La niebla es tan densa que apenas veo lo que me rodea. El ambiente es húmedo, pegajoso, como si la bruma se aferrara a mi piel con dedos invisibles. Camino lentamente, sin rumbo, sintiendo el peso de cada paso sobre un suelo que parece líquido, inestable. La suave lluvia empapa mi ropa, haciéndome estremecer.
Miro hacia atrás una, dos veces. Algo dentro de mí me dice que no estoy sola. Pero no hay nadie. O eso quiero creer.
El silencio es denso, casi irreal. Solo mi respiración agitada rompe la quietud. De repente, una sensación fría me recorre la espalda, un instinto primitivo que me grita que corra, pero mis piernas no responden. Mi pecho se comprime, como si una mano invisible lo oprimiera, robándome el aire. Intento llevarme las manos al cuello, a ver si eso me ayuda a respirar. El pánico me ancla al suelo.
Entonces lo veo.
Una sombra. Una silueta. No sé si es un hombre o… ¿son varios? Sus figuras distorsionadas por la niebla se mueven con una lentitud aterradora, como si supieran que no tengo escapatoria.
Intento dar un paso atrás, pero es como si el suelo me atrapara. Como si estuviera caminando dentro de un sueño en el que todo avanza a cámara lenta, menos la amenaza.
Mi pulso se acelera. Mi corazón golpea con violencia mi pecho. La ansiedad me atenaza hasta que el pánico me despierta de golpe.
Me incorporo bruscamente, con la respiración entrecortada. El sudor cubre mi frente y el eco de mi propio jadeo retumba en la habitación oscura. Mi cuerpo sigue temblando. Paso una mano temblorosa por mi rostro y suspiro, tratando de recobrar el aliento.
Otra vez. Siempre los mismos sueños.
Me quedo sentada unos minutos, intentando calmar mi pulso. Luego, resignada, me levanto y me preparo para el día. Una ducha rápida, café a medio terminar y un par de tostadas que apenas pruebo antes de salir de casa.
El aire fresco de la mañana me ayuda a despejarme, pero mi mente sigue atrapada en las pesadillas recurrentes. Y en una palabra que no ha dejado de resonar desde ayer.
Peligroso.
No puedo dejar de repetírmelo. ¿Por qué lo dijo?
¿Qué quiso insinuar con eso? Me gusta el enigma, pero odio no saber si se trata de un juego…, o de algo real.
Al llegar al refugio, me dirijo directamente a las taquillas a dejar mis cosas y prepararme mentalmente para el día. Necesito que todo fluya. Que yo fluya. Estoy demasiado nerviosa hoy. Por los pacientes, por mis compañeros, por dar la talla. Y por él… Lo veré esta tarde y no sé qué nos deparará el día.
Lo bueno de Solace, en días soleados como hoy, es que puedes disfrutar del jardín. Es un pequeño paraíso verde mires por donde mires. Flores y árboles de diferentes tipos lo componen, con varios bancos dispersos por la zona. Incluso algunas mesitas con sillas para tomar café o té. Elías, mi paciente, suele sentarse en el mismo banco, bajo un almendro. Eso me dijo la coordinadora el primer día: si quería encontrarlo, allí estaría. Desde la entrada del jardín lo veo, y puedo percibir la tristeza en sus ojos, como si la vida se le hubiera escapado.
Me acerco a él, admirando el árbol.
—Me dijeron que podría encontrarte bajo el almendro —le indico, con la esperanza de que me conteste.
Me mira por un momento, y una ligera sonrisa se asoma en sus labios aunque se puede vislumbrar la tristeza.
—Me gusta sentirme arropado por él —responde con voz suave y cargada de pesar.
—No lo había visto así, pero ahora que lo dices… Es un buen lugar.
—¿Qué tal ayer el primer día? —me pregunta sin mirarme.
Sonrío ante su pregunta. Es curioso cómo las personas que más necesitan ayuda intentan ser condescendientes con los demás.
—Mejor de lo que esperaba. Los inicios, al igual que los finales, siempre son un drama. Pero traté de venir sin expectativas para no llevarme un chasco. Y, la verdad, me sorprendió —respondo pensativa —. ¿Qué tal tú día ayer?
—Como otro cualquiera, deseando que pase. Cuando la vida te quita lo que quieres, los días solo pasan, Lena —responde con pesar.
—¿Así es como vive? ¿Sin ilusión? —pregunto, nerviosa.
Hace un silencio y me invita con la mano a sentarme en el banco a su lado. Tomo asiento mientras observo el jardín.
—La vida es dura, Lena. A veces golpea donde más duele, y siempre te pone otra batalla cuando crees haber alcanzado la gloria. Nunca deja de ponernos a prueba para ver hasta dónde somos capaces de soportar.
—dice con voz queda.
Asiento lentamente y trago saliva.
—Lo sé. He estado en diferentes guerras… —suspiro pensativa.
Elías guarda silencio un momento, como si sopesara mis palabras. Luego, su mirada se pierde entre el jardín.
—Las guerras dejan cicatrices, Lena. Algunas se ven…, otras pesan en el alma.
Asiento lentamente. Él gira la cabeza y me observa con detenimiento.
—¿Y en esas guerras tuyas…, has amado?
Su pregunta me toma por sorpresa. Me remuevo en mi asiento y fijo la vista en una flor que ha caído al suelo.