La mansión de San Petersburgo se sentía inusualmente tranquila tras la partida de los invitados. El silencio del invierno ruso abrazaba las paredes de piedra, pero dentro, el calor del hogar era absoluto. Nathaniel estaba en su despacho, no revisando mapas de rutas ni contando cargamentos, sino sentado en el suelo, sobre la alfombra persa, con Amy de seis años insistiendo en que él era su "paciente".
—Papi, quédate quieto. Tienes el corazón muy rápido —le decía Amy, usando un estetoscopio de juguete que yo le había regalado, imitando mis gestos con una precisión asombrosa.
—Es porque tu madre acaba de entrar en la habitación, Amarantha —respondió Nathaniel, levantando la vista hacia mí con esa mirada que, después de siete años, seguía haciéndome temblar las piernas.
Me apoyé en el marco de la puerta, observándolos. Nathaniel, el hombre que hacía temblar a Europa, estaba dejándose poner "calcomanías de doctor" en el brazo tatuado mientras Amy lo examinaba con total seriedad.
—Dasha, ven aquí —me llamó él, extendiendo su mano libre.
Me acerqué y me senté a su lado. Nathaniel me rodeó con su brazo, pegándome a su costado, mientras Amy se acomodaba en el regazo de ambos, formando un círculo perfecto.
—¡Epa! ¡Familia junta! —exclamó Amy, abrazándonos a los dos por el cuello—. Mami, ¿verdad que Papi es el más fuerte del mundo?
—El más fuerte y el más testarudo, mi amor —le respondí, besando su frente—. Pero tiene el corazón más grande, aunque solo nos lo muestre a nosotras.
Nathaniel soltó un suspiro de paz, algo que antes de conocerme era un concepto extraño para él. Nos miró a las dos, y por un momento, el Tsar desapareció. Solo quedó el hombre que había encontrado su redención en una médica venezolana y su pequeña heredera.
—He pasado toda mi vida construyendo un imperio de acero y sombras —dijo Nathaniel con voz baja y profunda, mirándome a los ojos—. Pero mi verdadero imperio, mi única victoria real, son ustedes dos. No necesito nada más.
—Ni nosotros a ti, Nathaniel —le dije, acariciando su rostro—. Mientras estemos los tres, el resto del mundo puede arder fuera de estas paredes.
Amy se quedó dormida ahí mismo, entre nuestros brazos, agotada de tantas emociones. Nathaniel la cargó con una delicadeza infinita y caminamos juntos hacia nuestra habitación, pasando por los pasillos custodiados por sus hombres, quienes bajaban la cabeza con respeto, no solo ante su jefe, sino ante la familia que los mantenía unidos.
Al llegar a nuestra cama, depositamos a Amy en medio. Nathaniel me atrajo hacia él en la penumbra de la habitación, sellando nuestra historia con un beso que sabía a promesa cumplida.
—Te amo, dasha Madelyn Lopez —susurró contra mis labios—. En ruso, en español o en el idioma que invente nuestra hija. Te amo para siempre.
—Y yo a ti, mi Tsar.
Nos quedamos así, en silencio, escuchando la respiración de nuestra hija y el latido de nuestros propios corazones. Por fuera, el mundo seguía siendo peligroso, la Bratva seguía exigiendo sangre y el poder seguía siendo una carga; pero dentro de esa habitación, solo existía el amor de un hombre que entregó su frialdad por una mujer, y una mujer que encontró su hogar en los brazos del hombre más temido de Rusia.
Nathaniel me besó la frente y nos acostamos a los lados de Amy, formando una barrera inquebrantable alrededor de nuestro mayor tesoro. El Tsar finalmente había encontrado su paz, y yo había encontrado mi destino.
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Termino este viaje, esta aventura 🥲