Cuando casi lo fuimos todo

13

Los viernes en Solace tienen un ritmo distinto. Las mañanas se sienten más suaves, como si el aire mismo supiera que el fin de semana está cerca. Las horas parecen alargarse, y todo fluye con una serenidad que se me hace extraña. Camino por el pasillo con un café entre manos, dejándome llevar por el murmullo tranquilo de los compañeros que charlan en la sala común con los pacientes que se encuentran allí.

—Hoy no se trabaja después de comer, ¿no? —pregunto mientras me acerco a Bruno, que hojea un informe con cara de estar en otro mundo.

—Correcto. Viernes light. Incluso Elías me ha dicho que no va a hacerme pensar mucho hoy —bromea.

—¿A ti también te da lecciones de vida?

—A mí me sermonea —ríe—. Pero lo hace con cariño, creo.

Sonrío ante su tono juguetón. A pesar de que la jornada no parece ser tan intensa, hay algo en mi interior que no termina de calmarse. Un remolino de pensamientos, de recuerdos recientes, que se entrelazan de formas que no logro comprender.

Antes del mediodía, termino unas tareas pendientes, tomo un té con Olivia—que estaba más habladora de lo habitual— y después recojo mi bolso para salir. Podría decirse que el día está como yo, que no sabe qué hacer, nublado. Sin embargo, es suave, acogedor.

Salgo de Solace con paso lento. Necesito saborear el aire libre tras esta semana de sucesos “inesperados”, podríamos decir. El cielo sigue cubierto, como un lienzo gris claro que no sabe si va a romper en lluvia o simplemente a envolver la ciudad en una calma más espesa.

No hay más de cinco minutos hasta el bar donde he quedado con Carlota. Camino por calles que ya me son familiares, con escaparates de flores y panaderías que despiden olores reconfortantes. Todo a mi alrededor parece tranquilo, casi como si el mundo me estuviera dando un descanso antes de lo que sea que venga después.

Cuando llego al restaurante, Carlota ya me espera en una mesa pegada a la ventana, moviendo el móvil entre las manos con esa energía nerviosa que siempre parece acompañarla.

—Oye, tú —me saluda, haciéndome una mueca que parece más un reproche que una bienvenida—. Pensaba que me ibas a dejar plantada.

—Exagerada. Eso, nunca —sonrío, sentándome frente a ella.

—Te has ganado el sueldo hoy, ¿no? ¿Viernes intensito?

—En realidad, viernes light. Solace se relaja los viernes. Es como…, respirar más lento. Supongo que para entrar con buen pie en el finde.

Carlota chasquea los dedos para llamar la atención del camarero. Nos toma nota: una hamburguesa con bacon para mí y una hamburguesa vegetariana para Carlota, que se justifica con un “mi cuerpo pide algo contundente”.

El camarero se aleja y Carlota entrelaza los dedos sobre la mesa, con una ceja levantada.

—Bueno… ¿Qué? ¿Es ya el momento de que me cuentes qué es lo que te ronda por la cabeza que te hace estar con el ceño fruncido? —me pregunta sin rodeos.

Abro los ojos como platos y, automáticamente, cojo mi Coca-Cola y doy un sorbo largo, buscando el valor para responder.

—He conocido a alguien —digo, sin más.

Carlota levanta una ceja, desafiandome con la mirada.

—¿Alguien del trabajo?

—Podría decirse…

Pero antes de que Carlota continue con la interrogante, el camarero llega con nuestros platos. Me quedo en silencio mientras él deja la comida sobre la mesa. Carlota no pierde la oportunidad de dar un bocado de su hamburguesa mientras habla con la boca llena.

—Te lo dije. Este trabajo te traería todo aquello que estabas esperando, Lena —me dice mientras mastica, sin dejar de observarme, como si esperara alguna reacción.

—Relaja… —susurro—. Nunca busqué conocer a nadie, eso ya lo sabes. No soy ese tipo de chica que busca el amor como estilo de vida. Estoy bien sola.

Me observa durante un largo minuto, como si intentara leerme entre líneas, y luego, finalmente, sentencia:

—Pero estarías mejor con él.

Suspiro, como si la gravedad de sus palabras fuera más pesada de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Es complicado, Carlota. Mucho más de lo que pueda llegar a entender.

No insiste más. Creo que, en realidad, sabe que necesito mi espacio para procesar lo que me está pasando. Empezamos a hablar de la tienda, de su nuevo “rollo” con un chico que había conocido en su barrio. Sus historias, que nunca dejaban de ser un cóctel de absurdos y curiosidades, consiguen que me distraiga un poco. Carlota tiene esa capacidad de hacerme olvidar, incluso si solo fuera por unos minutos.

Pero justo en ese momento, mi móvil vibra sobre la mesa. Desbloqueo la pantalla. Zane.

—Sé que no debería escribirte. Lo intento, de verdad. Pero no dejo de pensar en ti. ¿Estás bien?”

Dejó el teléfono boca abajo, intentando calmar el ajetreo que acaba de desbordarme. Después de días sin señales, vuelve como siempre: con dudas, con miedos, pero también con esa forma suya de preguntar como si le doliera no saber de mí.

—¿Es él? —pregunta Carlota, con un tono de curiosidad.



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En el texto hay: novelajuvenil, destino, amor

Editado: 09.08.2026

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