Cruzando ambos mundos

40

La medianoche del 12 de enero cayó sobre la mansión con un silencio nival, pero dentro de nuestra suite, la energía era otra. Amarantha, que ya caminaba con una seguridad envidiable y entendía casi todo lo que se decía en dos idiomas, parecía tener un reloj interno. Eran las once y cincuenta y cinco y, aunque Nathaniel la había mecido por media hora, sus ojos grises estaban abiertos de par en par, brillantes y alertas.

​—No hay forma de que se duerma, Dasha —susurró Nathaniel, rindiéndose mientras la bajaba al suelo—. Sabe que es su día. Tiene esa mirada de "aquí mando yo".

​—Es una Volkov, Nathaniel. No se iba a perder su propio inicio de ciclo —le dije, poniéndome una bata de seda—. Vamos abajo. Hagámoslo nosotros tres antes de que el circo de la Bratva empiece mañana.

​Bajamos a la cocina en penumbras, iluminados solo por las luces tenues del pasillo. Nathaniel sacó un pequeño pastel de chocolate y fresas que yo misma había decorado por la tarde, y lo puso en el centro de la mesa de mármol. Amy estaba sentada en su silla alta, moviendo las manos con emoción, balbuceando cosas que sonaban a una mezcla de ruso y español.

​Encendí la velita con el número "1". Las sombras bailaron en sus mejillas regordetas.

​—Primero el venezolano, Nathaniel. Como te enseñé, ponle ritmo —le advertí con una sonrisa.

​Nathaniel suspiró, pero sus ojos estaban llenos de una ternura que solo nosotros conocíamos. Empezamos a aplaudir suavemente, marcando el compás:

​—"Cumpleaños feliz... te deseamos a ti..." —empecé yo con toda mi alma latina, y Nathaniel se unió con su voz barítono, esforzándose por no sonar tan rígido—. "Cumpleaños Amarantha... ¡Cumpleaños feliz!"

​—¡Ay que noche tan preciosa! —seguí yo sola, mientras Nathaniel intentaba seguir el coro con un "¡Epa!" que le salió del alma.

​Amy gritaba de alegría, tratando de atrapar la llama de la vela con sus dedos.

​—¡Papi, pum! ¡Fuego! —decía señalando la vela.

​—No, no es "pum", mi amor, es tu vela —le dijo Nathaniel, besándole la coronilla—. Pide un deseo, aunque creo que ya lo tienes todo: tienes a tu madre, tienes mi imperio y nos tienes a nosotros dos a tus pies.

​—¡Mami, que lo cumpla feliz! —soltó Amy, repitiendo la frase que le había estado practicando toda la semana.

​Soplamos los tres. El humo desapareció en el aire de la cocina y Nathaniel cargó a la niña, alzándola hacia el techo mientras ella reía a carcajadas.

​—Un año de vida, Amarantha —susurró Nathaniel, mirándola con una devoción casi religiosa—. Un año desde que el mundo cambió para mí. Gracias, Dasha... por darme este pequeño torbellino venezolano.

​Me acerqué a ellos, rodeándolos con mis brazos. Éramos una familia real, caótica y letal, pero en esa cocina, a las doce y diez de la mañana, solo éramos tres personas celebrando el milagro de la vida.

La mansión se transformó en un palacio de ensueño, pero con la seguridad de una cumbre de guerra. Nathaniel no escatimó: globos de seda, mesas repletas de caviar y dulces venezolanos, y por primera vez, el jardín estaba lleno de niños. Los capitanes de la Bratva habían traído a sus herederos, creando una imagen inusual de "paz" bajo el mando de los Volkov.

​Yo iba de un lado a otro, luciendo un vestido que gritaba poder y elegancia, mientras sostenía el pastel principal, una obra de arte de cinco pisos decorada con flores frescas.

​—¡Amarantha Kaylani! —grité con tono de advertencia cuando vi a mi hija correr a toda velocidad por el césped con sus pequeños zapatitos de charol—. ¡No corras, ten cuidado que te vas a caer!

​Pero Amarantha tenía la energía de un huracán y la terquedad de su padre. Se reía a carcajadas mientras esquivaba a los hijos de Dmitry, con el cabello rubio al viento.

​—¡Cuidado, chamo! —le gritó Amy a un niño que casi se atraviesa en su camino, haciéndome reír a pesar de los nervios.

​Nathaniel apareció a mi lado, impecable en su traje gris. Me quitó el peso del pastel de las manos para ponerlo en la mesa principal y me rodeó la cintura con un brazo, observando a nuestra hija con un orgullo que no podía ocultar.

​—Déjala, Dasha. Si se cae, se levantará sola; es una Volkov-López —dijo él con voz ronca—. Mira eso... tiene a todos los niños de la Bratva siguiendo sus órdenes y apenas tiene un año. Es una líder nata.

​—Es una traviesa nata, que es distinto —respondí, viendo cómo Amy se detenía justo antes de tropezar, mirándonos con una sonrisa triunfal.

​En ese momento, la música cambió a un ritmo más movido. Amarantha corrió hacia nosotros, se abrazó a la pierna de Nathaniel y nos miró a los dos.

​—¡Mami, pastel! ¡Papi, pum! —gritó, señalando los fuegos artificiales que Nathaniel había preparado para el cierre.

​—Todo lo que quieras, mi pequeña jefa —susurró Nathaniel, cargándola y alzándola frente a todos los presentes.

​Los hombres de la Bratva alzaron sus copas. El sol se ponía sobre la mansión, y mientras Amy aplaudía feliz, supe que este primer año era solo el comienzo de una leyenda.

La fiesta en la mansión estaba en su punto máximo. Entre los invitados de la Bratva, se encontraba un importante socio italiano que había viajado desde Roma con su familia. Mientras Nathaniel cerraba un brindis, Amarantha Kaylani, luciendo su vestido de encaje y moviéndose con una seguridad que no parecía de una niña de un año, se alejó un poco de mi lado.

​La vi acercarse a un niño un poco mayor, el hijo del italiano, que estaba sentado cerca de los jardines de invierno. Lo que escuché al acercarme me dejó helada: Amy no balbuceaba, estaba usando las palabras en inglés que escuchaba de sus tutores y de mis libros médicos.

​—Hello —dijo Amy, extendiendo su manita hacia el niño con una elegancia innata—. I am Amarantha.

​El niño la miró sorprendido. Él apenas hablaba inglés, pero ella lo pronunciaba con una claridad asombrosa, probablemente por todas las horas que pasó escuchando idiomas mientras estaba en mi vientre.




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