Cuando casi lo fuimos todo

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Lena

La despedida de Zane aquella tarde se sintió diferente. Quizás por sus palabras. Quizás por sus gestos. Alguien que ha cambiado, pero que en esencia sigue siendo el mismo. Bastó una simple llamada de teléfono —como tantas otras veces— para que todo volviera a cambiar. Se marchó. Como cada día.

Me quedé en la cama no sé cuántas horas, con el cuerpo inmóvil y la mente atrapada entre recuerdos y decisiones ya tomadas. Se había ido, sí y yo le había dejado marchar. Como siempre. No dije nada. No supliqué que se quedara.

¿Y yo? ¿Dónde me deja eso a mí, una vez más?

Mis padres se quedaron el fin de semana. Con sus preguntas de siempre, con sus silencios de siempre, con sus discusiones de siempre. Nada cambia cuando estamos juntos.

Las semanas que siguieron no dejaron de ser una rutina silenciosa. Una repetición constante que, desde fuera, podía confundirse con estabilidad. Pero por dentro…, no dejaba de ser un eco de todo aquello que no podía decir.

¿Era feliz?

Sí. Con él, sí.

¿Del todo? No.

El amor que siento por Zane me llena por completo y, al mismo tiempo, me deja vacía. Es un amor tan profundo y necesario que me envuelve con cada mirada, en cada caricia, en cada palabra —tanto las que dice como las que calla.

Pero también es un amor ansioso, clandestino, lleno de ausencias, de preguntas sin respuestas, de espacios en blanco. De culpa. Una culpa que deshace cada noche, cuando el silencio me recuerda que, aunque lo tengo, no es del todo mío.

Le quiero. Indudablemente le quiero de una forma tan intensa que asusta decirlo en voz alta, por miedo a que, al pronunciarlo, se rompa. No se lo he dicho. No aún. A pesar de que él sí me lo ha dicho a mí. Tengo clavada la idea de que sí se lo digo, si me atrevo, él huirá. Así que me lo guardo. Como casi todo.

No poder compartir con nadie lo feliz que me siento cuando estoy con él, me hace sentirme demasiado sola. No poder abrazarle en mitad de una conversación trivial, no poder besarle sin pensar en quién podría vernos, no poder hablar de él con naturalidad. Me duele.

Todo esto siento que se está convirtiendo en una prohibición desmedida, absurda. Como si tuviera que retener en una cajita cada uno de mis sentimientos, sellarla y fingir que no existen fuera de las paredes que nos protegen.

Y esto… Me estaba destrozando.

No le he dicho nada de esto a Zane. Dios me libre. ¿Como decirle algo así? Sería darle la herramienta perfecta para marcharse. Y no estoy dispuesta a perderle.

Mi vida continúa, en apariencia: el trabajo, los pacientes, los compañeros. Y yo también sigo, de alguna forma. Riendo, participando. Como si no hubiese una parte de mi anclada a cada movimiento que Zane decide que podemos o no podemos tener.

Y sinceramente, eso es agotador.

Aún así, no he dejado de estar para los demás. He ido a las salidas con mis compañeros de Solace, he pasado tardes en el café con Carlota y Mina, incluso volví al camping…, pero sin él. Zane dejó de ir.

Le insistí. Una, dos, varias veces. Aunque siempre obtuve negativas a mis insistencias. Sin embargo, me pidió que fuera, que no me perdiera esos momentos. Que él no podía, por ahora. Por supuesto, no dio más explicaciones. Y yo sinceramente, me cansé de pedirlas.

Y claro que todos se han dado cuenta: Olivia y Nadia lo han intentado con rodeos, con conversaciones disfrazadas, con sarcasmo, como buscando una primicia sobre lo que me ocurre. Pero tengo claro que no puedo hablar al respecto. Le hablé de la visita de mis padres y eso pareció bastarles…, por ahora.

Quique no preguntó. Observó. Me comentó que me notaba encerrada en mí, en algo que no sabía muy bien cómo descifrar pero que no quería presionarme si yo no quería hablar de ello. Intentó acercarse un par de veces, con respeto como siempre. Sin embargo, yo estaba muy lejos de él, de todos, de mí, de quién era.

Carlota y Mina me dijeron hace unos días que ya no tengo ese brillo en los ojos. Que estoy guapa, más guapa que nunca, pero que hay algo en mí…, que se apagó.

Y no les falta razón. Siento que la felicidad que siento cuando estoy con él me consume en cuanto se aleja.

Tal vez ya no soy la misma, yo tampoco me reconozco del todo. Estoy luchando por aprovechar cada segundo que tengo a su lado. Por no exigir. Por no reprochar. Pero siento que este amor escondido me está haciendo pedazos. Me da miedo no saber sostener esta versión de mí que, aunque destrozada, sigue sonriendo, fingiendo. Me da miedo no resistir el tiempo suficiente para que él se de cuenta, y me da más miedo aún que cuando lo vea sea demasiado tarde para mí.



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En el texto hay: novelajuvenil, destino, amor

Editado: 09.08.2026

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