Cuando casi lo fuimos todo

24

Lena

Eran las ocho y veintidós de la mañana cuando Zane me escribió.

Ni un “hola”, ni una explicación.

Solo:

¿Me mandas la ubicación de tu casa?

Me descolocó por completo, mucho más que si hubiera escrito un párrafo entero. Me quedé inmóvil, con el móvil entre las manos, sin saber si debía responder. Sin saber si estaba preparada para que él cruzara la puerta de mi casa. De mi vida.

Porque sé —lo sé— que detrás de esas ocho palabras se esconde algo más: una decisión o una despedida.

Y aún así, se la mandé.

No dijo nada más. Ni un mísero: “en diez minutos estoy ahí”. Desde ese instante he pasado por todas las fases del caos: me duché, me arreglé, limpié la casa como si estuviera a punto de recibir una inspección sanitaria, ordené cada cuarto, cada rincón, como si el orden externo pudiera curar el caos interno. Hice todo ello mientras la ansiedad me devoraba.

Dado nuestro historial, jamás me hubiera imaginado que después de lo que dijo anoche lo primero que haría sería plantarse aquí por la mañana. Pensé que si nos cruzábamos en Solace, tal vez hablaríamos. Que tal vez me escribiría.

Pero no esto.

No aquí.

Puede ser que también me esté haciendo ideas donde no las hay… Una hora. Ha pasado una hora. Y no aparece.

Es probable que se lo haya pensado mejor. Quizá ni viene. Tal vez me mande un repartidor de Glovo con un café de disculpa. No me vendría nada mal: he limpiado cada rincón de esta casa pero no he probado bocado. Tengo el estómago cerrado, los nervios crispados y el corazón atrapado en la garganta.

He mirado el móvil tantas veces que ya he perdido la cuenta. Solo le mandé la ubicación. Nada más. Ni una sola palabra por mi parte. Sin embargo, durante esta hora he ensayado veinte versiones de cómo preguntarle “¿Por qué cojones quieres saber dónde vivo?”.

Soy idiota.

Una hora y diez minutos después, el móvil vibra. Lo desbloqueo de inmediato. Es él.

—No me has dicho el número de puerta ni el piso o casa.

Definitivamente, soy idiota.

Definitivamente, está aquí.

—Tú no me preguntaste. ¿Cómo iba a saber para qué querías la dirección?

—Eso también es verdad. Pero desde luego no iba a ser para venderla en el mercado negro…

—Viniendo de ti…, me espero cualquier cosa

—¿Me puedes decir el número? Estoy abajo

Siento que el corazón me da un vuelco. Me quedo sin aire. El nudo en la garganta me ahoga. Se me resbalan las manos. El móvil se me cae al suelo.

Vuelve a vibrar.

—Respira y dame el número…

Trago saliva con dificultad.

—Número 2. Piso 2º B.

—Gracias

Un segundo después, suena el timbre. Contesto rápido:

—¿Sí?

Escucho su risa al otro lado.

—¿Es en serio?

Le abro.

Puedo decir sin exagerar que este momento se ha convertido en el minuto más largo de mi vida. Por ahora.

Antes de que llegue a la puerta la abro. Me quedo en el umbral, esperando. Esperando a que esté justo delante de mí. Y cuando sale del ascensor…, siento que el corazón se me va a salir del pecho.

Y me cabrea. Muy mucho. Porque estoy dolida. Cansada. Harta de su indecisión.

Pero aún así…, sonrío. Como una completa imbécil. Impaciente por verle.

Intento guardar la compostura, aunque sé perfectamente que no tiene éxito alguno. Porque verlo aquí…, tan cerca me desarma por completo.

—Hola —susurra, mirándome fijamente a los ojos.

—Hola —respondo, sin apartarme del umbral.

—Creo que sería buena idea que me dejaras pasar… —carraspea.

Me hago a un lado.

Cuando pasa junto a mí, su olor me atraviesa. Siento nuestra conexión como una corriente eléctrica. Y…, por primera vez en días, no lo noto tenso.

—Siento haber tardado tanto. Se me ha hecho complicado apañármelas para…

—¿Por qué has venido, Zane? —le corto.

Se gira. Me mira. Su mirada es una mezcla perfecta de determinación y miedo. Como si temiera decir algo que me vaya a hacer daño. Como si supiera que está a punto de decir algo que puede cambiarlo todo.

—Pues…, yo quería… —titubea, nervioso.

—Para, Zane —le detengo de nuevo.

Siento que se tensa, tal cual hace siempre.

—Si vas a venir a decirme de nuevo que soy un error, que nosotros no debemos, que no podemos… —las palabras me salen cargadas de dolor, como cuchillas que me cortan por dentro—. Si vas a venir a dejarme otra vez, ahórratelo. Ya lo he entendido. No voy a ser más pesada, no pienso insistirte más. Te dejo en paz.



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En el texto hay: novelajuvenil, destino, amor

Editado: 09.08.2026

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