Cuando casi lo fuimos todo

22

Me cuesta levantarme de la cama. Me cuesta elegir ropa. Apenas pruebo bocado. Los nervios me tienen abrumada.

La noche ha sido intensa. Repleta de sueños —pesadillas— en los que Zane siempre encontraba la forma de dejarme. Siempre se me escapaba.

Llego a la puerta de Solace apurada por el tiempo. Todos están al lado del bus, charlando sobre el tiempo que hará hoy.

Zane está hablando con Quique. Qué paradójico todo.

Si Quique supiera…

Si Zane supiera…

Saludo a Quique con una sonrisa pero no deparo en mirar a Zane. Me duele verle, me duele sentir como la piel se me eriza por el simple hecho de pasar a su lado, de notar su presencia. Me duele saber que, pese a ello, él ya ha tomado su decisión.

Me acerco a Nadia y Olivia, que se mueven mientras hablan para apaciguar el frío.

En el autobús ya esperan los pacientes. Mateo mira por la ventana con recelo como si ya estuviera viajando muy lejos; Cintia lleva un sombrero de lana que no se había puesto nunca, y que me arranca una sonrisa; Elías parece tranquilo, pero juguetea con un papel entre las manos, cuando me ve por la ventanilla, sus comisuras se alzan en una sonrisa; Camila bosteza sin preocuparse por disimular, mientras Sebastián intenta animarla con alguna historia que no alcanzo a oír; Aurori se ha sentado junto a la ventana y da golpecitos con los dedos, llamándonos para que montemos ya.

Una vez estamos todos, subimos al autobús. Me siento con Marta, la novia de Marco. Pasamos el trayecto hablando sobre el pueblo al que vamos, Turme, y las ferias que suele haber a lo largo del año. Es un pueblo muy implicado. Con pocos habitantes, pero que por ello mismo intenta llamar la atención para que siempre se llene de gente.

Alrededor de las 11:30 de la mañana llegamos a nuestro destino. Durante todo el trayecto, a pesar de escuchar la voz de Zane he tratado de no girarme ni una sola vez. Estoy orgullosa de mí misma.

Nos reunimos alrededor de la plaza del pueblo. Los coordinadores nos dan directrices sobre el día: a las 12 habrá un teatro ambulante en el que nos enseñarán distintas partes del pueblo; a las 13:30 empieza una tómbola sobre el peso de diferentes animales; comeremos aquí, en la plaza, donde ya se ve cómo están preparando una enorme paella. Por la tarde podremos pasear por los puestecitos que llenan las calles salientes, siempre que acompañemos a alguno de nuestros pacientes; a eso de las 17:00 hay una carrera de conejos en la que podemos apostar.

Nadia, Olivia y yo estamos deseando que llegue la tarde para dar una vuelta entre los puestos y comprar algo a juego, algo que podamos tener las tres como recuerdo.

Quique se muere de hambre nada más ver la paella, y Lucas va diciéndole a todo el mundo que tenemos que apostar sí o sí por el peso de la vaca y por la carrera de conejos.

—Yo voy con el conejo blanco —dice Marco—. Tiene pinta de no parar quieto, como yo de niño.

—A mí dejadme el gris, ese que parece que no va a llegar ni a la mitad —comenta Bruno entre risas—. Siempre apuesto por el perdedor.

Guille levanta la mano como si estuviera en clase.

—Yo solo quiero saber si alguien ha ganado alguna vez en lo del peso de la vaca. ¿Es eso posible?

Las risas se reparten entre el grupo.

Zane no dice nada, pero cuando Marco hace un comentario sobre el pueblo, él asiente levemente, con esa media sonrisa suya, siempre a medio camino entre la ironía, la picardía y la ternura.

Me desarma por completo.

Como todo él.

Trato de mantener las distancias durante todo el rato que dura el teatro por las calles del pueblo. Intento siempre estar al lado de Olivia y Nadia. Otras veces, alcanzo con paso ligero a Marta que suele estar pegada a Marco para hacerle algún comentario sobre algo que veo en el pueblo.

Tras la finalización de la obra, de regreso a la plaza del pueblo, me acerco a Elías.

—¿Estás cansado? —le digo caminando a su lado.

—¿Si lo estuviera me llevarías en brazos? —suelta con una sonrisa.

—Entre mi estatura y mi fuerza, creo que no llegaríamos a dar ni un solo paso. Pero puedo buscarte a alguien que lo haga por mí. Suelo ser tozuda en lo que me propongo —sonrío con él.

—Me alegra que, a pesar de ver en tus ojos la desesperanza, aún recuerdes que puedes conseguir aquello que te propongas —suelta, sin más, y lo siento como una bofetada en plena cara.

—Me gusta que me pongas en mi sitio. Me hace plantar los pies en la tierra —le digo mientras seguimos caminando.

—Pues no te desvíes de tu camino. Ahora es el momento de que seas fuerte, la desesperanza en las batallas solo trae tragedia —me dice, y su sonrisa es mitad esperanza y mitad dulzura.

—¿Y si alguien ya ha querido poner fin a la batalla?

—Recuerda: tanto en el amor como en la guerra las cosas siempre dependen de dos —murmura.

Asiento. Y por primera vez en días, me doy cuenta de que Zane ha tomado la decisión por los dos, pero yo no lo acepto. No puedo aceptarlo. No quiero ese final, no quiero permitirme este final. No. Y menos cuando nunca he sentido esta conexión por nadie. No sé que es por lo que él está pasando, no sé qué tan difícil lo tiene para tenerme a mí en su vida…, pero no puede elegir por mí.



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En el texto hay: novelajuvenil, destino, amor

Editado: 09.08.2026

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