Apago la pantalla del Ipad y empiezo a guardar las bobinas en el neceser que las traía.
—Creo que por hoy ya está bien la broma… Pero seguiré intentándolo otro día.
Termino de recoger todo y, tras levantarme, coloco la silla agachándome un poco para que me oiga.
—Y no solo me refiero a la flor de lavanda. Chao.
Nerviosa, como si estuviera a punto de hacer algo que está mal, miro alrededor de la sala común. Zane ya no está.
Salgo al pasillo apresurada, y me encuentro de repente con Olivia. Es un par de años mayor que yo, su piel más cálida que la mía, el pelo castaño le descansa en los hombros y sus ojos, entre verdes y azules, siempre te miran descifrándote.
—¿Qué tal ha ido?
—Uf… Te diría que bien, pero te mentiría. Aunque es cierto que creo que he llamado su atención —comento, pensativa.
—Es un comienzo. Tengo la sensación de que le caes bien o, por lo menos, le causas curiosidad. Cosa que hasta el momento no he sentido que tenga con nadie.
Suspiro lentamente con pesar.
—Ojalá sea así. He pensado que ignorándola el tiempo que estemos juntas, para que sienta que no le estoy metiendo presión o metiéndome en sus cosas, podría servirme de ayuda.
Sonríe ampliamente y asiente.
—No se me había ocurrido nunca, y creo que es una buena idea. Creo que hasta ahora todos hemos intentado, de cualquier manera, ayudarla como sea posible. Y eso le ha agobiado y ha dado lugar a que se cierre más. Creo que has dado con la tecla.
—Creo que a mí me pasa un poco como ella, necesito tener mi espacio y sentirme segura para poder hablar con comodidad. Pensé que dándole ese espacio, quizás conseguiría algo. También te digo, no creo que vaya ser de hoy para mañana. Pero no tengo prisa.
Asiente mirándome y saca el móvil de su bolsillo.
—Estás en el camino. No será fácil, pero ya has dado el paso. Me tengo que ir, tengo jaleo —se despide con la mano y se pierde por el pasillo.
Aprovecho entonces para darme prisa y dirigirme a la salida de incendios antes de que alguien más me entretenga en el camino.
Tras abrir la puerta y salir, no veo a nadie. Estoy en el segundo piso, por lo que tengo a mi derecha escaleras que suben al tercer piso donde se encuentran algunas habitaciones, y a la izquierda las escaleras que bajan al primer piso donde está el comedor y las taquillas. Oigo un chisteo y me giro bruscamente.
—Chss… Estoy aquí.
Miro hacia arriba y lo veo. Está en el tercer piso, sentado en las escaleras. Esperándome.
—¿Te has propuesto matarme del susto? —niego con la cabeza, poniéndome una mano en el corazón.
Él ríe. Subo lentamente las escaleras, tan nerviosa como asustada, y me quedo a dos escaleras de distancia, de pie, frente a él.
—Eres muy dramática.
—No has visto nada entonces.
—¿Crees que podrías sorprenderme más? —enarca una ceja.
—Espera y verás —me río.
—Lo haré. Estoy deseándolo —me mira con picardía.
Miro a mi alrededor y veo que estamos solos. Respiro lentamente el aire húmedo de Luverna, me estremezco y paso mis manos por mis brazos acariciándolos.
—¿Por qué has salido aquí? —le miro a los ojos con detenimiento.
—¿Por qué no? Así nadie nos molestará esta vez —sus ojos me miran con intensidad, con verdad, y acto seguido me ofrece su mano.
—¿No quieres que nos molesten? —enarco una ceja, retándole sin aceptar aún su mano.
—Por supuesto que no. ¿Prefieres que lo hagan? —no baja la mano que me ofrece y no deja de mirarme.
Niego con la cabeza lentamente y paso las yemas de mis dedos por los suyos, lentamente, antes de agarrar la mano que me ofrece. Sin mediar un segundo, agarra mi mano y tira de ella para acercarme a él. Instintivamente, me pongo de rodillas en uno de los dos escalones que nos separan. Y… Ahí estoy, de rodillas entre sus piernas y cara a cara con él. Me ruborizo de inmediato al sentir su contacto.
—Hola…—sonríe de medio lado y automáticamente se quita la chaqueta azul marino que lleva encima del jersey color crema y me la pone por encima de los hombros.
—Hace frío.
Asiento inmóvil. Creo que me está dando algo… ¿Un infarto?
—Puedes respirar… O, si no, te morirás y al final acabaremos rodeados de gente, otra vez —comenta en voz queda mientras pasa sus manos por mis brazos haciéndome entrar en calor…
Carraspeo y toso un par de veces.
—Sí, sí…, ¿no tienes frío? —logro decir.
—Estoy bien, sabiendo que no lo estás pasando tú, estoy mejor —sonríe de esa manera en la que la cabeza me da vueltas.
—¿A esto te referías con protegerme? —sonrío recobrando la compostura, como puedo…
—No exactamente… —ríe mirando hacia otro lado.
—¿Entonces? —me encojo de hombros, colocándome bien la chaqueta y apoyando mis brazos en sus rodillas, mirándolo con detenimiento.