Cuando casi lo fuimos todo

32

Zane

La cubro con cuidado, envolviéndonos con el edredón, sin alejarme ni un milímetro de su cuerpo. Cada vez me cuesta más separarme de ella.

Aún duerme.

Yo no.

Imposible poder hacerlo. No después de haber sentido cómo su cuerpo se rendía contra el mío, de ver cómo apartaba el miedo solo porque yo supe quedarme.

Memorizo su respiración, su olor, el calor que desprende. Adoro su calma, porque en mí solo hay ruido.

No es por ella. No es su culpa. Es el silencio de todo lo que no digo, lo que oculto para no perderla. Es tener conciencia de que estoy en un lugar que, por más que desee, considero que no merezco.

He cambiado. No puedo negar lo evidente. Pero convivo cada día con el miedo, la desesperación, la culpa…, desde que tomé la decisión de no volver a perderla. Pero a veces me pregunto si, al quedarme con ella, me estoy perdiendo a mí.

Sé que he dejado atrás, o por lo menos en un segundo plano, la vida que había construido, la imagen que tenía de mí mismo, mi respeto e incluso mi fe. Y quizás también mi dignidad.

Y, aun así, no hay ningún otro lugar en el que prefiera estar.

Ella no tiene idea de lo que realmente hay detrás. De quién soy. Y cada día, cada maldito día, me debato entre contárselo o seguir callando. Lo único que me frena es que está verdad dicha en voz alta podría bastar para romperlo todo.

Miro el reloj: 19,30.

En treinta minutos debería estar en casa, ducharme, prepararme para la charla antes de la cena.

Y fingir.

Una vez más.

Desde que tomé la decisión de quedarme a su lado, los siento más presentes que nunca. Las llamadas a deshora, los interrogatorios disfrazados de preocupación, las tareas absurdas con las que intentan tenerme atado de pies y manos. Están nerviosos. Y lo peor es que tienen razón para estarlo.

Sé que Lena ha notado que algo extraño me rodea, no solo por mis límites y prohibiciones absurdas —que ya son tantas que a veces yo mismo me pierdo en ellas—, sino porque en definitiva tenemos que disfrazar cada encuentro con una excusa para poder tener una coartada perfecta. Y, a pesar de todo ello, apenas me ha cuestionado.

Solo…, me ha mirado con esos ojos suyos que intentan entender lo inentendible. Y eso, en lugar de darme paz, me parte en dos. Porque la estoy arrastrando a un sitio donde no debería estar.

Y sin embargo, ya no tengo fuerzas para soltarla.

He pensando en contárselo todo.

Y marcharme. Romper definitivamente con ellos.

Pero… ¿Y si ella no lo entiende? ¿Y si conocer la verdad no le permite permanecer a mi lado? ¿Y si me deja?

Y peor aún…

¿Y si ellos tampoco lo permiten?

El sonido de mi móvil corta mis pensamientos en seco.

Lo miro.

Y siento cómo el estómago se me revuelve al ver ese maldito número.

—Tengo que irme —murmuro, casi sin voz, mientras beso su espalda aún desnuda.

Lena se gira, lentamente. Me mira con el pelo aún revuelto. No dice nada. Sinceramente, no hace falta porque puedo ver en sus ojos la decepción, el cansancio…

Y eso me rompe más que cualquier palabra.

Beso su frente antes de levantarme. Pero ella me agarra del cuello, como si necesitara sostenerme un segundo más. Recojo mis cosas con torpeza. Trago saliva intentando controlar mi respiración aunque cada movimiento se me clava como un puñal mal dirigido.

Rodeo la cama y me agacho a su lado.

—¿Estás bien? —susurro, rozando su mejilla, sus labios.

—Estoy bien… —dice, apenas audible.

—Siento tener que irme. Te quedaste dormida y no quise despertarte. Me ha gustado sentirte dormir a mi lado —intento sonreír, aunque por dentro me esté destrozando.

Asiente con una media sonrisa que no le llega a los ojos. Tira del edredón para taparse por completo. No sé si para protegerse del frío o…, de mí.

—Te prometo que esto no es como la última vez. No me voy por ti. No me voy por miedo, ni por culpa, ni por arrepentimiento. No me voy por ningún otro motivo que no sea la hora que es…, y por la llamada que acabo de recibir —digo con toda la serenidad que logro reunir—. Estoy contigo, Len. Soy tuyo.

Me mira y sus ojos vidriosos me atraviesan. No responde. Solo alarga la mano y me acaricia la cara antes de besarme los labios, suave, frágil. Como si lo único que rondara por su cabeza fuera el miedo a perderme, Otra vez.

Beso sus labios otra vez. Su frente. Su pelo.

—Te llamo esta noche, ¿vale?

—Vale —responde con los ojos ya cerrados.

—Te quiero Len…, te quiero —digo, pero ella no responde, como hace siempre que le digo esas dos palabras. Y no la culpo. La entiendo.

Me detengo en el umbral. Doy un último vistazo hacia la cama. Ella sigue ahí, en la cama, abrazada a sí misma, como si yo ya me hubiera marchado. Como si en el fondo, se hubiera resignado a mi marcha.



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En el texto hay: novelajuvenil, destino, amor

Editado: 09.08.2026

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