Cuando casi lo fuimos todo

20

Lena

Paralizada. Completamente rota. Humillada. Frustrada. Desecha.

Me limpio las lágrimas con rabia, pero eso no impide que sigan brotando a borbotones, como una herida que, por más que presiones, no deja de sangrar.

Herida. Así me siento. Irremediablemente herida.

No es el mismo Zane que había conocido hasta ahora. No lo conozco. Autocontrolado. Forzado, incluso. Dañino. ¿Sin corazón? ¿Sin sentimientos? ¿O simplemente escondido detrás de un muro que ha levantado para no sentir?

Quizás esté herido por mis palabras, lo entiendo. Fui demasiado bruta, demasiado tajante, demasiado directa.

Pero él... Él no entiende que no podemos avanzar si siempre escapa. Y siento que esta vez también ha huido. Se ha atrincherado tras una barrera que no puedo romper y no solo me ha dejado fuera, sino que ha echado tierra de por medio entre nosotros —¿tierra?— No, que digo tierra, hormigón armado. Me ha enterrado viva.

Me abrazo a mí misma.

Miro a mi alrededor y veo las escaleras. Las mismas donde nos dijimos tantas cosas, donde las miradas fueron intensas, donde sus manos me acariciaron, donde nos besamos.

Sucedió.

Aunque hoy parezca todo más una imaginación.

Pero fue real.

Y a pesar de arrepentirse de todo lo ocurrido hasta hoy, no ha dejado de buscarme.

Pero estos cuatro malditos días…, se lo han llevado. A él. A nosotros.

No dejo de llorar. No puedo. No sé cómo.

La puerta se abre tras de mí. Cierro los ojos, aliviada. Pensando —deseando-– que se haya dado cuenta de su error. Que ha vuelto a por mí. A por nosotros.

—¿Lena? —me llama una voz distinta.

Quique.

Me rodea y se pone frente a mí.

Rápidamente intento limpiar las lágrimas con el dorso de la mano y agacho la cabeza para evitar que me vea. En vano, por supuesto. No hace falta mirarme mucho para ver el desastre que soy.

Coge mi cara entre sus manos y me obliga a mirarle. La preocupación cubre su rostro. Y sin decir ni una sola palabra, me abraza contra su pecho. Un abrazo cálido. Firme. Un refugio inesperado.

Me quedo inmóvil.

No me suelta, ni afloja el abrazo. Acaricia mi espalda lentamente, con ternura. Apoya su mejilla en mi cabeza y sisea en un intento de calmarme.

No sé cuánto tiempo estamos así, pero agradezco cada segundo. Agradezco el silencio, la paciencia, el amor con el que lo hace. Por primera vez en días, no me siento tan sola.

Hundo mi cara en su pecho. Su olor es una mezcla de menta y no sé qué más me envuelve, me sostiene.

—No sé qué ha pasado, Lena. Pero estoy aquí. Contigo —susurra.

Me aprieto aún más contra él. No sé qué decirle. No puedo explicarle nada. Esto es lo que más odio de Zane: el silencio. No sólo el que él me impone, sino el que me obliga a cargar.

Somos algo —ni siquiera sé qué-– que no puede decirse en voz alta. Somos un pecado. Esa es la maldita sensación que tengo desde que nos conocimos.

—Estoy bien… —murmuro, apartándome lentamente.

No quiero hacerlo, pero no podemos estar eternamente pegados.

Me sujeta por los hombros, clavando su mirada en mí.

—Por favor, Lena, no me mientas. Sé que no me vas a contar la verdad, pero no me digas que estás bien cuando ahora mismo eres un despojo humano…

Sonrío entre lágrimas ante su afirmación porque, sinceramente, así es como me siento.

—Gracias por lo de “despojo”… —murmuro, encogiéndome de hombros. Agarro una de sus manos y la acaricio con ambas a la altura de mi cintura—. Gracias Quique, de verdad.

—Ya ha terminado tu turno. Vete a casa, descansa. Tienes mi número. Escríbeme si lo necesitas. No quiero ser un pesado, ni agobiarte más de lo que ya debes estar. No te escribiré esta noche, pero hazlo tú si necesitas hablar. No tienes que contarme nada, podemos hablar de cualquier cosa —dice, midiendo cada palabra, asegurándose de que entienda que no hay presión.

Asiento. No digo nada más. No puedo.

Me duele que Quique me dé ahora mismo, sin esfuerzo, todo aquello que Zane me arrebata, es justo lo que él no se atreve a ser conmigo. Me vuelvo a abrazar a él y siento cómo sonríe. Me aprieta contra su cuerpo, fuerte, protector.

Después salimos de allí.

Recojo mis cosas en silencio, como un autómata.

La noche me engulle cuando salgo a la calle. El aire frío me corta la piel, pero no me importa. Ni siquiera sé cómo he llegado hasta casa. Solo sé que cuando cierro la puerta tras de mí, me vuelvo a derrumbar.

No enciendo la luz, no me cambio, no le hablo: ni a Quique, ni a nadie.

Voy directa a la cama, me tumbo y cierro los ojos.

Esperando que mañana todo duela menos.

Que mañana, tal vez, esto haya sido solo un mal sueño.



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En el texto hay: novelajuvenil, destino, amor

Editado: 09.08.2026

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