La mañana en Solace me pesa mucho más de lo que esperaba. El cansancio por las noches incesantes, llenas de pesadillas y recuerdos, me empiezan a pasar factura. Una demasiado alta, que no sé cuánto tiempo más voy a poder cargar. Todo transcurre entre papeles, pacientes, conversaciones entre compañeros a medio terminar que se quedan en los pasillos, y yo, moviéndome entre tareas, palabras superficiales y pensamientos que me atrapan todo el tiempo. La hora de la comida me da el respiro que necesito. Ellos me lo dan, con ese ambiente cada vez más familiar.
Como siempre, Zane llegaba justo después de comer. Lo intuyo incluso antes de verlo, por la forma en que mi cuerpo se tensa sin querer. Como si algo en mi interior se preparara para lo que fuese que él trajese consigo cada día.
Llevamos algunos días viéndonos apenas más allá de lo que permiten nuestros descansos, y aunque las llamadas por la noche se han convertido en costumbre, ambos sabemos que no es suficiente. Estoy cruzando el pasillo hacia la sala común justo cuando lo veo doblar la esquina. Con un gesto de cabeza y una mirada me dice lo que necesita, como si mirarnos bastara para entendernos. Nos dirigimos a la salida de incendios, hacia nuestro pequeño lugar lejos de la realidad. Por puertas diferentes, como siempre.
Subo las escaleras hasta el segundo rellano y me apoyo en la barandilla, repasando las vistas que nos acompañan cada tarde. Unos segundos después, siento cómo Zane pasa su mano por mi cintura y me pega suavemente contra su pecho, dando algún que otro beso sobre mi cabeza.
—Te he echado de menos… —susurra con una que me derrite y, a la vez, me rompe un poco por dentro. Porque sí, sin duda yo también le he echado de menos.
Sonrío, y echo la cabeza hacia atrás, apoyándola en su pecho mientras lo miro desde esa posición. Él besa mi sien, la mejilla, cada parte de mi cara como si lo necesitara para respirar. Cuando me doy la vuelta, quedo atrapada entre su cuerpo y la barandilla.
—Se me ha hecho eterno el día —murmuro.
Él se acerca más. Y cuando su boca roza la mía, al principio lo hace con una lentitud casi reverente, como si dudara. Luego me besa con necesidad, con tal ansia que me deja sin aliento. Como si quisiera grabar cada beso en su memoria. Cuando me deja sin aire, apoyo las manos en su pecho y me separo apenas unos milímetros.
—¿Ocurre algo?
—Tú me ocurres… —dice con la voz ronca, recorriéndome con los ojos como si tuviera que memorizar para siempre. Y eso, en parte, me asusta.
—Zane… —acaricio sus brazos con la punta de mis dedos, despacio—. Hablo en serio.
—Y yo, Len. Y yo —traga saliva—. Siento que me faltan horas. Que no sé cómo robarle tiempo al mundo para estar contigo. Y eso… Eso me está ahogando. No quiero que nada se rompa…
No sé qué decir. Por que tiene razón, yo lo siento igual. Necesito más tiempo. Mucho más.
Y entonces, justo en ese instante, la puerta de la salida de incendios se abre de golpe. Una compañera nueva —lleva apenas un par de semanas— sale sin mirar, sin vernos. Se dirige directamente a la barandilla, a respirar, supongo que a desaparecer del agobio de las primeras semanas.
Zane se aparta de mí de golpe. Como si yo le quemara. Dejándome la maldita sensación de que soy un error. Me quedo paralizada. Y el golpe no es solo su retirada, es también el eco de recuerdos antiguos. Cuando vuelvo en mí, él ya está subiendo las escaleras al segundo piso. Y yo, con el corazón encogido, le sigo.
—Zane, por favor… Espérame —susurro con la voz rota, apenas audible.
Él no se detiene. Así que acelero el paso, y cuando llegamos al siguiente descansillo, le agarro del brazo y le obligo a parar.
—Zane, para —digo con mucha más fuerza de la que siento.
Se detiene. De espaldas. Cuando le rodeo y me coloco frente a él, veo su rostro completamente desencajado. Está pálido. La respiración entrecortada.
Y ahí está, de nuevo, el antiguo Zane. Quizás el que nunca se ha ido. El que carga con el miedo, la vergüenza, el arrepentimiento y la culpa. La angustia de quien sabe que camina por un sendero prohibido.
—Len…, me tengo que ir.
—Zane, por favor. No nos ha visto. Ni ella ni nadie —Mi voz tiembla, pero no me rindo.
—No lo sabes, Lena. No puedes saberlo —-responde en voz baja, como si hablara consigo mismo.
—Sí, lo sé, Zane. La he mirado. Estaba a la suyo. No nos ha visto —intento tomarle la mano, pero él se aparta. Y camina hacia la puerta. Como si con eso lograra protegerme. O protegerse. Qué más da.
—Por favor, no nos hagas esto… —consigo decir con un hilo de voz que se me escapa sin permiso. Y entonces, se detiene.
—Vale —dice. Traga saliva y añade—. Pero…, deberíamos dejar de salir aquí. Ya no es seguro.
Y eso, justo eso, es lo que me rompe por dentro. Porque si también se atreve a quitarme esto, este lugar, nuestro lugar. ¿Qué nos queda? ¿Qué será lo siguiente?
Paso por delante de él. Con rabia, sí. Pero también ahogándome en la decepción de quien siempre supo —desde el principio— que esto tenía los días contados.
No digo nada más. Porque no puedo.