Durante las semanas siguientes, Zane y yo seguimos encontrándonos en descansos robados, en silencios compartidos, en visitas fugaces y en mensajes que no decían mucho, pero lo decían todo.
Nos hemos buscado con la mirada en los pasillos, en la sala común, en cada rincón de Solace. Él se escapa a nuestro lugar y me espera allí, como si esos treinta minutos a solas fueran lo único que lo mantienen con vida.
A veces hablamos demasiado, y otras, sin embargo, no decimos nada pero nos lo decimos todo.
Y yo… Yo siento que cada segundo a su lado me ordena y desordena al mismo tiempo. Que su contacto y sus besos se han vuelto necesarios, como lo es respirar. Que sus palabras se han vuelto mi religión. Hay días que me pierdo contando las horas del día para volver a verlo, para sentirlo. Otros, me sorprendo buscándolo entre la gente, como si mi cuerpo supiera que falta algo.
Tengo ansias de él. De su olor. De su voz. De sus gestos. De sus palabras. De sus silencios. De su forma de mirarme. De tocarme. De la forma en que todo él me envuelve. De la persona en la que me convierto cuando estamos juntos.
Diría que me basta cualquier cosa de él para estar en paz ese día, pero mentiría. Porque siempre necesito más.
Si volviéramos al principio, jamás me hubiera imaginado que llegaríamos a este punto. Era impensable. Un amor prohibido. Que lo es.
Pero ahora estamos aquí.
Y sinceramente, no sé cómo podría seguir hacia delante si esto se rompiera.
El miedo a su abandono no ha desaparecido. Si acaso, ha cambiado de forma.
Siento que antes era una sombra que rondaba a nuestro alrededor, con cada acción que tomábamos. Ahora, es una amenaza latente. Una presión constante en el pecho cada vez que se aleja. Las pesadillas no cesan. Me consumen cada noche. Me despierto sobresaltada, con el corazón en la garganta, y lo primero que hago es revisar nuestras conversaciones, buscando una prueba de que sigue ahí. Y siempre está. Y, sin embargo, sigo caminando de puntillas, como si cada paso pudiera ser el que lo asuste.
Me estoy esforzando por quedarme en el ahora y no perderme en lo que aún no sé de él. Porque sí, lo sé: hay más. Mucho más. Secretos que todavía no tienen nombre. Lo siento en su mirada, en sus silencios y en todo lo que esquiva. Lo noto en sus ausencias, en su manera de no tratarme cuando estamos rodeados. En la culpa que se adivina tras besarme…, tras tocarme…, tras pasar demasiado tiempo conmigo. Lo puedo ver en sus mensajes, cuando se disculpa por no contestar, por no darme más de él.
Y, aún así, intento saborear cada instante. Me repito, una y otra vez, que esto es real. Que él lo es. Que nosotros lo somos. Que tenemos posibilidades.
Siento un cambio en él. Tal vez lo hubo desde el principio, desde que nos conocimos. Pero ahora lo veo pelear contra su propia mente, contra todo lo que lo retiene. Intenta encontrar huecos entre sus prohibiciones, a pesar de que parezca que el mundo fuera a derrumbarse si lo retengo demasiado conmigo. Y a veces, solo a veces, me atrevo a pensar que si él me dijera lo que tanto oculta, podría entenderlo…, o podría no volver a mirarlo igual.
Me elige. Quizás a su manera, a su ritmo. Pero lo hace.
Lo sé. Lo noto.
Y, por ahora, eso me basta.
Me es suficiente.
Gloria también lo ha notado. Me ha dicho que se le ve distinto cuando estoy cerca. Más presente. Más humano, incluso. Me ha animado a no pensar demasiado. A disfrutar del momento, dure lo que dure. Ya tendré tiempo de estar mal si todo se rompe.
Y tiene razón. Tengo miedo, sí. Pero también fe. Porque no sé como, pero por fin nos tenemos. Y por ahora, eso es todo lo que necesito.
Justo entonces, siento mi móvil vibrar en el bolso. El pulso se me acelera y apresurada lo saco del bolso. Cuando leo su nombre en la pantalla, el corazón me da un vuelco.
—¿Podemos vernos en quince minutos en tu casa?
No hay más. Tampoco hace falta.
—En quince estoy allí
Levanto la mirada. Mis compañeros ríen alrededor de la mesa, relajados tras la jornada. Como los viernes Solace cierra por la tarde, decidimos quedarnos a tomar algo. Ha sido una buena comida, pero es momento de marcharme.
Me despido con una sonrisa y una excusa rápida y cruzo la puerta del bar. El aire aún un poco fresco me golpea la cara, aunque no es eso lo que me estremece. Es la necesidad de volver a verle, de tenerle cerca.
Llego a casa tan solo unos minutos antes de que suene el timbre. Sin pensarlo, abro la puerta . Y espero, como siempre, en el umbral, sintiendo ese cosquilleo que ya reconozco como suyo.
Aparece con su media sonrisa y, al cruzar el marco de la puerta, me alza en brazos sin decir nada. Hundo mi cara en su cuello con una risa breve, mientras paso mis piernas alrededor de su cintura. Me besa. Le beso. Nos besamos. Con una intensidad que desarma. Con ansias que ya no intentamos esconder. Enredo mis dedos en su pelo y me acerco más, como si pudiera fundirme en él.
—Pensé que hoy no nos veríamos… —murmuro rozando su mejilla, su cuello.
—No tenía claro si podría escaparme. No quería darte falsas ilusiones. Así que en cuanto he podido, he salido corriendo hacia ti —susurra, apretando mis muslos mientras me lleva al sofá.