El trayecto en coche fue una mezcla de risas y música, con Olivia al volante y Nadia sentada a su lado. El aire fresco de la mañana se filtraba por las ventanillas mientras nos adentrábamos en un paisaje que se volvía cada vez más salvaje y precioso. Luverna se quedaba atrás, pero el verde de los campos y los árboles altos se intensificaba conforme nos acercábamos al camping.
Las calles de la ciudad ya se habían desvanecido, y lo que nos rodeaba ahora era pura naturaleza. Los colores del invierno dominaban el paisaje: la niebla matutina que apenas dejaba ver el cielo gris, los pinos que se alzaban como sombras de gigante, y el aire fresco que cortaba como una caricia fría sobre la piel. La tierra estaba húmeda, el aroma a bosque nos envolvía y, a pesar del cielo nublado, el día parecía prometedor.
Cuando llegamos, el camping era aún más impresionante de lo que imaginaba. Estaba situado a orillas de un pequeño lago, con el agua tan quieta que reflejaba perfectamente el paisaje de alrededor. Las cabañas de madera, dispersas pero perfectamente integradas en la naturaleza, daban la sensación de estar lejos de todo, como si fuéramos los únicos habitantes de ese rincón del mundo.
El camping estaba vacío, tal y como nos había comentado ayer Bruno, la mayoría de la gente lo visitaba en verano. Bruno nos recibe, con su energía característicamente alegre, y después de unas bromas y risas, nos instalamos en el área común cerca de la fogata. El fuego crepita, y varios troncos forman un círculo alrededor del fuego, donde ya se encuentran sentados los demás.
Aunque la mañana está nublada, la lluvia nos respeta por ahora, lo cual es un alivio. El aire frío contrasta con el calor que nos proporciona la fogata. Nadia y Olivia parecen contentas de estar aquí, aunque como han dicho en el trayecto, les hubiera gustado poder disfrutar este día acompañadas de sus respectivas parejas. Sin embargo, Marcos —el único con pareja de todos los chicos— se ha traído a su pareja, Marta. Las chicas ya la conocían, así que tras una presentación rápida ya hemos intercambiado varias palabras.
Sin duda, soy la novedad. No solo por ser la chica nueva del grupo, sino también por no tener pareja. Ninguno de mis compañeros me conocía realmente, y eso, en determinados momentos me pone nerviosa. No quiero meter la pata con ninguno de ellos. Por primera vez en mucho tiempo siento que estoy encajando, encontrando mi lugar. Me siento a gusto con ellos y me lo ponen bastante fácil. Todos son muy abiertos e intentan hacerme sentir cómoda, me incorporan en las conversaciones y siempre me tienen presente en cualquier actividad que organizan.
Sin embargo, desde que puse el primer pie en Solace he sentido las miradas de ellos deslizándose en mi dirección intentando captar mi atención. En otro momento de mi vida, me sentiría orgullosa de ello, y estaría contenta porque todos intentaran captar mi atención, sin embargo…, desde que Zane apareció, no tengo ojos para nadie que no sea él.
Las horas pasan entre bromas y carcajadas. Quique, con su actitud relajada, a veces me lanza preguntas sobre mi vida, como si quisiera conocerme más allá de la superficie. Pero no insiste, ninguno lo hace. El grupo tiene una energía liviana que arrastra. Conversaciones, chistes tontos, planes sin importancia. Y, por un rato, todo lo demás parece pesar menos.
Alrededor de la hora de la comida, mientras Marcos y Lucas se encargan de preparar la barbacoa y Guille, Quique y yo preparamos diferentes aperitivos, un coche aparece en la entrada del camping, levantando una nube de polvo en la carretera. Sin poder remediarlo, un nudo se me forma en el estómago, y tras ver la silueta del conductor en la ventanilla, no hay duda: Zane.
Siento un cosquilleo por todo mi cuerpo, como si la conexión que tenemos rebosara por cada poro de mi piel. Está aquí. Ha venido. Es un paso, me digo para reconfortarme.
Zane se baja del coche y pregunta a Bruno si puede dejarlo ahí. Después de aparcar, se une al grupo saludando de forma general, pero sin mirarme. Su indiferencia me atraviesa como un rayo, dejándome quieta, bloqueada, rota en dos. No siento que el ambiente con los demás haya cambiado, siento que he cambiado yo desde su llegada. Su presencia me ha puesto tensa, con los sentidos alerta, temiendo que alguien diga algo sobre mí que pueda distorsionar su percepción. La alarma no deja de sonar en mi cabeza. No quiero perderlo. No puedo perderlo. Y es ahí, en ese instante absurdo y doloroso, donde me estrello de frente contra mi realidad: le necesito.
Nos sentamos en una mesa que hemos dispuesto junto a la fogata. Lucas saca unas mantas y nos las ofrece para taparnos las piernas. Una vez lista la mesa, las charlas triviales se cuelan entre nosotros y empezamos a comer. Marcos se encarga de sacar diferentes carnes de la barbacoa, que vamos repartiendo en los platos.
Zane sigue manteniendo la distancia. Desde que cruzamos un simple “hola” al llegar, no ha vuelto a decirme nada. Aunque sí, hemos cruzado miradas. Pero él se ha sentado lejos, demasiado lejos para mí. Así que, en un acto de estupidez estratégica, me siento junto a Lucas. Soy ¿idiota? Sí.
Pero necesito urgentemente llamar su atención.
Diría que fue un instante fugaz, pero he visto cómo Zane fruncía el ceño y se tensaba.
—Me encanta este lugar, Bruno. Qué suerte tienes —comenta Nadia.
—Ya ves, ¿vienes a menudo? —pregunta Guille.
—Suelo ayudar a mis padres en el mantenimiento los fines de semana. En verano hay mucho más jaleo. Ya sabéis, temporada alta —responde mientras sigue comiendo.