Cuando se montaron todos en el vehículo de siete plazas, lo primero que pidió Sofía fue sentarse con Nuria en los asientos de atrás.
Lucas y Leonor se sentaron en el centro y se pusieron a comentar la última coreografía viral de TikTok.
—Nuria. —la llamó Sofía en voz baja.
—Dime.
—¿Sabes lo que significa que haya tardado tanto en regresar este año?
Estaba nerviosa por que hablara con ella de lo más mínimo, pero también le encantaba escuchar su voz.
—¿Te han seleccionado para ser tutora de algún alumno el curso que viene?
Según expuso la idea, Nuria sintió una pequeña punzada de envidia por el hipotético alumno que Sofía supervisara.
—¡Para nada! —lo negó con una sonrisa—, he conseguido terminar el último curso en estos tres meses de verano y ya no me hace falta regresar.
Nuria se sintió abrumada. Se sentía más cómoda amándola en la distancia y ahora la podría ver todos los días en clase.
Lucas se volvió para mirar a sus hermanas.
—Todos empezamos juntos en el instituto y vamos a acabarlo juntos. ¿Me entendéis? ¡Juntos!
—Ya te hemos entendido, Lucas —se quejó Leonor con sarcasmo—, ¿sabes que lo has dicho tres veces en la misma frase?
Lucas le respondió sacándole la lengua y echó un último vistazo a la pareja de atrás.
—Me gusta, solo es eso. —respondió colocándose en su asiento.
Llegaron al barrio, al pie del portal de Nuria.
—Gracias, papá. —Dijo Nuria mientras se desabrochaba el cinturón de seguridad y abría la puerta del coche.
Sofía estiró la mano para tocar a Nuria una vez más.
—Tenemos muchas cosas que contarnos. —Se excusó al verla dudar.
Al sacar el segundo pie del vehículo; Nuria se puso tan nerviosa con el tacto de Sofía, que se tropezó y casi cae al suelo.
—Eh… ¿qué? uh… oh… —su vista temblaba más que su voz— ¡Ah! eh… sí, vale.
Se esperaron a que la chica entrara en el portal de su edificio para ir a casa.
—Sofi, te he visto muy ansiosa. —comentó Leonor.
—Jo, ¿en serio?
Lucas soltó una carcajada limpia, a costa de su hermana.
—Quien te conoce tan bien como nosotros, sabría que estabas nerviosa desde que viste que ella te vino a recoger.
Sofía resopló.
—¿Y por qué ella no lo ve? —se quejó.
—Sofia —Le llamó la atención José—, estamos hablando de Nuria. Ella siempre ha sido muy insegura; eso no quita el hecho de que lo vea. Sencillamente, su inseguridad es una niebla ante sus ojos.
—¡Eres demasiado metáforo, papá! —Rió Lucas.
—¡Se dice metafórico, lerdo! —corrigió Leonor.
Sofía se asomó por la ventana, intentando abstraerse mientras se dirigían a la última casa de la calle, que era la suya.
Pensó en los hoyuelos de sus mejillas, en esos tirabuzones morados que no le llegaban a los hombros. Le gustaban mucho sus preciosos ojos verdes como las briznas de hierba bajo el rocío de la mañana
Nuria era una persona tan bonita por dentro como por fuera. Deseaba abrazarla desde que se le cayó el único polo de fresa de la tienda justo en el momento de abrir el envoltorio, cuando iban a entrar en primaria.
La imaginó cerrando los ojos y teniéndola cerca, muy cerca. El rubor se apoderó de su cara y se la tapó con ambas manos. No quería abrazarla; al menos, no solo eso.
Sintió que Nuria era todo su mundo y le daba coraje no poder demostrarle que era correspondida porque se cerraría en banda.
José metió el coche en el garaje del modesto chalé.
—Yo pensé que volvería a tener su pelo marrón, ¿Por qué sigue tiñiendose el pelo de morado?
—No me hagas mucho caso, hermanita —le comentó Leonor al bajar del coche—, pero creo que es su manera de disfrazarse para no sentirse tan… no sé, ella.
—Yo también opino lo mismo, Sofía. —corroboró José—. Está en su naturaleza, supongo. Tanto su madre como yo intentamos subirle el autoestima, pero parece que se lo hundamos cada vez que intentamos hacer cualquier cosa.
—Entonces sigue igual que hace año y medio.
—Sí.
Sofía bufó. ¿Por qué Nuria no era capaz de verse tan maravillosa como la veía ella?
Entraron en casa y Sofía llegó a su añorada habitación. Su cama, su escritorio, sus cojines y sus figuritas. Todo seguía intacto.
Y al pie de la cama, el corcho con fotos también seguía intacto. Levantó la fotografía del parque de atracciones con tres adultos y cuatro niños de unos seis años que se veía a la legua que eran ella y toda su familia, incluyendo a Nuria y su madre.
La fotografía escondida tenía a dos niñas de la foto anterior; donde una niña de tirabuzones castaños tenía un palo rosa en la mano y los ojos llenos de lágrimas, y una niña de rubio cabello lacio y unos enormes ojos marrones la miraba con admiración y gratitud.
Sofía se dejó vencer y se estiró en la cama.
—Déjame decirte que te quiero sin que te derrumbes, Nuria, jo. —deseó Sofía en un hilo de voz.
Un repiqueteo en la puerta la trajo de vuelta.
—Sofi, papá se ofrece a cocinar. ¿quieres algo en especial?
Se incorporó.
—¡Pizza casera, por favor!
Al otro lado de la puerta, Lucas se rio.
—¡Tú no cambias, Sofía, yo se lo digo!
La pizza casera de José solo era apreciada por ella, y quizás por eso le hacía tanta a su hermano que fuera lo primero que pedía nada mas llegar.
El hombre simplemente añadía las sobras de comidas anteriores y las preparaba como ingredientes sobre una pizza Margarita. Tan pronto te encontrabas dos chuletitas de cordero desmenuzadas entre atún de marmitaco, como te mezclaba pechuga de pollo deshilachada con albóndigas de ternera en salsa. Era tan aleatorio, que solo eso podría saberle a hogar.
Esta vez, José mezcló el marmitaco con una lata de atún en aceite y otra de atún en escabeche.
Y con el regusto de atún en el paladar, Sofía y su familia se pusieron al día hasta que llegó la hora de dormir.