Cuando casi lo fuimos todo

12

Han pasado semanas.

No sé cuántas. Y sinceramente, ya no quiero contarlas.

Tras aquella noche, la primera semana fue un maldito agujero negro. Desapareció. Ni un mensaje, ni una señal. Solo ese silencio tan estruendoso que todo lo arrasa por dentro. Dormí poco. Comí mal. Me arrastré por los días como si fuera otra persona, como si pudiera fingir que no me estaba rompiendo por dentro.

Después llegaron los mensajes.

Breves. Fríos. Repletos de excusas disfrazadas de justificaciones: que no se sentía bien, que tenía asuntos que resolver, que necesitaba tiempo… Palabras que no decían nada, pero que yo releía una y otra vez, intentando encontrar en ellas algo que me dijera que no me había inventado lo nuestro. Que no lo había perdido. Que él no se había perdido, no del todo.

En los pocos días que ha vuelto a aparecer por Solace, apenas hemos cruzado miradas. Ha sido como si se empeñara en borrarse de mi mundo sin desaparecer por completo. Siempre ocupado. Siempre rodeado de pacientes. Siempre saliendo justo cuando yo entraba. Sin duda, ha estado esquivándome, como si hablar conmigo fuera peligroso.

Y quizás lo es.

Quizás me ha puesto en esa categoría de “mejor no tocar”, eso sí, justo después de haberme rozado el alma con los dedos.

No hemos vuelto a estar a solas desde aquella noche. Y eso duele… Mucho más de lo que debería. Más de lo que quiero admitir.

Durante este tiempo, me he obligado a seguir. He hecho hasta lo imposible por no buscarlo. Por no escribirle. Por no romper la barrera que él mismo levantó entre los dos. He querido respetarlo, quizás para no ahuyentarlo más. Y aunque al principio sus mensajes eran solo eso —excusas que dolían como una despedida—, con el tiempo, con los días algo cambió.

Comenzamos a hablarnos.

Diferente.

Con cautela.

Y entre conversaciones contenidas que parecían no decir nada, nos fuimos colando en las grietas del otro: él con sus miedos, yo con los míos.

A veces, su ternura dolía más que el silencio.

Otras, su tristeza tan parecida a la mía me hacía querer abrazarlo sin preguntas.

La única certeza de todo esto es que él no sabe quedarse, pero tampoco quiere irse.

Y yo…

Yo me estoy quedando en ese lugar intermedio, donde no hay promesas. Solo silencios que pesan.

Donde no hay respuestas, solo gestos.

Donde una parte de mí sigue esperando, aunque no quiera.

Y otra, muy en el fondo, empieza a preguntarse cuánto más puede sostener sin romperse.

Hoy es uno de esos días. No porque haya pasado algo, sino porque todo sigue igual.

La luz de la mañana ya se cuela por la ventana, pálida y sin consuelo, como si viniera solo a recordarme lo lejos que todo parece ahora. Me incorporo despacio, con el cuerpo rendido tras una noche en la que no he descansado, solo he flotado entre pensamientos. Mientras me visto, la imagen de Zane aparece, imparable, como una sombra persistente. Me veo a mí misma tomando su mano, sintiendo ese roce cálido que ahora solo deja un vacío helado.

No puedo seguir así. Me obligo a concentrarme en el sabor del café recién hecho, en las páginas del libro que lleva días esperándome, pero nada logra engancharme. Así que recojo mis cosas. Salgo y rompo el bucle.

Solace esperaba.

Al llegar al refugio, siento alivio, y también un recordatorio de lo que tengo que hacer: ayudar a los demás. Hay algo en la rutina que siempre me calma, así que voy a aprovecharme de ello.

Tras dejar mis cosas en la taquilla y saludar a algunos de mis compañeros en la sala de reuniones entro a la sala común, donde Elías ya me estaba esperando.

Durante estas semanas he ido conociendo más a fondo a quienes forman parte de este lugar: Quique con su saber estar, siempre intentando que me sienta cómoda; Guille con su humor contagioso; y Nadia, que tiene una calma que a veces envidio. Con ellos, y con el resto del grupo que poco a poco hemos ido formando, he compartido risas, silencios y también el esfuerzo de aparentar que estoy bien.

Pero hoy, por más que he intentado mantener la fachada, algo en mí ha debido de delatarme. Elías me ha mirado con esa atención suya que no necesita palabras.

Me observa con sus ojos cansados, pero llenos de sabiduría.

—¿Cómo estás hoy, Lena? —pregunta con voz suave, como si ya supiera la respuesta.

Intento no desmoronarme. No aquí.

—Bien, no me quejo —respondo, bajando la mirada.

—Suena mal —murmura. No sé si para mí o para sí mismo.

Le sostengo la mirada, pero luego la desvío hacia el jardín, buscando refugio entre los árboles.

—Creo que hoy necesitas tú más que yo que el árbol te reconforte. ¿No crees?

Asiento con una sonrisa desganada.

—¿Por qué lo sabes? —pregunto.

—Tus ojos… Son más claros que el agua. No puedes ocultar lo que sientes. Y llevan semanas vacíos, Lena. Tristes.



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En el texto hay: novelajuvenil, destino, amor

Editado: 09.08.2026

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