No sabría decir cuál fue el momento exacto en el que dejamos de ser una batalla sin tregua y empezamos a convertirnos en algo que, aunque imperfecto, late.
Poco a poco —demasiado lento, pero necesario— fuimos encontrándonos. Sin hacer ruido. Sin promesas, esta vez. La rutina, esa que tanto me quemaba y me incomodaba, ha sido quien, en parte, nos ha ayudado a sanar. A aceptar.
Quién lo diría.
No fue una conversación reveladora ni repleta de verdades. Por supuesto que no. Ni tampoco fueron momentos concretos. Fueron sentimientos asumidos, miradas que ya no se escondían, risas inesperadas, silencios cómodos y gestos inusuales. Fue el saber estar sin exigir, no estirar una cuerda hasta el límite, reconocer los errores cometidos y tomar conciencia de ellos para no repetirlos.
Me he sorprendido reconociendo a alguien nuevo en él, quizás siempre estuvo ahí, escondido o atrapado entre todo su caos.
No sé hasta qué punto le he perdonado por ponerme en una situación tan injusta, como tampoco sé hasta dónde me he perdonado yo por haberla aceptado. Porque aunque estamos en un punto totalmente diferente, la realidad no deja de ser la misma. Seguimos siendo una historia a medias. Miradas robadas entre la gente. Silencios compartidos mientras el mundo alrededor bulle. Gestos que se tienen antes de completarse. Encuentros improvisados en Solace. Caminatas contenidas. Conversaciones triviales y verdades que se esquivan con cuidado.
Sin exigencias. Sin agobios. Sin presión, como si evitar su huida fuese aún mi principal objetivo.
Nuestros sentimientos solo florecen entre cuatro paredes. En la intimidad de esa soledad que nos envuelve y nos deja ser. Podría decirse que hemos construido una vida solo nuestra. Una que solo existe cuando nadie más nos ve. Porque a ojos de los demás, yo no dejo de ser una desconocida a su lado.
Aun así, después de todo, siento que hay algo distinto en mí, y también en él. Hemos intentado salir a flote en un mar revuelto de contradicciones. De miedo. De heridas que aún no han cerrado del todo. Hemos intentado incluso acercarnos más allá de las palabras, pero hay algo en mí que se retrae. Como si el cuerpo aún no hubiera olvidado que no todo está bien. Y él lo ha notado. Pero no dice nada. No exige.
Aunque aún queda mucho trabajo por trazar, siento que estamos en el camino. Intento convencerme de que este es el proceso que tenemos que atravesar. Que, con el tiempo, él entenderá que no soy parte del problema. Sino su solución.
Es viernes. El tipo de viernes en el que aceptas el cansancio como una oportunidad para quedarte en casa, sin hacer nada más y no sentirte culpable por ello. Camino hacia casa con la mente consumida por la falta de sueño. Y entonces le veo. Apoyado en la puerta de mi edificio, mirando el móvil, despistado, con una bolsa en la mano. Conforme me acerco caminando lentamente, me mira con ese gesto contenido que solo él sabe tener.
Zane.
Sonríe de medio lado. Levanta una ceja, cómplice, y me muestra la bolsa. Me encojo de hombros sin saber bien cuáles son sus intenciones.
—¿Subimos?
Asiento sin mediar palabra. En el fondo sé que no debo perder tiempo por si alguien cruza la calle y nos ve juntos, así que me apresuro a abrir la puerta y dejarle entrar al portal.
Nos montamos en el ascensor y es entonces cuando me aprieta contra la pared, se pega a mí todo lo que puede y besa mis labios lentamente.
—He pensando que igual te apetecería comer conmigo… —susurra en mis labios sin apartarse de ellos.
Le pongo una mano en el pecho e intento apartarlo de mí, pero ríe en mi boca justo cuando la puerta del ascensor se abre y me invita a salir con una reverencia.
Voy hacia la puerta de casa y, con manos temblorosas, busco las llaves y abro. Él me sigue y cierra tras de sí, para después acompañarme hasta la cocina, donde deja la bolsa en la isla.
—¿Nos va a dar tiempo a comer antes de que te vayas? —evito mirarle mientras quito mis zapatos. No sé sí quiero oír su respuesta.
—Podría decirse que nos va a dar tiempo a comer, a comernos, a ver una película, a aburrirnos… —se apoya contra la isla, mirándome con detenimiento—. A todo lo que tú quieras.
Entonces lo miro. Lo examino con tranquilidad, intentando comprender cada palabra, como si todo esto fuera aún un sueño al que no termino de acostumbrarme. Desde que empezó a pasar más tiempo conmigo en casa, hemos compartido algo más de cinco minutos juntos. Pero esa presencia más constante también ha traído consecuencias. Su “nuevo horario” conmigo ha despertado sospechas, y las llamadas de teléfono que recibe últimamente son extrañas, muy extrañas. Breves. Cortantes. Vigilantes. Que le obligan a dar explicaciones con excusas absurdas que tenemos que inventar juntos para no levantar sospechas. Incluso le he ayudado con su trabajo para que estuviera al día y no perdiera el control de la situación. Aún no alcanzo a entender a quién le da esas explicaciones y mucho más por qué tiene que darlas. Le he preguntado, claro que sí. Pero él siempre responde lo mismo: que es mejor así. Como si no diciendo nada, como si no sabiendo nada me protegiera. Pero… ¿De quién?
—Si quieres me voy… —me mira alzando una ceja.
—No… —niego con la cabeza y me acerco a él, me pego a él, le abrazo, y le oigo sonreír desde lo más profundo. Besa mi cabeza y acaricia mi espalda con una tranquilidad abrumadora.