalto, temblaban ligeramente mientras limpiaba los pliegues de las piernas de su hija.
—Eres una guerrera, Amarantha —le susurraba él, ignorando que yo lo escuchaba—. No le tengas miedo al agua. Tu padre está aquí. Nadie va a dejar que te hundas, ni hoy ni nunca.
De pronto, Amy se relajó. Empezó a chapotear con sus manos pequeñas, salpicando agua directamente a la cara de Nathaniel y a su camisa de seda. Él se quedó inmóvil, con el agua goteando de su nariz, y luego soltó una carcajada limpia y genuina.
—Me ha salpicado a propósito —dijo, mirando a la niña con una adoración absoluta—. Tiene tu puntería, Dasha.
—Y tu arrogancia —añadí, acercándome para besarle el hombro húmedo—. Lo estás haciendo bien, papá.
Terminó de bañarla y la envolvió en la toalla con una rapidez experta, pegándola a su pecho para darle calor. Nathaniel se quedó allí sentado en el suelo del baño, con la camisa empapada y el orgullo brillando en su rostro.
—Ha sido más difícil que cualquier reunión de la Bratva —confesó, besando la coronilla húmeda de Amy—. Pero creo que ya tenemos una nueva tradición.
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Seis meses habían pasado volando y Amarantha ya no era la criatura indefensa que Nathaniel temía romper. Ahora era un pequeño torbellino de energía que gateaba a una velocidad alarmante. Ese día, la mansión estaba inusualmente silenciosa; le había dado vacaciones a la nana por órdenes de Nathaniel, quien juraba que podíamos manejarlo todo solos.