Cuando casi lo fuimos todo

18

Los días de esta semana han sido como vivir dentro de un silencio que no se rompe con nada. Una rutina muda que pesa más de lo que debería.

Ni un puñetero mensaje. Por supuesto, sigue en desconectado. Y su aparición en Solace es como el que espera la lluvia en plena sequía: inútil y decepcionante.

Me he dedicado a hacer lo que mejor se me da: disimular. Asentir y sonreír. Fingir que todo sigue igual mientras me siento completamente rota.

—¡Lena! —me llama Bruno desde el pasillo.

—Hola, Bruno —saludo, girándome y esperándolo.

—¿Cómo estás? Hoy tengo que irme antes, tengo que gestionar unas cosas. Como tú también tienes a Gloria como paciente, y creo que aún no has empezado con ella, ¿te importa pasarte hoy a verla? Simplemente charlar sobre lo que sea, es para que no se quede sola esta tarde. Ya he hablado con Nadia, y ella te cubrirá con Cintia —dice con tono preocupado—. Espero que no te moleste que lo haya organizado ya sin decirte antes nada. Es que me ha surgido algo y quería dejarlo todo listo.

—No te preocupes. Por mí no hay problema —le sonrío.

—Gracias, Lena —se aleja, despidiéndose con la mano—. ¡Oye! Prepárate con Gloria: te leerá antes de que puedas hablar.

Niego con la cabeza, sonriendo. ¿A qué se refiere exactamente?

Entro en la sala de reuniones, dispuesta a hacerme un café, pero Olivia ya me lo tenía preparado. Prácticamente llevamos toda la semana entrando en esta sala a la misma hora, así que supongo que ya esperaba mi presencia.

—Gracias, ya sabías que venía —suelto una risita.

—No esperaba que me dejaras sola y abatida aquí —ríe conmigo.

—¿Qué tal vas? —le digo.

—Cansada. Solo quiero que llegue ya mañana y salir al medio día. No hemos planeado nada aún para este finde. Qué aburrimiento. Nadie ha dicho nada aún y yo no sé que organizar.

Quique entra de sopetón en la sala, se sienta en una silla a mi lado y apoya la frente en la mesa. Ambas nos quedamos quietas, sorprendidas. No decimos nada.

—Todavía es jueves, ¿verdad? —suelta con amargura.

Ambas reímos.

—Joder Quique…, de aquí al teatro. Menudo drama en un segundo —suelta Olivia.

—Sí, todavía es jueves —digo con pesar, dándole unas palmaditas en la espalda a modo de apoyo.

Pasa los brazos por la mesa, los apoya debajo de su cabeza y me mira.

—Que mierda de semana. En serio. Se me está haciendo cuesta arriba, siento que todos los días son lunes —suelta.

La puerta se vuelve a abrir y entra Lucas, rebosante de alegría.

—¡Vamos chavales! ¡Ya es jueves! —alza la voz.

Los tres nos giramos para mirarle con mala cara.

—Eh, eh…, cuidadito con esas caras… Me vais a pegar la negatividad —se pega a la pared y nos hace una cruz con los dedos, como el que repele algo malo.

Todos reímos. Es inevitable no hacerlo. Él y su energía interminable.

—Este fin de semana, ¿qué? —pregunta Olivia.

—¿Qué de qué? —dice Quique.

Ella enarca una ceja y le mira con mala cara.

—Yo no he dicho nada aún porque no sé si iré a comer a casa de mis abuelos, y no quiero montar plan para luego no ir. Me da rabia perderme las cosas —dice Lucas mientras se sirve café.

—O sea, que por egoísta te has callado —suelto sin pensar.

Los tres se ríen con ganas.

—Exactamente —afirma Lucas, aún riendo.

—No pensamos hacer nada, ¿no? —pregunta Olivia, bebiendo de su taza.

—Deberíamos. O mejor dicho, lo necesitamos. Sacadme de esta cárcel de rutina… apiadaos de mí. Ni siquiera puedo pensar ya —dice con amargura Quique, mientras vuelve a enterrar la cara entre sus brazos.

La coordinadora y Marcos entran en la sala. Hablan sobre un paciente que yo no llevo. Sus caras de preocupación reflejan que algo no está del todo bien. Nosotros seguimos hablando, pero bajamos la voz para no molestar. Tras intercambiarse unos papeles y darle ella un apretón en el brazo a Marcos, como gesto de apoyo, se despide de nosotros y cierra la puerta.

—¿Todo bien? —le pregunta Lucas.

—No lo sé… Estoy preocupado por Mateo. Creo que está empezando a consumir de nuevo a escondidas. Su humor ha cambiado, y eso me preocupa. Debería ser señal de que va a mejor, pero tengo la mosca detrás de la oreja… No sé si es que está mejor o simplemente ha vuelto a hacer lo que hacía antes —suelta con pesar.

—Podemos seguirle cuando salga de Solace, como detectives privados. A ver qué nos encontramos —sugiere Quique.

—Yo me apunto. Por supuesto que me apunto. Y Bruno también está apuntado, aunque no esté presente —se ríe.

—No es mala idea…, me lo pensaré —dice Marcos—. Por cierto, Marta me ha dicho que en un pueblo de al lado este fin de semana hacen unas fiestas en las que se hacen determinadas actividades con animales del tipo: sacan una vaca y la persona que acierte el peso se lleva algo a cambio. ¿Tenéis planes?



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En el texto hay: novelajuvenil, destino, amor

Editado: 09.08.2026

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