Nuria se había acostado a las once de la noche y su madre aún no había llegado. Tardó muy poco en dormirse y no la oyó llegar de su turno doble en el hospital.
Así que cuando despertó, un olor a bizcocho casero le inundó las fosas nasales.
—¡Bizcocho de yogur de limón! —exclamó.
—¿Ya estás despierta, cielo?
Nuria respondió apareciendo por la puerta de la cocina.
—¡Qué rico! —dijo al partirse un trozo humeante.
—¡Cuánta energía para ser domingo, Nuria!
—Ez fe ma de'petao é oló, ma. —Intentó vocalizar con la boca llena.
—Yo pensé que te levantarías de bajón y por eso lo he hecho. —La mujer sonreía con complicidad—. Si lo llego a saber, hubiera hecho tortitas francesas o tostadas.
Nuria terminó de masticar lo que tenía en la boca y abrió los ojos como platos.
—Ah, eso.
—¿Cómo que “eso”, Nuria? —Se acercó y sujetó a su hija por los hombros—. ¿Regresa Sofía y solo dices eso?
—A mí me preocupas más tú, mamá. ¿Desde cuándo no tienes una cita? —Desvió la conversación yendo a la yugular.
—Nuria, no estábamos hablando de mí, cariño.
—Pensé que estábamos hablando del amor, así, en general.
Sonrió y desvío la mirada. Su madre entendió que no quería hablar del tema, pues le notó elevar ligeramente el párpado inferior como si fuera a emocionarse.
—¿Quieres que vayamos a ver a tus abuelos?
La niña se emocionó.
—¿Ya están en Madrid?
—Mañana empiezas el instituto, ¿Cómo se lo iban a perder?
—Empiezo tercero. Pero si ellos lo usan como excusa, no seré yo quien les corrija.
La felicidad de ver a sus abuelos le ayudó para no sentir el peso del fatídico reencuentro del día anterior.
Cuando llegaron al pequeño pueblo del sur de Madrid, un hombre alto, guapo y atractivo les abrió la puerta de la casa de los abuelos.
—¿Usted quién es? Mi abuelo no, eso seguro. —Nuria retrasó su último paso, mirando al caballero de cabello negro y ojos celestes.
—Soy el vecino de tus abuelos, solo le devolví una herramienta que me dejó ayer a Héctor.
La madre de Nuria llegó tras aparcar y se colocó junto a su hija.
—¿Mis padres han contratado por fin un jardinero para arreglar el césped y el huerto?
Nuria observó a su madre y al hombre de manera alternativa y se le ocurrió una idea súbita que descuadraba con su carácter, pero que dejaría de focalizar la atención de su madre hacia ella.
—Yo me llamo Nuria, y ella es mi madre y se llama Begoña.
Los adultos alargaron sus manos y las estrecharon.
Nuria esperaba que ocurriera algo que no llegó, así que al menos, intentó corregirse.
—El vecino de los abuelos se parece a un actor de cine, ¿verdad? —Miraba con disculpas a su madre.
Begoña entrecerró los ojos y ladeó la cabeza.
—Tienes razón, Nuria, se parece a Kim Bernabéu.
El vecino tragó saliva y se ruborizó.
—No esperaba que alguien me reconociera aún.
Nuria y su madre se sorprendieron. Justo en el momento en el que Héctor salió a recibirlas.
—Joaquín, ya veo que has conocido a mi hija y mi nieta.
El desconcierto de la adolescente hizo que el actor se excusara.
—Kim es mi nombre artístico, simplemente.
El actor se despidió cordialmente de las chicas y pasaron cada uno a su casa.
Llegaron a la tarde tras un rico risotto de espárragos y la abuela comprobó el pH del agua de la piscina.
—¡El agua está perfecta, cariño! —dijo al vaciar el comprobante de aguas—. ¡Te puedes dar el último baño antes de ir a clase!
—Mariluz, la niña aún está haciendo la digestión. —Hector sacó la manguera y le engancho un difusor de riego—. Una duchita le atempera el cuerpo.
Nuria bajó el par de escalones que había entre la casa y el patio. Héctor le apuntó y abrió el paso de agua.
El agua la sorprendió de lleno.
—¡Abuelo, que llevo las llaves y el móvil en el bolsillo!
El hombre cerró al momento, soltó la manguera y corrió hacia su nieta.
—¡Perdona, nena, lo siento! —Intentó socorrerla ayudándole con una toalla—. ¡Creí que llevabas ropa de baño!
Nuria dio un paso atrás, con una mirada de disgusto a su abuelo.
Mariluz le quitó la toalla a su marido de las manos con ira y se la puso a la chica sobre los hombros.
—Tu abuelo todavía se piensa que tienes ocho años y no se da cuenta de que eres toda una señorita. —Intentó excusarle, aunque se le veía muy enfadada.
La última palabra de su abuela le dió un escalofrío cuando le vino a la mente una sonriente Sofía.
—¡Arg, abuela, no ayudas! —echa un vistazo al móvil y todavía seguía encendido—. No se ha mojado.
Héctor suspiró aliviado. Nuria también. Pero Begoña miró su reloj y rodó la vista.
—Nos tenemos que ir, que mañana hay que madrugar.
—¡Pero si solo habéis comido! —Héctor intentó suplicarle a su hija.
—¿Pero tú has visto lo que casi le provocas a tu nieta por un estúpido capricho de baño?
—Eso no es así… —Intercedió Mariluz.
—Es por éstas cosas por lo que prefiero que vengáis a casa y no al revés. —Begoña miró a Nuria con severidad—. Vámonos a casa.
La chica obedeció, aun con la vista puesta en el salvapantallas de su móvil sin desbloquear.
La ira de Begoña se notó en sus ruidosas zancadas y, al salir a la calle, Nuria se paró ante la puerta del coche.
—El móvil ha salido ileso, mamá.
—¿Y qué me quieres decir con eso?
Ninguna de las dos entraba en el coche, pero estaban las puertas abiertas y a las seis de la tarde aún pegaba el sol. Nuria desvío la mirada hacia el suelo.
—Quizás que te has pasado con el abuelo. —entonó en un hilo de voz, pero que su madre oyó perfectamente.
Begoña resopló rendida.
—Cuando lleguemos a casa le llamo y le pido perdón. Por ahora, que piense en la edad que tienes.
Nuria sonrió y se sentó en el coche. Begoña también lo hizo. Se abrocharon los cinturones y la madre arrancó el motor.
Nuria se dió cuenta de que Joaquín estaba apoyado en la puerta de su chalet y las saludaba con la mano.
Madre e hija respondieron el saludo y se fueron rumbo a su casa monoparental.