Han pasado cuatro días desde aquella tarde en el café. Cuatro días desde que supe que posiblemente algo había cambiado sin retorno. Desde entonces no volví a verlo…, hasta hoy. Verle aquí me hace sentir que el tiempo se ha plegado sobre sí mismo como si no hubieran pasado horas ni días. Su expresión hace ver que él también siente el peso de nuestro primer encuentro.
Por un breve momento, el mundo a nuestro alrededor parece desvanecerse. Reencontrarnos aquí, en este lugar, me hace sentir que, por alguna razón, nuestros destinos están entrelazados.
Habla algo con el paciente que tiene frente a él y se pone en pie. Yo sigo inmóvil en un rincón de la sala, sin poder procesar aún habernos encontrado de nuevo. Desde aquel día en el café no supe nada de él, ni siquiera su nombre. Fui tan estúpida…, o quizá fue la intensidad del momento lo que me impidió preguntarle. No nos dimos el teléfono. Supongo que ambos nos sentimos tan abrumados por nuestro primer encuentro que todo lo demás pasó a un segundo plano. Quizá dejamos en manos del destino el vernos de nuevo.
Viene hacia mí y noto cómo el aire se densifica a mi alrededor, haciéndome sentir un leve mareo. Se detiene frente a mí y, con una media sonrisa, dice:
—Dime que este es el trabajo que tanto soñabas.
—En efecto. Me llamaron nada más salir del
café.
Su sonrisa se ensancha mientras observa a su
alrededor.
—Te dije que de un momento a otro te llamarían para darte la buena noticia. Pero fui un idiota… No te pedí tu número, Lena. De haberlo hecho, no habría estado dándole tantas vueltas a la cabeza ni recorriendo el pueblo una y otra vez para encontrarte.
Me quedo sin respiración. ¿Ha dicho que me ha estado buscando? ¿Es el mareo que tengo lo que me está nublando la mente y el juicio?
—No quiero parecer un psicópata, no me malinterpretes. Niego con la cabeza, soltando una leve carcajada.
—Para nada. Yo sigo sin entenderlo tampoco. Seguramente nos hubiera ahorrado muchos quebraderos de cabeza innecesarios.
—Me alegra que pienses igual que yo.
—Pero hay algo que me incomoda mucho más que el hecho de no haber intercambiado nuestros números de teléfono —enarco una ceja con fingida molestia.
Su mirada se tensa ante mí.
—¿El qué?
—No me dijiste tu nombre. Tu ya sabes el mío, y no me parece justo.
Sonríe de medio lado y niega con la cabeza antes de tenderme una mano a la altura de nuestras caderas en un gesto casi imperceptible a ojos de los demás.
—Cierto, aunque tampoco te interesaste por saberlo —alza las cejas, fingiendo estar ofendido—. Me llamo Zane.
No puedo evitar sonreír ante su gesto divertido. Miro la mano que me ofrece y, sin pensarlo, sujeto la punta de sus dedos con los míos. Ahí está otra vez. Esa sensación que me eriza completamente la piel. Esa conexión íntima ante solo el roce de nuestras manos. Ese pecado tan necesario. Y, otra vez, todo desaparece.
—Zane… —pronuncio lentamente su nombre y lo miro nuevamente—. Tú tampoco preguntaste por el mío, señor ofendido. Te enteraste por pura casualidad.
—Como nuestro primer y segundo encuentro.
Pura casualidad. —Se apresura a decir.
Sus dedos acarician el dorso de mi mano y sonrío ante sus palabras. Pero antes de poder responderle la coordinadora entra en la sala.
—Lena, perdona, ¿me acompañas?
Igual que ocurrió en el café, nos apresuramos a soltar nuestras manos. Asiento, mirándolo una última vez antes de darme la vuelta y seguir a la coordinadora. Mientras camino tras ella, algo en mí se revuelve.
¿Cómo se supone que voy a poder concentrarme tras el reencuentro con Zane? Me ha removido hasta los huesos.
Solace siempre fue mi refugio soñado, un nuevo comienzo. Pero hoy… Hoy siento que también se ha convertido en el escenario de algo inesperado.
Algo tan incierto como inevitable.