No son más de las 07:15 de la mañana, pero siento como si hubiera pasado una eternidad desde que desperté. La noche ha sido un tormento: sueños oscuros, pesados, en los que me encontraba envuelta en una niebla densa, como si el aire mismo fuera espeso, difícil de respirar. Mi cuerpo estaba en constante alerta, como si supiera que algo acechaba en la oscuridad, pero no podía verlo. La piel se me erizaba al mínimo movimiento, como si una presencia invisible me observara desde algún rincón desconocido, acechando en las sombras.
El horror no estaba en la niebla, ni en la oscuridad. Estaba en la sensación constante de ser observada, de que alguien o algo estaba ahí, siguiéndome. Pero no conseguía encontrarlo. ¿Era una amenaza real? ¿Es el destino intentando advertirme de algo que no comprendo? ¿O simplemente mi mente está jugándome una mala pasada?
El peso de la pesadilla persiste incluso ahora. El amanecer debería disipar las sombras, pero no lo hace. La sensación de ser observada se aferra a mí como una segunda piel. No me puedo permitir seguir en este bucle
ni un solo segundo más. No hoy. No cuando por fin tengo algo que podría darme sentido. Hoy es mi primer día en Solace.
Llevo años deseando que llegue este momento y hace justo cuatro días recibí la llamada que tanto esperaba. He trabajado en diferentes refugios como voluntaria y siempre he sabido que esto era lo mío. Necesito dar a los demás todo aquello que a mí me ha faltado y siento que en Solace puedo hacerlo. Es mi lugar, mi propósito.
Me ducho intentando despejar mi mente, pero al vestirme, las dudas me asaltan. Cambio de atuendo varias veces, como si la ropa pudiera darme la seguridad que me falta. Finalmente, a las 08:30, salgo de casa. Luverna es una ciudad pequeña, de cuento, donde la gente va de un sitio a otro sin prisas, como si el tiempo no tuviera la misma urgencia que en otras ciudades. Tengo la suerte de vivir en un lugar donde todo está cerca, pero hoy, mientras camino hacia Solace, todo me parece más lejano. Como si estuviera caminando a contracorriente.
Me detengo ante la puerta principal, sintiendo cómo los nervios se retuercen en mi estómago hasta casi nublarme. Respiro hondo, aferrándome a la esperanza de que todo salga bien. No sé si alguien ahí arriba escucha,
pero si lo hace, le pediría que me ayudase en este primer día.
El edificio de Solace se alza ante mí con su fachada tranquila y discreta. No es un lugar imponente, sino acogedor. Está bien pensado para que quienes cruzan sus puertas sientan que han encontrado un refugio, un lugar seguro. Sin embargo, en este momento, yo soy la que necesita uno.
El primer día de cualquier cosa siempre es difícil, pero para mí haber tenido la oportunidad de acceder a este lugar no es solo un trabajo. Llevo soñando con este momento durante años, con la posibilidad de ayudar a otros, de ser un punto de apoyo, de dar lo que a mí me faltó tantas veces. Pero ahora, estando a un segundo de cumplirlo, siento un gran peso en el pecho, es una mezcla de responsabilidad y miedo. ¿Y si no soy suficiente? ¿Y si no logro conectar con ellos? ¿ Y si no soy capaz de ofrecer lo que necesitan? ¿Y si yo necesito más que ellos?
Respiro hondo y, con un último impulso, abro la puerta y entro con el pie derecho, buscando en ese pequeño gesto un amuleto invisible.
Dentro, el ambiente es cálido, acogedor. La luz entra por los ventanales, reflejándose en las paredes en
tonos suaves. Huele a café y a libros viejos, y el murmullo de conversaciones en voz baja se desliza por los pasillos. A lo lejos, escucho risas apagadas, incluso tristes, y el sonido de una radio que alguien ha dejado encendida con música instrumental.
La recepcionista me sonríe al verme.
—Debes ser la chica nueva. Bienvenida.
Tras algunas indicaciones, me guía hacia la oficina de la coordinadora, quien me explica lo esencial: horarios, dinámicas, pacientes asignados. Escucho atentamente, anotando en mi libreta, aunque siento que mi cabeza está demasiado inquieta para asimilarlo todo.
Cuando finalmente salgo a recorrer el centro y conocer a algunos de los pacientes con los que trataré, mis nervios se convierten en una especie de adrenalina.
El primero de ellos es un hombre mayor, sentado junto a la ventana con la mirada perdida en la calle. Su postura es rígida, sus manos descansan sobre sus rodillas, y parece absorto en sus pensamientos, como si estuviera esperando algo que nunca llega. Me acerco con cautela.
— Buenos días — digo con suavidad.
Sus ojos se enfocan en mí con un destello de curiosidad. —¿Y tú quién eres? —pregunta, sin hostilidad, pero con cierto recelo.
Le digo mi nombre y le explico que estaré aquí a partir de ahora. Él asiente lentamente y después señala la calle con la barbilla.
—Mucha gente pasa por aquí, pero pocos se quedan lo suficiente como para recordar nuestros nombres.
No sé si lo indica como una advertencia o simplemente es la realidad del día a día en este lugar, pero me obliga a recordar que en mi vida las personas han hecho lo mismo: no quedarse lo suficiente, así que me obligo a hacerme una promesa silenciosa: voy a demostrarle que yo sí me quedaré.
Más tarde, conozco a una mujer mayor, con un aire de elegancia discreta. Habla con dulzura, pero en su voz hay una firmeza que deja claro que no ha sido fácil derribarla. En sus manos sostiene un pañuelo de tela, que dobla y desdobla con un movimiento mecánico, casi meditativo.