Cuando casi lo fuimos todo

17

Lena

Cierro la puerta del coche tras despedirme de Olivia y Nadia. Frente a la entrada de casa me siento completamente perdida. Ha sido una noche muy complicada, tensa. Frustrante.

Pensé, por un momento, que esta vez sería diferente. Que su presencia allí significaba algo. Que quizá, al fin, podríamos avanzar. Pero no. Como siempre, decidió largarse. Sin darme ningún tipo de explicación. Dejándome hecha pedazos, con mil preguntas que nadie va a responder. Como acostumbra a hacer cada vez que aparece en mi camino.

Me detengo ante la puerta de casa. Si supiera dónde vive, dónde puedo encontrarlo iría sin pensarlo. Sí, he sido yo la que le ha dicho que se largue de mi vida si no quiere quedarse. Pero…, ¿y si no sabe cómo quedarse? Podría contactar con él, pero me daría evasivas. Joder.

Abro la puerta y entro.

Saco la ropa del saco que llevé al camping y la dejo caer al lado de la lavadora. Voy al baño, cojo el cesto de la ropa sucia y vuelvo a la cocina. Poner una lavadora parece ser lo único que ahora mismo puedo controlar. Me concentro en separar camisetas, en el sonido de los botones al caer dentro del tambor, en el leve golpe del cierre.

Pero mi mente vuelve una y otra vez a cada momento pasado junto a Zane en el camping.

No entiendo en qué momento se torció el día. Fuimos acercándonos poco a poco, compartiendo conversaciones íntimas, miradas que decían demasiado, incluso nuestras manos volvieron a rozarse fugazmente. Por un momento, todo pareció volverse fácil…, hasta que dejó de serlo. Hasta que decidió marcharse. Otra vez.

¿Cómo puede ser así? ¿Cómo es capaz de romperlo todo cuando empieza a tener sentido?

Siento que la rabia y la frustración me consumen. He intentado despejarme limpiando la casa, dándome una ducha larga mientras escucho música para que mi mente no volviera a él. He intentado distraerme viendo la serie que tengo a medias. Nada ha funcionado. Mi cabeza ha entrado en bucle.

He perdido la cuenta de las veces que he revisado la pantalla del móvil, que he entrado en Whatsapp para ver su estado como “desconectado”. Me he maldecido por no parar de sobrepensar y de suplicar que por favor, me hable.

Estoy harta. De él. De mí. De todo esto. Incluso de nosotros cuando estamos bien, porque me destroza cada vez que todo vuelve a romperse.

Salgo de casa apresurada, con un libro en la mano. Me dirijo directa a El Umbral del Café. Necesito que ese lugar me reconforte. Que me alivie. Que me cure.

Nada más entrar, el aroma de la madera, de los libros envejecidos y café recién hecho me envuelve, dándome una pausa de mí misma.

Mi sitio no está ocupado por nadie, por lo que voy directa hacia él. Dejo el libro sobre la mesa y me siento, dejando que mi mirada se pierda por la ventana.

—Creo que hoy estás más perdida que nunca —suelta Mina a mi lado.

Sonrío de medio lado y me giro para mirarla. Siempre va acompañada de una gran sonrisa, que en momentos como hoy, me reconfortan. Me encojo de hombros, porque no sé si estoy perdida o destruida. O ambas cosas.

—No sabría que decirte, Mina —respondo con una sonrisa cansada, mientras niego con la cabeza.

Ella se da la vuelta y va hacia la barra. Está preparando algo, así que, como un reflejo, reviso una vez más el móvil. Nada. Sigue sin haber nada. Se lo ha tomado en serio lo de largarse de mi vida. Aunque…, yo todavía no se si lo decía en serio o era parte de la rabia que tenía acumulada al ver que desaparecía otra vez de mi vida.

Le odio.

De pronto, Mina regresa y se sienta a mi lado, dejando sobre la mesa un moccachino.

—He pensado que para iniciar una conversación, probablemente incómoda, es mejor acompañarla de algo que te agrade —comenta como si nada.

—Gracias, Mina. No sabes cuánto lo necesito —apoyo mi cabeza en su hombro.

—¿El qué necesitas exactamente, Lena? —acaricia mi pelo con lentitud. Su gesto se parece al de una madre que intenta calmar a su hija cuando todo le supera. Y sí, claramente, a mi todo esto me supera. Zane me supera.

Me encojo de hombros, suspirando con fuerza. Presiento cómo las lágrimas amenazan con salir e intento controlar la respiración en un intento vano por contener el momento lo máximo posible.

—Estoy aquí. Desde hace mucho tiempo sé que te gusta venir a este lugar. Los libros y el café te dan la calma que necesitas. Te cuidan, aunque tú apenas seas consciente en gran medida de ello. Pero también sé que, a veces, vienes aquí cuando no consigues estar en paz contigo misma —dice, con voz queda—. Creo que hoy no sabes dónde ir. Y sin embargo, has aparecido aquí. Huyendo de todo. Huyendo de ti.

Mis lágrimas salen como quien abre las compuertas de un embalse que está a rebosar. Y realmente, así me siento. Siento que mi cuerpo estaba al límite. Que no podía abarcar mucho más de lo que ya tenía. Y sus palabras me han dado de lleno.

—Debería estar feliz, Mina. Debería serlo —murmuro—. Estoy donde siempre soñé estar. Aquí, en Luverna. Con el trabajo que siempre he querido. Con amigos que me quieren, que se preocupan. Con compañeros que me hacen cómplice de sus conversaciones, que están pendientes de mí, que me invitan a salir, que me buscan para compartir momentos.



#4767 en Novela romántica
#269 en Joven Adulto

En el texto hay: novelajuvenil, destino, amor

Editado: 09.08.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.