El sol se cuela por la ventana, implacable.
Otro día.
Mejor olvidar la noche pasada. Y lo duro que ha sido amanecer sabiendo que nada de lo que ocurrió fue un mal sueño.
Me levanto a duras penas, esquivando los pensamientos que amenazan con hundirme. Me visto sin pensar demasiado y me obligo a salir de casa.
De nuevo en Solace. Por fin, viernes.
Nada más llegar, Sandra, la coordinadora, nos reúne en la sala común.
—Tras hablar con Leo —nos informa—, hemos decidido organizar una salida para mañana con algunos de los pacientes. No es obligatorio, pero creemos que podría ser muy positivo para ellos.
Cuando Sandra se marcha, Marco se acerca a nosotros arrastrando los pies.
—Me vais a matar…, lo sé —murmura, visiblemente incómodo.
Nos miramos unos a otros, desconcertados.
—¿Por qué? ¿Qué tiene que ver contigo? —pregunta Olivia.
—Todo… —susurra—. ¿Os acordáis que ayer os mencioné que Marta me había dicho que en un pueblo cercano había una feria?
Asentimos.
—No me jodas, Marco… —gruñe Lucas.
—Te jodo…, sin duda que te jodo —admite Marco, llevándose una mano al rostro.
—¿Pero por qué? ¿Te fuiste de la lengua y le contaste nuestro plan? —salta Quique.
—Me llevo bien con ella, me preguntó qué iba a hacer este finde y... bueno, se lo conté. Justo había estado hablando con ella sobre lo de Mateo y la posibilidad de realizar actividades para los pacientes y se le ocurrió que salir a la feria sería perfecto para ellos. Un cambio de aires, diversión sana, lejos de tentaciones… —explica, resignado.
—No supiste decir que no… —se lamenta Nadia.
—No supe decirle que era algo personal. Y además, sabéis cómo soy... —se justifica mientras se sirve una taza de café.
—Lo sabemos… De bueno eres tonto —se ríe Lucas.
—Pues ya está —interviene Quique con una sonrisa—. No nos amarguemos. Hacemos el plan igual, estamos juntos, y de paso les damos un buen día a ellos. Fin del drama.
La mañana transcurre lenta. Demasiado lenta.
Ya no miro el móvil.
Ya no espero su mensaje.
Ya no espero nada.
Hasta anoche no me creía ninguna de sus palabras y menos de sus acciones.
Hoy… Hoy me asalta una certeza amarga: si dijo todo aquello, sabiendo el daño que me haría, es porque en el fondo quiere alejarme. Quiso dejar claro que no hay un nosotros.
Por tanto, entiendo que algo de todo lo que dijo debió de ser sincero…, si no, ¿por qué hacerlo? ¿Por qué destruirlo todo?
Camino por el pasillo, sin rumbo fijo, buscando refugio en la rutina. Me dirijo a la sala común, donde suelo encontrar a Elías o a Cintia.
—Chica de los ojos tristes —murmura una voz a mis espaldas.
Me giro. Gloria me mira con media sonrisa, aunque al ver mi expresión su rostro se suaviza. Se acerca sin prisa, tomándome del brazo con una ternura que me desarma.
—Hoy no están tristes —murmura—. Están rotos, vacíos.
Nos hace andar por el pasillo. Lentamente. Sin soltarme.
No digo nada. Su manera de leerme, me enmudece.
—Por tu silencio y por tu mirada…, entiendo que la conversación con el chico misterioso no fue precisamente bien. ¿Me equivoco?
—No te equivocas —susurro, tan bajo que ni siquiera sé si me oye—. No podría haber ido peor.
—¿Me quieres contar? —pregunta, dándome un apretón en el brazo.
—Me mataría si supiera que barajo la idea de hacerlo…
—No se va a enterar —ríe suavemente—. Soy como una tumba, además, siempre podrías decir que estoy perdiendo la cabeza.
No puedo evitar reír brevemente también.
—Entre otras cosas, me dijo que soy un error —logro decir, tragando saliva, como si el dolor quisiera ahogarme—. Que “esto” tenía que terminar.
Guardamos silencio mientras seguimos caminando. Cuando llegamos a una ventana abierta, nos detenemos a mirar hacia afuera. Algunos compañeros están con sus pacientes en el patio.
—¿Y tú qué piensas? —pregunta Gloria, volviéndose hacia mí.
—Que es muy triste que alguien no sea capaz de aceptar lo que siente —susurro—. Pero también pienso…, que no acepto que no quiere nada conmigo. Es como si estuviera en plena fase de negación. Sin embargo Gloria..., nuestra conexión es tan real, tan innegable.
Ella sonríe con una sabiduría que me traspasa.
—Lo sé. Lo vi. No se puede negar lo que ya existe, Lena. No importa cuántas veces uno intente esconderlo.
—¿Entonces qué hago? ¿Cómo sigo? —pregunto, con la voz temblorosa, como quien lanza una súplica al viento.
—No le esperes en silencio, pero tampoco le corras detrás —dice con firmeza—. Si tiene que volver, volverá. Y si no lo hace…, tú ya lo habrás sobrevivido.