El aire de Luverna tiene hoy esa mezcla extraña de humo y lluvia reciente. El tipo de atmósfera que hacía que todo se vea más distante, más sombrío. Como si la ciudad misma respirara al ritmo de la melancolía, y todo tuviera el peso de un recuerdo que nunca llega a desvanecerse.
Camino sin rumbo, sintiendo la oscuridad de la noche sobre mis hombros, como si el mundo entero estuviera a punto de contarme algo importante, algo que solo yo debo saber, un secreto. Pero hay algo más. Una inquietud en mi interior que no me deja en paz. Un vacío, una necesidad que no sé cómo nombrar. No es tristeza exactamente, ni soledad, sino algo más profundo, algo más difícil de entender. Es como un anhelo, sí, pero uno que no sabe hacia dónde ir, ni cómo se llama. Diría que es la urgencia de conectar con algo que aún no soy capaz de entender. O con alguien.
Mis relaciones siempre han sido fragmentos rotos de algo que nunca llegó a encajar. Personas que aparecían, se quedaban un momento, y luego desaparecían dejando solo un eco en mi memoria. Pero
esta vez… Esta vez siento que es distinto. He conocido a alguien. Y, por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de mí me dice que podría valer la pena intentarlo.
Conocernos ha sido una de esas casualidades que parecen tener el peso del destino. Una broma tonta que se convirtió en conversación, una mirada que se sostuvo un segundo más de lo normal, y un roce en nuestras manos que parecía hogar. Rodeados de gente desconocida pero sintiendo que solamente éramos nosotros dos. No conozco nada de él, pero quizás es eso lo que hace que mi mente vuelva a él una y otra vez.
Su manera de hablar me desconcierta. Hay algo en su tono, una calma que parece tener el poder de sostener la realidad, como si él supiera algo que los demás no. Su voz tiene la seguridad de quien nunca ha dudado de sí mismo, y sin embargo, hay algo inquietante en sus ojos. Una sombra que no puede esconder. Un secreto que se filtra en cada pausa que deja entre sus palabras. Y en su cuerpo, en su postura, hay una tensión que me atrae y al mismo tiempo me pone alerta, como si estuviera a punto de correr hacia algo que no comprendo, o a punto de huir.
Quizás por eso me siento atrapada entre el temor y la curiosidad. Entre el impulso de retroceder y el deseo de avanzar. Me siento al borde de un precipicio, sin saber
si abajo hay mar o vacío. Y, sin embargo, ya he dado un paso hacia adelante. No sé si será mi salvación o mi perdición, pero algo me dice que debo seguir.
Aún así estoy dispuesta a averiguarlo.