Sería maravilloso decir que después del día de ayer he dormido como un bebé.
Pero la realidad es bien diferente. Más cruda. Más yo.
Mi mente no me ha dado tregua. He dormido, sí, pero los sueños me han atrapado, me han arrastrado y me han trastornado. Han sido una especie de purgatorio.
He pasado toda la noche buscando a Zane. Y él… Él siempre se alejaba cuando creía tenerlo al alcance.
Su mirada —fría, distante, como si no me conociera de nada— me paralizaba. Me atravesaba como un cuchillo.
Me he despertado muchas veces, desesperada, con el corazón en la garganta, intentando controlar la respiración porque sentía que me ahogaba.
Estoy despierta desde las cinco. Dando vueltas en la cama como quien está montado en una noria. No he conseguido volver a pegar ojo. Todo parecía demasiado real. O tal vez… Lo que es irreal es lo que ocurrió ayer.
Siento que mi mente está preparando barricadas. Como si supiera que Zane podría volver a huir en cualquier momento. Sin embargo, aquí estoy, convenciéndome de que está vez será diferente. Porque lo deseo. Porque lo necesito. Porque si no me aferro a eso… ¿Qué me queda?
¿Qué probabilidades hay de que volvamos a lo de antes? Para ser sincera conmigo, más de las que yo quisiera reconocer. Y eso…, me aterra más que cualquier pesadilla. No solo porque él sea capaz de volver a hacerlo, sino porque me da miedo la decisión que yo pueda tomar. Estoy dispuesta a caminar con él, pero no a arrastrarme detrás.
Ayer dejó caer palabras sueltas, como migas de pan que no llevan a ninguna parte: libertad, control, decisiones que no son suyas… ¿Qué tipo de vida lleva para hablar así? ¿Dónde está metido? ¿En la cárcel? No tiene sentido. No estaría en el refugio…, aunque claro podría estar haciendo trabajos en beneficio de la comunidad, ¿no? ¿Y si sus padres son tan sumamente estrictos que por eso habla del control y la libertad? Podría ser, pero Zane parece un par de años mayor que yo. ¿Vive aún con ellos? ¿Le marcan las decisiones como si fuera un niño? O… Se me está yendo la cabeza, pero tengo demasiadas preguntas sin respuestas.
El despertador suena y doy un bote. Las siete.
Me arrastro hasta la ducha. Dejo que el agua me recorra la espalda con la esperanza de que se lleve algo de esta ansiedad. No quiero que las pesadillas me quiten la ilusión del momento. Quiero seguir creyendo que él está sintiendo algo parecido a lo que siento yo. Que todo esto vale la pena.
Salgo, me visto sin pensarlo demasiado: mis vaqueros favoritos, jersey verde, el pelo algo decente. Me siento en la isla de la cocina, con el café que dejé preparado anoche.
El vapor sube despacio. Me aferro a la taza como si pudiera calentarme por dentro.
Pongo los datos del móvil. Y ahí está. Un mensaje. Zane.
—Buenos días, espero que hayas podido descansar. Nos vemos esta tarde, por si acaso aún no has decidido que soy una causa perdida.
Se me escapa una sonrisa: tiene esa habilidad de quitarme el aire y devolvérmelo con una sola frase.
—Buenos días. No ha estado mal, espero que tu hayas podido descansar. Nos vemos esta tarde. Deseo que no seas una causa perdida.
Me quedo un momento mirando la pantalla. A veces me pregunto si Zane sabe el efecto que tiene en mí o si simplemente es así: un caos dulce y letal.
Cuando llego a Solace, dejo mis cosas en la taquilla y voy directa a la sala de reuniones. Quique está sirviéndose un café y se gira en cuanto entro.
—Buenos días —dice, con una sonrisa amplia, sujetando la taza con las dos manos—. ¿Cómo has dormido?
—Sin comentarios… —murmuro, negando con la cabeza y me apoyo contra la mesa.
—Ya somos dos… —dice con voz queda. Se coloca frente a mí. La distancia es corta. Demasiado corta—. ¿Te duele aún?
Niego con la cabeza. Su mirada se clava en mi rostro, quizás buscando todo aquello que sabe que no le cuento pero él nunca se atreve a exigir más de lo que sabe que puedo darle. Por eso me gusta tenerlo cerca. Porque con Quique siempre tengo claridad, sé lo que puedo esperar de él, sé lo que quiere de mí y sé que, pese a todo, siempre estará.
—No demasiado. Lo noto tirante, aunque supongo que eso es porque se está cerrando —respondo, tocando las tiritas con los dedos.
Él se acerca más. Me acaricia la mano con una suavidad inesperada y después, la herida.
Debería apartarme. Debería sentirme incómoda porque me toque, y en parte me siento así, pero no porque no me guste que lo haga sino porque siento que, de alguna forma, le fallo a Zane. Es absurdo, puesto que a pesar de todo Zane y yo somos nada, y en realidad lo somos todo.
Entonces la puerta se abre de golpe.
Quique aparta la mano de mi mejilla y se echa hacia un lado de golpe. Yo me enderezo en acto reflejo.
—¡No debería ser así! ¡Lo sabes! —la voz de Lucas irrumpe cargada de una rabia que no le conocía.
—Tranquilízate, por favor… Yo voy a rellenar el papeleo, pero no te aseguro que lo vuelvan a ingresar —le explica Guille.
—¡Pues no entiendo por qué! ¡Es violento! —escupe Lucas, dejando sus cosas sobre la mesa. Se detiene al vernos—. Hola chicos, perdón.