Zane
La veo alejarse. Hecha una furia.
Y yo…, me quedo aquí, inmóvil, tragándome las palabras que no he dicho. Respiro hondo, conteniéndome.
Niego con la cabeza, sintiendo cómo la rabia me sube por la garganta, ardiéndome. Me obligo a montarme en el coche antes de hacer la mayor estupidez de mi vida. Antes de tomar una decisión de la que sé –joder, sé– que me arrepentiré dentro de unas horas.
Cierro la puerta de un portazo. Aprieto el volante con todas mis fuerzas, aferrándome a él como si la vida se me fuera en ello. Apoyo la frente contra él, intentando controlar esta respiración de mierda que parece querer ahogarme.
¿Por qué cojones todo tiene que ser así?
¿Por qué cojones tengo que ser así?
Suelto todo el aire en un resoplido violento. Golpeo el volante con ambas manos, una, dos, tres veces. Como si me diera de hostias a mi mismo. Como si pudiera callar la voz que no para de gritarme por dentro. Maldita sea.
Arranco el coche antes de dejarme llevar por ese impulso de bajarme y correr hacia ella.
No debo.
NO DEBO.
Salgo a toda velocidad, y me mantengo firme en la carretera. El bosque me traga, me rodea, y en cada sombra veo su silueta alejándose. Lo que acabo de perder, otra vez. Como todas las veces que me he largado de su lado, cobarde, sin una sola explicación.
No debería haber venido. Lo sabía desde el momento en el que acepté esa maldita invitación. Sabía que lo único que iba a hacer era añadir otro puto problema a mi colección desde que la conocí.
Definitivamente, soy imbécil.
He mentido. Les dije que tenía trabajo. Apagué el móvil para que no pudieran localizarme. Y lo peor…, es que no me pesa. Porque en el instante en que bajé del coche y la vi allí…, supe que estaba en el lugar correcto. Y, como siempre que estoy con ella, me olvidé de todo. De todo lo que me han enseñado. De todo lo que se supone que debo ser. De las reglas. De las normas.
Ese muro invisible que me mantiene atado a ellos. A este sistema. A mi gente. A ese mundo que no sabe de amor, ni de miradas como las suyas. Y, joder…
He vuelto a romperlo todo.
Sus voces retumban en mi cabeza. Me las sé de memoria. Como una letanía que me tatuaron a fuego. Me enseñaron a no mirar atrás. A borrar todo lo que amenazara con hacerme humano. Desear es debilidad. Apegarse es egoísmo. Nadie te pertenece, ni tú mismo.
Yo creo en ello.
Creo en ello.
Suspiro lentamente con la mirada fija en la carretera. Doy un golpe seco en el volante, maldiciendo cada kilómetro que me separa de ella.
Creo en ello, lo sé.
Pero entonces llegó ella…, y lo jodió todo. Con una sola mirada deshizo años de obediencia y con un roce mínimo, me recordó que estoy vivo.