Cuando casi lo fuimos todo

27

A lo largo de la mañana he revisado mi móvil más de un par de veces. Nada de Zane. No quiero que eso me preocupe, porque tampoco significa nada.

Entro en la sala común y no hay ni rastro de Cintia. Doy alguna vuelta por los pasillos de esta planta, pero tampoco aparece. De camino de vuelta, pregunto a algunos compañeros con los que me cruzo y todos me dicen lo mismo: no la han visto. Al entrar de nuevo, Elías me hace un gesto con la cabeza, señalando hacia el jardín. Me asomo, y allí está. Al lado del pequeño huerto que tienen aquí.

Me acerco despacio, no quiero asustarla ni parecer que la estoy vigilando.

—¿Tú por aquí? —le digo, poniéndome a su lado, admirando el huerto sin mirarla.

Sonríe y se gira hacía mí. Parece la misma persona de siempre, pero la siento distinta. Más alegre, con un brillo especial… Sin miedo.

—¿Crees que utilizarán estas verduras para la comida que os sirven? —la miro, y quizás su miedo se haya disipado, pero el mío se ha multiplicado por dos. Siento que la garganta se me cierra y el aire me abandona.

—Desde el sábado me siento distinta —afirma, clavando su mirada en mis ojos—. Te estoy asustando, lo sé. Pero no es mi intención, al contrario. He ensayo mil maneras de darte las gracias frente al espejo, pero en cada intento siento que no es suficiente todo lo que siento con todo lo que digo.

Hace una pausa. Y yo…, me siento petrificada. No puedo articular palabra ni hacer un solo movimiento. Tengo miedo de estropear este momento, miedo de despertarme. Pero más allá de todo eso…, tengo miedo de no estar a la altura. De no ser quien ella espera, a pesar de las palabras de Elías.

—Ahora eres tú la muda. He salido aquí porque ya no soporto verte más en tus clases de crochet —bromea—. Con todo este tiempo. ya he tenido suficiente.

Río. Río con ganas, soltando toda la presión que me tenía atrapada. Cogiendo una bocanada de aire antes de ahogarme a mí misma. Y sin pensarlo ni un solo segundo más, sin juzgarme ni debatirme… La abrazo.

Se queda quieta durante unos segundos, y después la oigo soltar el aire y sonreír al mismo tiempo, la tensión de su cuerpo se disuelve en otro abrazo.

—Siento abrazarte. Pero tenía miedo. Miedo a que lo del sábado hubiera sido solo un espejismo. No tienes que agradecerme nada. Seguramente yo te deba a ti mucho más de lo que haya podido darte —susurro, y tras acariciar levemente su espalda, me separo, apoyando las manos sobre la valla del huerto.

—No es verdad, Lena. Eres la única persona que no se ha rendido conmigo, que ha buscado el modo de entenderme y ponerse en mi lugar. Me has dado espacio, tiempo, cariño… Y nunca me sentí juzgada. Has estado sin expectativas, dejándome elegir cuándo era el momento de avanzar. Por primera vez, he podido decidir. Y lo más importante: tú me dejaste decidir.

Me mira, y en su mirada puedo ver el agradecimiento, el paso del tiempo, las conversaciones que he tenido a solas con su presencia, y mi cabezonería por no dejar de estar a su lado ni un solo de los días que he estado aquí.

Miro a otro lado, porque siento que las lágrimas amenazan con salir de un momento a otro. Respiro hondo, y me encojo de hombros.

—Solo he intentado ser lo que necesitabas —suelto al fin.

—Has sido mucho más que eso. Y si te soy sincera, creo que lo has sido porque me has dado lo que tú necesitabas que te dieran. Y eso te convierte en la persona perfecta. Sabías exactamente cómo tratarme. Y me duele, Lena. Me duele mucho, porque sé lo mal que lo tuviste que pasar. Sentir que no eres suficiente, que estorbas, que tu vida no vale, que más que vida esto es una penitencia. Ahora te veo aquí, ayudándome, ordenando mis ideas… Y sé que se puede. Que puedo. Que podemos.

Nos deja en silencio. Y ese silencio me consume y me arrasa al mismo tiempo. Lleva razón en todo lo que dice, y me duele que la lleve. Desde el principio supe que podía acompañarla. No sabía hasta qué punto podía ayudarla, sinceramente pero en gran parte de mi vida sentí lo mismo que ella. Nunca fui lo bastante valiente para hacer lo que ella hizo. Pero en ocasiones intenté hacerme daño, y mis pensamientos…, no eran nada buenos. En mi caso, la necesidad de escapar se convirtió en mi esperanza.Y me aferré a ella con todas mis fuerzas.

—Me has dado esperanzas. Y eso, para alguien como yo…, para alguien como nosotras. Lo sabes. Es todo —agarra mi brazo, para que la mire.

Asiento, porque no hay mayor verdad que esa.

—Es cierto. ¿Y ahora qué? —le digo.

—Ahora he decidido que voy a seguir aquí. Porque seguramente siga necesitando apoyo, y no quiero desviarme del camino. Pero ya no puedo seguir encerrada y enfadada con el mundo. Quiero estudiar. Ayudar a los que, como yo, no encuentran la salida. Quiero convertirme en alguien como tú, que les abra la puerta de par en par —dice, con una sonrisa tan amplia que me estremece.

—Es una muy buena decisión. Nadie como tú sabrá entenderlos, ayudarlos, acompañarlos—sonrío mirándola—. Estoy orgullosa de tí.

—Deberías estarlo de ti. Porque tú conseguiste que viera el camino —me abraza de nuevo, fuerte, y me susurra al oído—. Gracias, Lena. No importa cuánto tiempo pase, jamás olvidaré lo que has hecho por mí. Gracias por dejarme ser. Y, sobre todo, gracias por esperar que pudiera ser algo.



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En el texto hay: novelajuvenil, destino, amor

Editado: 09.08.2026

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