Cuando casi lo fuimos todo

9

Zane

Me quedo inmóvil tras el portazo de Lena. Está enfadada. Muy enfadada. ¿En qué momento se me ha ido todo de las manos? ¿En qué momento dejé mi autocontrol a un lado?

No debería haberla besado.

Pero lo hice.

La tenía tan cerca…, y no pude evitarlo. Ni siquiera lo pensé. Solo pasó. Como si algo —más fuerte que yo— me empujara directo al precipicio.

Y lo peor de todo es que, por un instante, deseé quedarme ahí. Era justo el lugar donde anhelaba estar.

Encontrarnos en Solace es como una broma pesada del destino. Yo no creo en estas cosas. Siempre he pensado que cada persona se labra su propio camino. Sin embargo, conocerla a ella ha tambaleado el mio. Es como si el destino se estuviera riendo de mí…, o dándome una última oportunidad que no sé si debería tomar.

Ella no sabe nada.

Nada del lugar al que vuelvo cada noche.

Nada de lo que soy cuando no estoy con ella.

Y ahora estoy aquí, preguntándome si me he jodido la vida…, o si la vida me está jodiendo a mi.

Abro la puerta y entro al pasillo del segundo piso. De verdad que no sé cual es el camino que debo tomar: si hacer como que nada ha pasado ahí fuera, fingir que nuestra maldita conexión no existe y seguir con mi vida…, o si correr tras ella para no perderla.

Tampoco sé cual de las dos opciones quiero elegir. Estoy en un maldito callejón sin salida desde el día en que la conocí.

No soy una persona que se acerca a otras para entablar conversaciones. Soy tímido en los primeros encuentros. Sin embargo, desde que entró por la puerta del café, no pude apartar los ojos de ella. Algo en mi se tensó. No sabría explicarlo con palabras exactas.

Ella…, no solo era atractiva. Había algo en su forma de caminar, en su forma de tratar a los demás.

Su pelo moreno le caía hasta media espalda, ligeramente ondulado. Iba vestida con ropa sencilla, sin pretensiones, pero en su mirada —esos ojos verdes tan intensos que parecían contener preguntas sin respuestas— había algo…, algo que me atravesó.

No sé si fue su expresión concentrada, la forma en la que apretaba los labios al buscar su libro, o la manera en la que parecía estar sola incluso rodeada de gente. Pero sentí que tenía delante a alguien que escondía mucho más de lo que mostraba.

Y, sin embargo, me sentí visto.

Como si, por primera vez en mucho tiempo, alguien pudiera atravesar la niebla que suelo llevar encima.

Insisto: no soy alguien que se fije en las personas. Vivo tan atrapado en mis propios pensamientos, en mis propias normas, que rara vez levanto la cabeza del suelo.

Pero a ella… Era imposible no mirarla.

Y cuando nuestros ojos se encontraron, mi mundo se tambaleó.

Una niña salió corriendo entre las mesas y, por puro instinto, me levanté para evitar que chocara con ella.

Y entonces ocurrió.

Se estrelló contra mí. Pude agarrarla justo a tiempo para que no perdiera el equilibrio.

Fue un momento breve, pero me sentí completo. Como si hubiera llegado a un lugar que no sabía que estaba buscando.

Desde ese segundo en que la tuve tan cerca, supe que estaba perdido.

Y lo peor es que no quise salvarme.

La invité a quedarse conmigo muerto de miedo por su rechazo, y tras su aceptación… Supe que quizás me estaba metiendo en un problema. Pero guardé ese problema en una caja mental, sellada por todos los costados, para sopesarlo después.

Y me dediqué a disfrutar de su compañía. Nuestra conversación fue fluida. Nuestras manos se rozaron…, y se cogieron con tanta naturalidad que parecía que nos conocíamos de siempre.

Por primera vez en mi vida estuve tan a gusto con alguien —sin sentir que debía estarlo por obligación— y, por un rato, me olvidé de todas mis cargas.

Solo necesitaba que el tiempo durara más.

Cuando se fue, sentí un vacío absurdo. Como si me faltara algo.

No le pedí el número. Ni sabía cómo encontrarla.

Los tres días siguientes me los pase pateando Luverna a distintas horas, por si el azar me la devolvía.

Fui varias veces a la tienda de su amiga Carlota para comprar cosas que no necesitaba, con la esperanza de toparme con ella.

El cuarto día estaba desesperado. Rendido.

Mi cabeza me gritaba que me estaba volviendo loco, que estaba cometiendo un error monumental…

Y, sin embargo, otra parte de mí —una más profunda, más terca— al mismo tiempo, me empujaba a no perder la esperanza. A no soltar esa sensación de que ella no había aparecido por casualidad.

Cuando la vi entrar en la sala común en Solace, me paralicé. Al principio, pensé que no era real. Que era fruto de mi imaginación, provocada por la desesperación. Pero no. Allí estaba ella.

Con su sonrisa de siempre, los hoyuelos marcados, y esa forma de mirarme….

Como si solo existiera yo.



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En el texto hay: novelajuvenil, destino, amor

Editado: 09.08.2026

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