Cuando casi lo fuimos todo

3

Le devuelvo una sonrisa tímida, cargada de curiosidad. Siempre he creído en el destino, y siento que nuestro primer encuentro estaba envuelto en una casualidad divina.

Era una tarde nublada, de esas en las que el cielo amenaza con desplomarse en cualquier momento. Caminaba con los nervios a flor de piel, ansiosa, esperando recibir la llamada de Solace. La incertidumbre por saber si realmente conseguiría el trabajo me asfixiaba así que decidí salir de casa. Necesitaba un respiro de mi misma. Y solo hay un lugar que me devuelve la calma en plena tempestad: El Umbral del Café.

Es el sitio perfecto para apaciguar los pensamientos. Apenas cruzas la puerta, la calidez del lugar te envuelve. El aroma del café recién hecho se mezcla con el sutil perfume de la madera y las páginas envejecidas de los libros. Pequeñas mesas dispersas

invitan a perderse entre historias, mientras las estanterías, repletas hasta el techo, susurran promesas de mundos por descubrir. Es un lugar íntimo, ajeno al bullicio de la ciudad, donde el tiempo parece diluirse entre el tintineo de las tazas y el murmullo de quienes, como yo, buscan escapar de la realidad. Sin lugar a dudas, es mi refugio.

Entré apresurada, con la necesidad incesante de encontrar cobijo. Sentada en mi mesa habitual, situada cerca de la ventana, observaba a la gente pasar, esperaba a que Mina trajera mi moccachino, mientras rebuscaba en mi bolso hasta dar con mi libro. En días como hoy, la luz tenue que entraba hacía que todo se sintiera aún más acogedor.

Pasé las páginas sin realmente leer. A ratos, miraba por la ventana, viendo la vida seguir su curso mientras yo me refugiaba en mi propio mundo. Mina pasó a dejarme el moccachino con una sonrisa y un comentario sobre el clima. Le respondí distraída, con la cabeza aún atrapada entre la ansiedad por la esperada noticia y la calidez envolvente del café. Me forcé a duras penas a concentrarme en la lectura, pero las palabras que normalmente me hacían olvidar todo lo demás, hoy no eran capaces de detener mi mente. Perdí la cuenta del

tiempo hasta que una sensación extraña me sacó de mi ensimismamiento

Entonces lo sentí.

La sensación de ser observada me recorrió como un escalofrío. Podría decir que no fue una sensación incómoda, pero sí extraña, como si su presencia estuviera ahí antes de que lo notara. Levanté la vista de mi libro y lo encontré.

¿Desde cuando llevaba ahí?

Estaba al otro lado del café, mirándome. Pero cuando nuestras miradas se cruzaron, bajó la vista rápidamente a su libro, fingiendo que lo hojeaba. Aún así, su postura delataba que no estaba concentrado en la lectura. Entonces, como si fuera inevitable, nuestros ojos volvieron a encontrarse. Esta vez, ninguno apartamos la mirada. Y, contra toda lógica, en lugar de incomodidad, sentí alivio. Una extraña sensación de cercanía.

Por un instante, el bullicio del café se desvaneció a mi alrededor. Como si solo existiéramos él y yo.

Avergonzada, bajé la mirada y tomé un sorbo de mi café tratando de acallar los latidos de mi corazón.

Los minutos pasaron —quizá demasiado rápido, quizá demasiado lentos— en los que mi mente no dejo de imaginar escenarios sobre cómo podría acercarme a él. Me levanté dispuesta a pagar y salir lo más rápido posible para no quedar en evidencia ante cualquier comportamiento estúpido por mi parte.

Fue entonces cuando ocurrió.

Una niña salió corriendo de entre las mesas, chocando contra mí. Aún me pregunto en qué momento él se levantó y apareció justo a mi lado. Intenté esquivarla, pero en un torpe intento de mantener el equilibrio, terminé estrellándome contra él. Mi libro y el móvil cayeron al suelo.

Me quedé pegada a su pecho, sintiendo su respiración pausada, como si el tiempo se hubiera congelado solo para nosotros. Su cuerpo era firme, cálido.

Levanté la mirada y ahí estaba él, observándome con la misma intensidad de antes. Su aroma se mezclaba con el café y la madera del local. No sé cuánto duró, si fueron segundos o un suspiro, pero en mi mente todo desapareció, excepto él.

La madre de la niña se acercó avergonzada.

—¡Lo siento mucho! Le tengo dicho que no corra, de verdad… —me miró con angustia.

Sin apartar los ojos de él, respondí en voz baja:

—No te preocupes, no tiene importancia.

Me di cuenta de que sus manos seguían sujetándome, y mis dedos, inconscientemente, seguían aferrados a su camisa. Sentía el calor de su cuerpo a través de la tela. No quería soltarlo. No todavía.

—¿Estás bien, nena? —Mina apareció a mi lado, su voz estaba cargada de preocupación.

Parpadeé, intentando volver a la realidad, y me aparté de él con cierta torpeza, sin poder dejar de mirarlo. Sus brazos también retrocedieron lentamente, como si le costara dejarme ir.

—Sí, Mina. Tan solo me he asustado un poco.

Me agaché a recoger mi libro y mi móvil, pero él hizo lo mismo. Nuestras manos se rozaron al alcanzar el libro. Él se detuvo un segundo en la portada antes de entregármelo.

—Tienes buen gusto —dijo con una media sonrisa.

—¿Tú crees?

—La pregunta es, ¿lo crees tú?

Su tono tenía un matiz divertido, como si estuviéramos jugando a juego tácito.

—Eres de los que responde con otra pregunta, por lo que veo.

—Tal vez.

Su voz era tranquila, envolvente. Me hizo sonreír sin darme cuenta.



#4767 en Novela romántica
#269 en Joven Adulto

En el texto hay: novelajuvenil, destino, amor

Editado: 09.08.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.