Cuando casi lo fuimos todo

19

Zane

Camino por el pasillo con paso firme. No me detengo. No miro atrás. No puedo permitirme mirar atrás. No puedo perder el control.

No ahora. No después de esto.

Me cruzo con varias personas a lo largo del pasillo. Saludo con una leve inclinación de cabeza. Mecánico. Preciso. Sin decir ni una sola palabra. Ya he dicho demasiado hoy.

Maldita sea, ya he sentido demasiado hoy. Otra vez.

Eso es un error.

Yo no puedo cometer errores.

He evitado esa sala durante horas. He dado vueltas, buscando excusas, alargando tareas inútiles, conversando de nada. Única y exclusivamente para no verla. Y cuando, por fin, creí que ya se había marchado, entré.

Y ahí estaba.

Como si todo estuviera milimétricamente diseñado para quebrarme.

Como si el destino disfrutara viéndome romper mis propias reglas.

¿Ella me encontró a mí?

¿Yo a ella?

Da igual. El resultado sigue siendo el mismo: CAOS.

Como la primera vez. Como todas.

Y yo… No puedo seguir permitiéndome el caos. No cuando todo lo que he construido durante tantos años va destinado a combatirlo. Si esto sigue así, va a conseguir destruirlo todo.

Paso por la sala de reuniones. Vacía.

Respiro con alivio. Dejo el papeleo sin detenerme.

Salgo. Rápido. Podría decirse que huyendo. De todo esto. De ella. De mí. Del puñetero destino que no sé qué será lo próximo que tenga preparado para mí, aunque empiezo a pensar que se ha empeñado en desarmarme pieza por pieza.

A mí y a todo lo que me rodea.

Cruzo las puertas de Solace y es, entonces, cuando el aire helado de Luverna me frena en seco. Inhalo. Duele. El frío me desgarra la garganta al bajar, como si intentara recordarme que sigo vivo. Y, por un instante, me lo permito. Estar vivo. Sentir. Que algo duela. Y que ese dolor perdure.

El trayecto hasta casa es corto, pero hoy lo siento eterno. Mis pasos…, ya no los siento míos. Son del hábito, del deber. De lo que se espera.

Todo sigue igual. La ciudad. El cielo. La gente. La rutina.

Todo sigue igual, excepto yo.

Excepto lo que acabo de hacer.

Retumban en mi cabeza cada una de sus palabras. Como una sinfonía que tarareas sin poder evitar.

Una sinfonía rota que no pedí escuchar, pero que no sé silenciar.

“No te creo”.

“Tu silencio es una condena”.

“Me estás castigando”.

Aprieto los puños dentro de los bolsillos de mi abrigo, clavando las uñas en las palmas de mis manos. Aunque no duele lo suficiente para callar la mente.

Y la mente… No se detiene.

Me obligo a no pensar. A no sentir.

Y fallo. Una vez más. Otra maldita vez.

No me cree.

Y tal vez…, yo tampoco.

Mi silencio es su condena, sí. Pero también me condena a mí.

¿La castigo? Ni por asomo, el único que se castiga soy yo. Al único que castigan es a mí.

Aprieto la mandíbula y me obligo a concentrarme en los sonidos.

El tráfico. El río. Los pájaros.

No puedo permitirme esto. No puedo sentir nada.

Cuando por fin cruzo el umbral de la casa, todo está como debe estar. En calma. En orden. En silencio. Como siempre.

La cocina, impecable. El salón, milimétricamente organizado. Cojines alineados. Ni una mísera arruga. El reloj marca las 20:00. Todo está en su sitio. Todos están en su sitio.

Subo las escaleras hacia mi habitación. Una por una. Cada paso medido. Paso por delante de cada una de las habitaciones. Cada puerta, cerrada. Cada alma, en obediencia. Ni un sonido. Ni una duda.

Todo está bajo control.

Todos estamos bajo control.

Entro a mi cuarto. Cierro la puerta tras de mí. Respiro profundamente. Una, dos, tres veces. No me permito que mi mente divague. No dejo que su rostro vuelva. No dejo que sus lágrimas me atraviesen de nuevo y me hagan tambalear.

No me lo permito.

No se lo permito.

Dejo la mochila. Me ducho rápidamente. Doblo la ropa con precisión. Me visto de nuevo. Azul. Siempre azul. Como debe ser.

Todo como debe ser.

Como se espera de mí.

Me tumbo en la cama. Paso las manos por la cabeza y presiono las sienes. Como si pudiera borrar todo lo que no encaja en esta vida. En esta comunidad. En esta obediencia disfrazada de hogar.

Cuando llegué a Luverna, pensé que aquí podría encontrar mi refugio. Me sentí en paz con su calma. Me sentí como nunca antes lo había hecho. Descubrí una tranquilidad que llevaba años buscando. Y pensé que aquí podría construir algo firme, algo duradero. Y por un tiempo, creí lograrlo.



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En el texto hay: novelajuvenil, destino, amor

Editado: 09.08.2026

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