Cuando casi lo fuimos todo

5

Una vez en el pasillo, la coordinadora me espera y continúa caminando mientras me sonríe.

—¿Qué tal tu primer día? ¿Te has sentido cómoda?

Respiro por primera vez en no sé cuántos minutos.

—Sí, todo el personal me ha tratado súper bien. No tengo ninguna queja. Creo que a los pacientes les costará un poco adaptarse a una persona nueva, pero estoy segura de que podremos funcionar bien juntos.

Caminamos hasta llegar a la puerta de su despacho. Tras abrirla, me invita a entrar primero. Me siento en la silla frente a su escritorio.

—A veces, los días aquí pueden ser un poco monótonos —me advierte—. Los pacientes no siempre participan en las actividades que proponemos y, en muchas ocasiones, están irritables. Se cierran en sus pensamientos y no cooperan. Es un trabajo duro, pero muy gratificante cuando ves los pequeños avances que logran. Más que ayuda, necesitan compañía.

—Me da miedo no ser capaz de entrar en su mundo o no ser lo suficiente para ellos —confieso, jugueteando con mis dedos sobre mi regazo. Ella sonríe y suelta un bufido divertido.

—Tranquila. Cuando te hice la entrevista, supe que necesitabas estar aquí. No fue solo tu formación académica lo que me llamó la atención, sino tu necesidad de ayudar a los demás, de acompañar, de estar. A veces, eso es lo único que realmente importa.

—Gracias por la confianza —asiento, aliviada.

—No tienes que empezar las terapias mañana, ni siquiera la próxima semana. Tómate tu tiempo para conocerlos, para hablar con ellos. Estar presente en su día a día te dará las herramientas necesarias para saber cómo puedes ayudarlos. En muchas ocasiones, no hay mejor terapia que la simple compañía.

—Es cierto —concuerdo—. De hecho, quería preguntarte si tengo plena libertad para hacer mi trabajo, decidir el enfoque con cada paciente y manejar mis tiempos.

—Por supuesto, tienes total libertad.

Sonrío mientras asiento. Me he quitado un gran peso de encima. He estado nerviosa todo el día, temiendo que me exigieran resultados inmediatos y un enfoque rígido. No es mi forma de trabajar. Siempre he creído más en el poder de la escucha, el apoyo y la compañía. Lo que realmente necesitan estas personas. Lo que yo misma he necesitado tantas veces.

—Dicho esto, puedes irte ya. Mañana será otro día. Descansa, hoy solo ha sido la toma de contacto.

—Cierto. Mañana nos vemos. Descansa tú también.

Salgo de su despacho y cierro la puerta tras de mí. Me debato entre volver a la sala común o dirigirme directamente a las taquillas. ¿Por qué siempre nos interrumpen cuando hablamos? No logramos terminar una sola conversación. Al menos, ahora sé su nombre: Zane.

¿Por qué siempre terminamos agarrados de las manos? ¿De verdad existe el destino? Me dijo que solo estaba de paso… Entonces, ¿qué hace aquí? ¿Tendrá algún familiar en el refugio? Una vez más, mi mente entra en bucle. Debería irme ya; volver a la sala común podría hacerme parecer una pesada.

Doblo la esquina del pasillo en dirección a las taquillas, caminando lentamente. En el fondo, sigo sin saber si lo correcto es marcharme o buscarlo.

Nos encontramos de sopetón. Casi nos chocamos, pero él reacciona rápido: pasa un brazo por mi cintura y me gira con suavidad para evitar que perdamos el equilibrio. Instintivamente, me aferro a su brazo.

—Oye, tú…, esto se está convirtiendo en un hábito —dice, divertido.

—Es posible, aunque preferiría que cada vez que nos viéramos no fuera en situaciones de riesgo —enarco una ceja con una sonrisa.

Él ríe con ganas, pero no me suelta. Su brazo sigue firme en mi cintura, lo suficientemente cerca para sentir su calor, pero con la distancia justa para mirarnos a los ojos.

—¿Ibas a irte sin buscarme? —pregunta con un destello de duda en la mirada. Su tono es ligero, pero noto algo más detrás de sus palabras. Me encojo de hombros, torciendo el gesto.

—No sabía si debía hacerlo. Estaba decidiéndolo.

No quería parecer una psicópata.

Niega con la cabeza y suelta una carcajada antes de soltarme Se apoya en la pared, observándome con detenimiento.

—Me parece fatal que pensaras largarte sin darme tu número. Y mucho menos sin despedirte de mí.

¿Y si es la última vez que nos vemos?

—¿Es la última vez que nos vemos? —pregunto sin apartar mis ojos de los suyos, intentando descifrar si lo dice en serio.

—¿Eres de las que responde con otra pregunta?

—Sonríe de medio lado.

—Idiota —me apresuro a decir—. Podríamos dejar en manos del destino nuestro próximo encuentro, como ha ocurrido hasta ahora.

—Uh…chica dura. Ahora me insultas —Me mira con fingida indignación, pero enseguida su expresión se suaviza—. No quiero que el destino nos una de nuevo… O bueno, sí, pero prefiero asegurarme de encontrarte.

Me ruborizo de inmediato. ¿Esto es real? ¿Cómo es posible que dos desconocidos se sientan tan cómodos juntos en apenas dos encuentros? No tiene sentido.

—Apunta mi número entonces.

Él sonríe, saca su móvil, y en cuestión de segundos, intercambiamos contactos.



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En el texto hay: novelajuvenil, destino, amor

Editado: 09.08.2026

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