Cuando casi lo fuimos todo

6

De camino a casa, no puedo dejar de revivir lo ocurrido hace un rato. Cada escena se reproduce en mi mente a cámara lenta: el reencuentro inesperado, su brazo sujetándome por la cintura, sus ojos intensos clavados en mí, la conexión inquebrantable, nuestra conversación fluida, íntima y divertida…, y de repente, el cambio. Todo se volvió frío.

Intento calmarme mientras camino lentamente, dejándome envolver por el encanto nocturno de Lucerna. Salir de Solace a estas horas es un regalo: las calles empedradas parecen brillar bajo la luz tenue de las farolas, que proyectan sombras alargadas sobre los muros de piedra. En los balcones de cada casa cuelgan macetas repletas de flores, un mosaico de colores que aún respira la calidez del día. El aroma a jazmín y lavanda se mezcla con la brisa que viene del río, cuyo murmullo acompaña mis pasos.

Lucerna tiene un encanto nostálgico cuando cae la noche. Las fachadas de las casas, algunas con persianas de madera entreabiertas, dejan filtrar destellos dorados desde el interior, como si cada hogar escondiera una historia. Hay algo reconfortante en la forma en que la ciudad parece ralentizarse, en cómo todo adquiere una intimidad casi mágica.

Mi casa está a solo quince minutos andando, pero siempre que tengo la oportunidad de caminar por Lucerna alargo el trayecto para disfrutar del momento. Sin embargo, hoy ese encanto se siente distante, como si caminara dentro de una postal ajena.

Miro el móvil un par de veces, esperando —quizá deseando demasiado— un mensaje suyo. Pero nada.

¿Debería escribirle yo? Qué absurdo…, pero no dejo de mirar la pantalla como si fuera a leerme la mente. No, no voy a hacerlo. Me ha sentado mal. Su frialdad repentina, esa indiferencia después de todo lo que había entre nosotros minutos antes. No lo entiendo.

Con un suspiro, guardo el teléfono y acelero el paso. Al llegar a casa, me doy una ducha rápida y ceno

algo ligero. Pero ni el agua caliente ni la comida consiguen despejarme. Me dejo caer en el sofá, enciendo Netflix y dejo que cualquier serie reproduzca su sonido de fondo. Pero mi mente sigue atrapada en lo que pasó en Solace. En él. En lo que parecemos ser cuando estamos solos… Entonces, la pantalla del móvil se ilumina. Zane.

Me quedo paralizada y casi se me cae el móvil de las manos. Me tomo unos segundos para respirar antes de desbloquear la pantalla. Me debato entre las ansias por saber lo que me escribe y la angustia por no querer enfrentarme a la realidad. Desde que salí del trabajo

—mejor dicho, desde que Lucas apareció y todo cambió— siento que hay algo que no encaja. ¿Es mi imaginación o realmente hay un trasfondo que Zane no quiere que vea?

Con dedos temblorosos, desbloqueo la pantalla y abro su chat.

—¿Ya estás durmiendo?

¿Esto es una broma? He debido cortocircuitear en algún momento del día porque no soy capaz de entender cómo hemos pasado de la intimidad absoluta a la indiferencia total y, de repente, a esto. Hay algo en su forma de aparecer que siempre me descoloca.

—Aún no

—Veo que el primer día aún no ha podido contigo

—Ya me dio el bajón de emociones. Pero…, no puedo dormir aún

—Suele ocurrir en cuanto te relajas. Espero que haya ido bien, la verdad

—Mejor de lo que esperaba, para ser sincera

—¿Si? Seguro que ha sido por haberme visto

Espera. Espera. ¿Qué? ¿Está tonteando otra vez conmigo? Odio estar sonriendo como una completa idiota ante un tío que, hace unas horas, me trató con la frialdad de un desconocido. Me dijo que si no iba a ir a buscarle y luego desapareció de mi vista en un abrir y cerrar de ojos.

—¿Tú crees?

Por supuesto que ha sido por eso. Mi día en Solace fue mucho mejor de lo que esperaba: mis compañeros fueron geniales conmigo y la coordinadora, encantadora… Pero claro, la guinda del pastel, sin duda, ha sido él.

—Espero que sí

—¿Esperas que sí?

— No respondas con preguntas. Por supuesto que espero que sí. Desde luego, tú has mejorado mi día.

Lanzó el móvil al sofá y grito en silencio. Esto no es normal. Cada vez que hablo con él —en persona o en la distancia— es una situación de riesgo, pues creo que me va a dar un infarto.

—Me alegro haber hecho algo por ti jajajajaja

—Qué amable por tu parte jajaja aunque nos han interrumpido de nuevo

—Esto ya es algo habitual en nuestros encuentros

—Desde luego. ¿Mañana a qué hora entras?

— A las 9:30. No es demasiado temprano. ¿Vas tú?

—Buen horario. Sí, a las 16:30 estoy allí

—¿Trabajas por la mañana?

—¿Te interesas por mi vida?

No sé como tomarme esa pregunta. Una

sensación extraña me invade. ¿Lo dice en broma? ¿O está marcando distancia otra vez?

—Solo curiosidad, perdona

— Jajajaaja sí. Trabajo por la mañana. Soy letrado

Esto sí que no me lo esperaba. ¿Un abogado?

Jamás lo habría imaginado. ¿Qué tiene que ver un letrado con un refugio como Solace? ¿Lo hace por placer? o ¿Por qué?



#4767 en Novela romántica
#269 en Joven Adulto

En el texto hay: novelajuvenil, destino, amor

Editado: 09.08.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.