Cuando casi lo fuimos todo

30

No hay mensaje previo. Ni llamada. Solo una notificación: Estoy abajo.

Me quedo mirando la pantalla sin saber si es una trampa emocional o una rendición. No estoy preparada para esto, pero no sé si en algún momento lo estaré. Sé que no puedo seguir escondiéndome.

Le abro la puerta. Pero esta vez no le espero en el umbral. Voy a la cocina y cojo un vaso de agua. Doy un pequeño sorbo justo cuando le escucho entrar y cerrar tras de sí.

Escucho el sonido de sus llaves y su móvil al dejarlo en la mesa. Y entonces le veo. Creo que he estado tanto tiempo evitando mirarle a la cara que el corazón me da un vuelco justo cuando se planta frente a mí. Suspiro levemente para intentar controlar mi respiración y mantener mis lágrimas a raya.

La preocupación, el miedo, el dolor…, se refleja en su rostro a partes iguales.

—No quiero que estés aquí —consigo decir, más un susurro que una afirmación.

Veo cómo traga saliva y pasa las manos por su boca, intentando coger aire.

—¿Por qué?

—No quiero que te confundas —me encojo de hombros mientras apoyo el vaso en la isla de la cocina.

—¿Crees que me confundes? —inclina la cabeza y me estudia tranquilamente.

—Está más que claro que te confundo y haces cosas que no quieres, debes… Llámalo como quieras —murmuro, como si no dijera nada—. Cosas que no quieres hacer en definitiva.

—No es tan así como piensas…

—Ya no quiero pensar, Zane —digo, arrastrando las palabras como quien intenta respirar quitándose una losa de encima—. Estoy agotada, de verdad… No puedo más.

—Lo entiendo —susurra—. De hecho, es evidente. Pero, en primer lugar, no me confundes. O sea sí, me confundiste desde el primer momento en que te vi. Tambaleaste mi vida. La sacudiste como un puñetero terremoto. Y, por supuesto, eso me confunde con la vida que tengo, con las creencias que persigo, y con todo lo que he construido. En segundo lugar, no son cosas que no quiero hacer, son cosas que no debo hacer, que es muy diferente. Eso es realmente lo que me confunde, porque sé lo que debo hacer y sé lo que quiero hacer. Y no. No van de la mano.

No digo nada. No me quedan fuerzas para discutirle. He perdido la cuenta de los días que llevo conteniéndome, fingiendo que todo está bien mientras por dentro no me reconozco. Incluso en Solace, mi vía de escape, donde suelo sentirme en paz, mis compañeros me miran con una mezcla de respeto y preocupación que no se atreven a verbalizar.

Paso delante de él y me voy directa al sofá. Me siento y me acurruco junto con los cojines, poniéndolos a mi alrededor como si con ello pudiera crear mi propia fortaleza, en la que él no es bienvenido. Toma asiento a mi lado, respetando mi distancia.

—No tienes que decirme nada, Lena —dice tras unos segundos de silencio—. No he venido a exigir respuestas, ni a justificar las mías.

No le miro. Mis ojos están fijos en un punto muerto entre la alfombra y mis rodillas. Pero su voz hace que los músculos de mi cuerpo, tan en tensión desde hace demasiados días, empiecen a aflojarse.

—¿A qué has venido entonces?

—He venido porque no podía soportar más este silencio —murmura mientras se pega al respaldo del sofá, como si necesitara equilibrar la tensión en su cuerpo—. No supe cómo quedarme. No sabía cómo sostener todo lo que ocurrió —su voz es apenas un susurro, pero se mantiene firme—. No me justifico. Sé que volví a incumplir la promesa que te hice hace un tiempo sobre que no quería ser un caso perdido. Solo quiero que lo sepas.

Cierro los ojos y respiro hondo, recordando aquellas palabras que ahora me parecen tan lejanas, cuando me prometía que lo intentaría.

—¿Y qué pretendes que haga? —digo sin mirarle—. ¿Hago de nuevo como si nada? ¿O… Paso página?

Silencio. Uno de esos que lo envuelven todo.

—Siempre estamos igual. Siempre estás igual. Avanzamos un paso, retrocedemos hasta el inicio… —comento con agonía—. No sé si ya hay algo que me sirva… No sé si queda algo de mí para ofrecerte… Me has puesto en una posición en la que ya no me reconozco.

Siento el calor de su mirada, fija en mí. Como si intentara descifrar las palabras exactas para traerme de vuelta a su lado. Sé que me siente lejos, porque yo también me siento así.

—Solo dime qué necesitas… —susurra finalmente—. Dime qué puedo hacer para quedarme a tu lado, para buscar un hueco en tu vida.

Me giro muy despacio y por fin le miro. Sus ojos me repasan como el que busca heridas en plena batalla. Le veo roto, de una forma distinta a la mía, pero roto. Suspiro al no sentir su mirada fría, esa que me aparta con firmeza, y en ese momento me permito recordar todo lo que fuimos. Lo que casi fuimos.

—No lo sé, Zane. Eso es lo que yo he intentando hacer todo este tiempo, buscar un hueco en tu vida —respondo con honestidad, sintiendo como las lágrimas se desbordan—. Pero si esta vez sales por esa puerta sin tomar una decisión que lo cambie todo, no vuelvas.

No dice nada, simplemente respira. Y su mirada es toda determinación. Decisión. Lucha.

Y ahí se queda.



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En el texto hay: novelajuvenil, destino, amor

Editado: 09.08.2026

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