Cuando casi lo fuimos todo

15

El grupo avanza por el sendero. Las ramas crujen bajo las botas y el aire huele a tierra húmeda y pino. Nuestras risas se mezclan con comentarios sobre lo bonito que está todo y sobre lo bien que sienta desconectar. Intercambio conversaciones con todos: sobre el ambiente que nos rodea, lo cómoda que me he sentido con todos ellos desde el primer día que les conocí, el trabajo en Solace, cómo he conseguido que Cintia se ría, sobre mi amiga Carlota —que en realidad todos conocen, ya que su tienda es una de las más conocidas del pueblo— y que suelo utilizar el Umbral del café para despejarme en mis días malos.

Zane camina un poco más atrás, como suele hacer, observando. Y aunque desde que salimos de la cocina no ha vuelto a decir nada más, sus palabras siguen caminando conmigo: “Si pudiera elegir a alguien a quien no querer, te juro que te elegiría a tí”.

No sé qué se supone que tengo que hacer con eso. Con él. Con lo que yo siento.

Pero ahora, al menos en este momento, no quiero pensar. Solo avanzar. Aunque con Zane, avanzar sin pensar es casi imposible.

En un momento en el que todos estamos un poco dispersos haciendo fotos y observando todo lo que nos rodea, Zane se coloca a mi lado.

—Me alegra que te lleves tan bien con todos —dice, casi como si no fuera importante.

Lo miro de reojo, sonriendo levemente. Aún me molesta lo que ha dicho, pero no quiero más dramas hoy. O no por ahora.

—Son buena gente. Con ellos todo es…, fácil.

Asiente, clavando la mirada en el suelo, pero hay una leve curva en la comisura de sus labios. Como si eso le aliviara, como si le gustara que ellos me lo pongan fácil.

—Me alegra, que así sea. Que, por lo menos, alguien te haga la vida fácil, como tú dices —murmura.

Se me encoge un poco el pecho. Porque aunque las palabras son sencillas, su voz tiene esa calidez que aparece cuando deja de resistirse. Una tregua.

—Tú también podrías ponérmelo fácil. Ponérnoslo, a ambos —susurro, mientras me agacho a hacer una foto a una flor naranja y rosa que me encuentro en la ladera.

Se agacha a mi lado y, cuando termino de hacer la foto, la arranca y me la ofrece. Nos miramos y sonreímos levemente. El grupo está un poco lejos para poder vernos, y eso me tranquiliza, porque sé que eso hará que él no se incomode ni tome distancia.

Al coger la flor, rozo su mano con toda la intención del mundo. Instintivamente él me la agarra y tira de mí. Ambos nos ponemos de pie y nos quedamos pegados uno frente al otro.

—Creeme que nada me gustaría más en el mundo que todo fuera más fácil, Len… —me dice, pasándome el pelo detrás de la oreja.

—Explícame por qué no puede ser fácil. Si no tienes novia, no entiendo que te impide estar conmigo —le miro, encogiéndome de hombros.

Niega con la cabeza y se recoloca la ropa, pero es más bien un gesto de frustración. Puedo ver en sus gestos y su mirada que se debate entre soltar lo que piensa y, a la vez, en cómo se traga cada uno de sus pensamientos.

—No puedo. Quiero. De verdad, quiero explicártelo. Pero no puedo —escupe cada palabra con amargura.

Empezamos a andar de nuevo mientras el silencio nos consume a ambos. Ese silencio que se ha vuelto tan costumbre entre nuestras conversaciones, que dice más de lo que calla.

Al pasar junto a un pequeño claro, Olivia nos llama haciendo gestos con los brazos. Zane toma distancia, acelera el paso y se reúne junto a Quique y Bruno, que señalan hacia una montaña que nos queda a la derecha.

Respiro hondo, y sigo andando.

¿No puede decírmelo o…, no quiere decirmelo?

Niego con la cabeza y acelero el paso para agarrarme del brazo de Olivia.

La caminata avanza tranquila, entre bromas, risas y el crujido de las ramas secas bajo los pies. El bosque huele a verde y a madera.

Camino junto a Olivia y Nadia. Esta nos cuenta una anécdota que tuvo una vez en una caminata con los padres de su novia. Las tres reímos y se unen Lucas y Guille, curiosos por la historia.

Zane va unos pasos más atrás, como siempre, junto con Bruno, que le está contando una leyenda sobre el lago. Sin embargo, cruzamos diferentes miradas en el trayecto. A veces levanta la ceja cuando alguien cuenta alguna tontería mientras me mira, y otras frunce el ceño cuando Quique se me acerca demasiado interesado por mi vida.

Cuando llegamos al lago, nos sentamos en unas piedras que rodean la orilla. Zane aprovecha para sentarse a mi lado. Nos mantenemos en silencio la mayoría del tiempo a pesar de pegar nuestros brazos y sentirnos juntos. En un momento, mientras los demás hablan de qué cenar esta noche y las cosas que tenemos que preparar para la próxima vez, Zane me dice:

—No sé a quién le gustas más de todos —murmura, sin mirarme.

Suelto una leve carcajada y niego con la cabeza.

—¿Si? Me da igual, sinceramente.

Él se permite una sonrisa fugaz.

Nuestras miradas se cruzan. Solo un segundo. Pero es suficiente para que todo lo no dicho vuelva a colarse entre nosotros.

—¿Te gusto a ti? —pregunto, como si no importara, pero con un deje de desafío.



#4767 en Novela romántica
#269 en Joven Adulto

En el texto hay: novelajuvenil, destino, amor

Editado: 09.08.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.