Los mensajes de disculpas de Zane se me agolpan diariamente en el chat, uno tras otro, como si la repetición pudiera corregir lo que ocurrió. Pero aún no puedo hablar con él con claridad.
Hacer como si nada hubiese ocurrido esta vez no me cura. No me salva. Y no sé si es decepción por él o por mí. Quizás por los dos.
Quiso que nos viéramos al día siguiente. Y ese mismo domingo también. Pero me negué. Me negué a vernos, a ocupar el mismo lugar, incluso a hablar. No después de aquello. Puedo entender que tuviera que irse. Era justo antes de la cena, tal y como me había dicho al llegar. Pero lo que no puedo entender es todo lo demás. Siento que estoy cargando con una culpa que no me pertenece. Con una agonía que se ha vuelto mía sin haberla elegido. Con una vergüenza que no debería de sentir. Y con una prohibición que no quiero obedecer.
No puedo negar lo que es evidente: esa misma noche me escribió. Se disculpó por haberse ido, por lo que pasó, por no haber dicho lo que quizás debería. Por no haber sido claro. Por el daño que, con o sin palabras, me causó. Desde entonces, no ha dejado pasar un día sin pedirme perdón. Por lo que dice, por lo que hace y por lo que no.
Pero para mí no es suficiente. No es el hecho de que sus palabras duelan ni de que sus actos nos condenen. Es todo él. Lo que le rodea. Lo que le consume. Lo que nos separa.
Sigo sin saber a qué me enfrento. Sigo sin saber quien es el enemigo. Y, sobre todo, sigo sin entender por qué lo nuestro es un problema.
Durante los días en Solace he evitado ir a nuestro lugar. No porque él no lo haya intentado. Y tampoco he querido que se acerque a casa, ni siquiera cinco minutos. No se lo he prohibido, pero cada vez que me lo ha preguntado le he respondido con una negativa. Lo que tenemos que hablar no cabe en cinco minutos. Ni en la escalera. Ni entre silencios disfrazados de rutina.
Podría decir que lo que ocurrió fue la gota que colmó el vaso. Pero no es cierto. Fue un tsunami que me barrió por completo. Que se ha llevado parte de mi. Me ha dejado rota. No por el acto en sí, sino por lo que vino después. Tengo la sensación constante de haber hecho algo mal, como si no haberlo detenido a tiempo me convirtiera en cómplice de algo prohibido, algo oscuro. Como si haberme dejado llevar por el momento le hubiese empujado a un lugar del que no podía escapar. Y eso me tiene destrozada. Porque en el fondo, en lo más profundo de mí, sé que es absurdo.
Yo también estuve allí. Él no me detuvo. Él me miró. Me buscó. Me deseó.
No he respondido a sus mensajes más allá de un “necesito espacio”. No busco castigarlo. Sospecho que él ya se está castigando lo suficiente. Lo hago porque no sabría qué decirle sin desbordarme. Porque tengo miedo de que, si hablamos ahora, no logremos volver a entendernos. O peor: que tenga tanto miedo a perderme que finja que puede con todo esto solo para no perderme.
Pero incluso en medio de todo este caos, sé que no podré sostener esto mucho más. No sé si por él o por mí. Pero todo mi ser suplica respuestas. Y aunque estoy atrapada en este abismo que parece no tener salida… No he dejado de desear que, por una vez, por una maldita vez, sea él quien no se rinda. Que no acepte mi silencio como una despedida. Que tenga el valor de enfrentarse a esto. A mí. A todo.