Cuando casi lo fuimos todo

11

Agarro la bufanda que tenía atada en las asas del bolso y me la acomodo en la garganta. Hace frío. Luverna de noche es helada. El río acentúa la humedad, y en invierno esa humedad se clava como agujas.

—Bien —le miro fijamente—. Ya me has visto. Puedes irte antes de volver a arrepentirte.

Se queda mirándome, perplejo ante la dureza de mis palabras. No dice nada. Niego con la cabeza y me doy la vuelta, decidida a seguir mi camino.

—Len…, por favor —dice. Apenas un susurro. Camina detrás de mí.

Me giro en seco, furiosa. Casi se choca contra mi.

—No me llames así —escupo las palabras, cargadas de rabia.

Su expresión cambia. De sorpresa a… ¿Culpa?

—¿Por qué? —balbucea.

—Porque… Porque no —me vuelvo a girar, decidida a alejarme de nuevo.

Pero él no se rinde. Camina tras de mí, me alcanza y me agarra de la mano, obligándome a frenar.

—Eso no es una respuesta… —susurra—. Sí de verdad te molesta que te llame así, no lo haré jamás.

Me quedo quieta, de espaldas a él.

—No estás tú para hablar sobre respuestas —digo.

—Es cierto. No soy el más indicado. Pero tú eres más sincera que yo. Respóndeme. ¿Te molesta? —Su voz es suave, y entrelaza sus dedos con los míos. Yo no me doy la vuelta.

Suspiro hondo. Me giro despacio, hasta quedar frente a él. No suelto su mano. No quiero soltarla. Pero empiezo a pensar que estoy perdiendo la cabeza.

—Me gusta que me llames así —miro directo a sus ojos—. Me gusta porque siento que es algo solo nuestro. Desde la primera vez que lo hiciste, algo me recorrió el cuerpo. Como si toda nuestra conexión se hubiese concentrado en ese momento. Y ahora, cada vez que lo haces, siento que soy un poco tuya. Aunque tus actos digan lo contrario.

No dice nada. Solo me mira, atento, en silencio. Luego tira suavemente de mi brazo y me estrecha contra él, abrazándome. Me quedo quieta, sin aliento, como siempre que estoy cerca de él. Me envuelve, acariciando mi espalda, y yo, sin pensarlo, paso los brazos por su cintura y me pego más a su cuerpo. Apoyo la cabeza en su pecho. Y por primera vez, en todas las largas horas desde que nos besamos, vuelvo a sentirme en paz.

—¿Te interesa la vida amorosa de Lucas? —pregunta, sin aflojar el abrazo.

No puedo evitar sonreír. Sabía que le había molestado cuando entró y oyó de qué hablábamos. O al menos, le picó. Sí, definitivamente: celos.

—¿Debería importarme? —susurro, con los ojos cerrados.

—¿Qué? —alza la voz, y me toma por los hombros, separándome un poco para mirarme. Su mirada busca en la mía alguna respuesta, una señal, cualquier cosa. Intento mantenerme firme, no ceder. No tan pronto.

—Qué… —repito, escupiendo la palabra—. Dime tú si debería importarme.

—¿Yo? —responde, desconcertado.

—Claro —me separo de él por completo. Meto las manos en los bolsillos del abrigo y escondo la boca tras la bufanda—. Sí vas a seguir arrepintiéndote de estar conmigo, huyendo, haciendo todas esas cosas raras que haces…, pues quizás debería interesarme la vida amorosa de Lucas o de cualquiera.

Su cara lo dice todo. Se queda quieto, sin decir una palabra, sin apartar la vista de mí.

—En fin… Respuesta captada —murmuro, poniendo los ojos en blanco. Me doy la vuelta y empiezo a caminar, soltando en voz alta—: Vía libre para Lucas.

—Ni de puta coña, Len. Ni de puta coña —responde, más alto de lo necesario.

Me detengo en seco. Giro medio cuerpo para mirarlo.

—¿Perdona? —levanto una ceja—. ¿Decías algo?

Me observa como si no entendiera nada. Pero entonces camina hacia mí. Y lo hace con una mezcla de miedo y decisión. ¿Miedo a qué? ¿A perderme…, o a perderse?

No dice ni una palabra. Solo se planta frente a mí, me toma por la cintura con una mano, y con la otra me acaricia el cuello. Me aprisiona contra él y su boca se funde con la mía.

Al principio, el beso es suave, casi temeroso. Busca su lugar en mis labios, tanteando el terreno. Pero en cuanto mi mano roza su mejilla, todo se desborda. Su boca se vuelve urgente, intensa, como si necesitara recordarme —o recordarse a sí mismo— que me necesita. Como si este fuera su último intento. Su última oportunidad.

Y yo, que juré no ceder, me dejo besar por el mismo que, hace apenas unas horas, se arrepintió de hacerlo.

Definitivamente, estoy perdiendo la cabeza.

Le devuelvo el beso como si me fuera la vida en ello. Como si mis labios también se hubieran cansado de luchar contra mis propias ganas.

Pero entonces se detiene. No se separa del todo, solo apoya su frente en la mía. Sus dedos tiemblan un poco en mi cintura, pero no me suelta.

—Me prometí no volver a repetir esto… —murmura con la voz apagada.

—Entonces, ¿por qué lo haces? —respondo, casi sin pensarlo.

—Porque no puedo evitarlo. Te necesito. Y sé que no debo necesitarte —su voz es apenas un susurro, cargado de culpa.



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En el texto hay: novelajuvenil, destino, amor

Editado: 09.08.2026

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