El sol de San Petersburgo se filtraba por las vidrieras del gran salón, iluminando el polvo que bailaba en el aire. La mansión Volkov ya no era solo una fortaleza; era el epicentro de un legado que había cambiado las reglas del juego en toda Europa.
Nathaniel estaba de pie frente al retrato familiar que colgaba en el pasillo principal. Los años solo habían acentuado su autoridad; las canas en sus sienes le daban un aire de depredador sabio, y su mirada gris seguía siendo capaz de detener el corazón de cualquier hombre. Sintió mis pasos y, sin girarse, extendió su mano hacia atrás.
—Llegas tarde para el brindis, Dasha —dijo con esa voz ronca que seguía siendo mi debilidad.
—Estaba terminando una llamada con el hospital de Caracas. Las donaciones de la Fundación Volkov llegaron a tiempo —respondí, entrelazando mis dedos con los suyos. Me puse de puntillas para besar su mejilla—. Además, sabes que a la jefa no le importa esperar si es por una buena causa.
Caminamos juntos hacia la terraza que daba al jardín. Allí, una joven de dieciséis años, con la elegancia de una zarina y el fuego en la mirada de una latina, practicaba tiro al blanco con una precisión aterradora. Amarantha Kaylani.
Amy bajó el arma al vernos, se quitó los protectores de oídos y nos sonrió con esa picardía que era su marca registrada. En su cuello, la cadena con la rosa de oro de los Moretti brillaba bajo el sol.
—¡Epa, viejos! —exclamó Amy, corriendo hacia nosotros con una energía que no había mermado con los años—. ¿Vieron eso? Tres centros seguidos. Papi, ya puedes jubilarte, yo me encargo de la seguridad desde mañana.
Nathaniel soltó una carcajada y la rodeó con un brazo, besando la coronilla de su cabeza.
—Todavía te falta mucho para jubilarme, pequeña fiera. Pero admito que tu puntería es casi tan buena como tu capacidad para vaciar mi cuenta bancaria.
—Es una inversión, Papi, no un gasto —replicó ella con una madurez que siempre nos asombraba.
Nos quedamos los tres allí, observando el horizonte. Nathaniel me rodeó la cintura con el otro brazo, manteniéndonos a ambas pegadas a él. Habíamos sobrevivido a guerras, a traiciones y al peso de dos mundos opuestos. Pero al final, lo que prevalecía no era el miedo que el nombre Volkov infundía, sino el amor inquebrantable que una médica venezolana le había inyectado a la mafia rusa.
—¿Lo volverías a hacer todo igual, Dasha? —me susurró Nathaniel al oído, usando mi nombre con esa devoción que solo me pertenecía a mí.
Miré a Amy, que ya estaba revisando su teléfono con una sonrisa (probablemente un mensaje de Italia), y luego miré al hombre que lo había dado todo por mí.
—Mil veces más, mi Tsar.
El imperio estaba a salvo. La heredera estaba lista. Y nosotros, por fin, teníamos la paz que tanto fuego nos costó forjar.
Amy se separó de nosotros un momento para dejar el arma sobre la mesa de mármol, pero no perdió esa chispa en los ojos. Se cruzó de brazos, igual que Nathaniel cuando está a punto de cerrar un trato multimillonario, y nos miró a los dos.
—Mami, Papi... ya que estamos los tres "en confianza" —dijo Amy, acentuando las comillas con un gesto travieso—, tienen que saber que Dmitry me dijo que interceptaron otra carta de Italia. Y no era para ustedes.
Nathaniel se puso rígido al instante. Su mano, que descansaba en mi cintura, se tensó.
—Dmitry tiene órdenes de quemar cualquier cosa que venga de Roma que no pase por mi escritorio primero —gruñó el Tsar, su voz recuperando ese tono gélido que ponía a temblar a sus enemigos.
—¡Ay, Papi, por favor! —Amy rodó los ojos, soltando una risita—. Alessandro es persistente, tienes que admitirlo. Además, su inglés ha mejorado muchísimo, ya casi no tiene ese acento gracioso.
Yo no pude evitar sonreír. Ver a Nathaniel celoso de un niño que ahora era un joven heredero en Italia era mi entretenimiento favorito.
—Nathaniel, deja que la niña respire —le dije, dándole un golpecito en el pecho—. Además, tú mismo dijiste que el muchacho tenía determinación.
—Determinación es una cosa, acosar a mi hija con cartas desde el otro lado del continente es otra —respondió él, aunque sabía que estaba perdiendo la batalla—. Amarantha, si ese italiano pone un pie en Rusia sin mi invitación...
—Ya lo sé, Papi: "Pum-pum" —lo interrumpió Amy, burlándose de la frase que él usaba cuando ella era bebé—. Pero tranquilo, que yo sé cuidarme sola. Además, ¿quién querría meterse con la hija del Tsar y la mujer que lo domina con una mirada?
Amy se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla, dejando ese aroma a pólvora y perfume caro que ahora la definía.
—Voy a ver si las arepas que pedí ya están listas. ¡Epa, apúrense que el hambre no espera! —gritó mientras entraba trotando a la mansión, dejando una estela de energía a su paso.
Nathaniel y yo nos quedamos solos en la terraza. El viento frío de San Petersburgo nos golpeó la cara, pero no se sentía hostil. Él suspiró, rodeándome por la espalda y apoyando su barbilla en mi hombro.
—Se nos creció la jefa, Solnishko —susurró Nathaniel con una vulnerabilidad que solo yo conocía—. Y ahora el mundo se le queda pequeño.
—Tú le diste las alas y yo le di el motor, Nathaniel —le respondí, girándome en sus brazos para quedar frente a frente—. Ahora solo nos queda verla volar... y asegurarnos de que nadie intente cortarle el vuelo.
Nathaniel asintió, su mirada gris perdiéndose en el horizonte de su ciudad, la ciudad que ahora era el patio de juegos de su hija.
—Nadie lo hará —sentenció él con una seguridad absoluta—. Porque antes de que alguien toque un solo cabello de su cabeza, tendrán que pasar por encima del cadáver del Tsar. Y tú y yo sabemos que eso no va a pasar nunca.