Esa tarde, como tantas otras veces en las que todo se torcía en nuestro mundo, Zane intentó llamarme, pero no contesté. Ya no era enfado lo que sentía. Era agotamiento. Saturación emocional.
Horas más tarde llegaron los mensajes: disculpas a medias, excusas banales, promesas entre líneas que no sabía si me servían. Todo aquello que él solía hacer para aligerar su conciencia, para maquillar lo que no se atrevía a afrontar de frente.
Nada me sorprendió. En el fondo, lo esperaba. Pero lo que no sé —lo que nunca sé— es hasta cuándo voy a poder seguir soportándolo.
Después de unos quince mensajes suyos, le respondí con un escueto: Tranquilízate. Mañana pasate por casa. Aprovechando que es viernes, necesitamos hablar. Pero, como siempre, me dijo que no podría venir antes de las seis y media.
Y aquí estoy…
Sentada en el sofá, con el móvil entre las manos y la mente perdida. Esperando. Como siempre. Esperando a que encuentre un hueco en su realidad para hacerme sitio en su vida.
Cuando el timbre suena, me sobresalto. Una parte de mí querría correr hacia la puerta, abrirla y abrazarlo como si nada. Como si todo fuera posible. La otra parte —quizá la más sensata— se aferra al sofá, deseando que no sea él, que no haya venido, que no tenga que afrontar otra conversación que promete romperlo todo. Incluso a mí.
A pesar de todo, me levanto.
Y abro.
Zane está ahí, con las manos en los bolsillos. No sonríe. No dice nada. Yo tampoco. Simplemente me aparto y le dejo entrar. Cuando cierro la puerta, él se acerca, me envuelve , me aprieta contra su pecho. Como si con eso bastara para salvarnos.
—Lo siento, Lena —susurra en mi oído—. Lo siento mucho… Se me fue de las manos.
Asiento en silencio, con la mejilla apoyada en su pecho, y luego me separo con suavidad. Camino hasta el sofá y me siento. Le hago un gesto para que siente también. Cuando lo hace, me fijo en su cara pálida, descompuesta. Supongo que por no saber qué va a encontrar en mis palabras.
—He pensado mucho en lo de ayer. Y la verdad, no quiero dramatizarlo más de lo que ya fue. Puedo entender que te diera miedo que alguien entrara de golpe y por eso tu actitud. No quiero juzgarte por ello, Zane.
Durante un instante, no dice nada. Solo veo cómo su rostro se transforma: sorpresa, emoción, agotamiento y algo parecido a la rabia.
—¿Puedes entenderlo? —murmura, tan bajo que tengo que inclinarme para escucharlo.
—Sí… Y no —respondo con honestidad—. Pero quiero hacerlo o tengo que hacerlo, Zane.
—¿Cómo puedes entenderlo siquiera? —dice entonces, con un tono más tenso.
—¿Te estás enfadando? —pregunto con incredulidad.
—No, no es eso, Lena. Es solo que…, siempre eres condescendiente conmigo. Siempre buscas el modo de entender todo lo que ocurre, de justificarlo…
—Basta —digo, más alto de lo que pensaba.
Me levanto del sofá, empiezo a caminar en círculos, pasándome las manos por los brazos, intentando calmar la rabia que se apodera de mí.
Zane se levanta también. Intenta acercarse, ponerse en mi camino, detenerme. Pero eso solo me pone más nerviosa.
—Sí, Zane. Maldita sea, sí. Lo soy. Soy condescendiente contigo. Con esto. Con lo que sea que somos. Porque siento que, si yo no lo soy, no queda nadie que lo sea. Y sin eso… Esto —digo, señalando a ambos—. Esto se deshace.
Se queda inmóvil. En mitad del salón. Mirándome. Y siento que me estoy rompiendo. Pero esta vez no sola, sino delante de él.
—No me cabe en la cabeza que seas tú el que está enfadado. Y encima porque yo no me enfade. ¿Qué estás buscando? ¿Qué quieres? ¿Que sea yo quien rompa con todo, para así no tener que cargar con la culpa tú después?
—Lena… Perdona —murmura.
Pero no se mueve. Está ahí. Paralizado.
Cierro los ojos con fuerza, buscando oxígeno. Siento como el corazón me golpea en la garganta. Me arde, me quema, como si las palabras que llevo tanto tiempo callando quisieran salir de golpe.
Cuando por fin abro los ojos, Zane sigue ahí, frente a mí. Con el rostro desencajado, los puños a ambos lados del cuerpo, apretados, como si eso fuera lo único que le contuviera.
—Zane… —susurro, con la voz temblorosa, rota—. Te quiero. Sí, no te lo he dicho hasta ahora pero te quiero. No hoy. No ayer. Te quiero desde hace demasiado tiempo. Yo nos quiero. Desde el principio.
Sigue inmóvil delante de mí. Parpadea, y puedo ver como sus hombros tiemblan apenas perceptibles, como si lo que esperaba oír desde hace ya algún tiempo hoy le pesara más de lo que quizá esté dispuesto a soportar.
—Te quiero a tí, y quiero esto. Pero no así, Zane. No más así —respiro hondo, tragándome un sollozo.
Él traga saliva, sus ojos se empañan, y entonces solo da un pequeño paso hacia mí, pero yo levanto una mano a la altura de mi pecho, pidiéndole que pare. Sus labios se entreabren como si quisiera explicarse, decir algo que sirva. Pero no dice nada, pues solo le envuelve un silencio cargado de desesperación.
—Odio no poder expresarme con claridad —continúo, al límite de mi ser—. Odio no poder decir lo que siento. No poder demostrarlo por miedo a que salgas corriendo. Odio este nudo que llevo conmigo en el pecho diariamente, ese miedo constante que me despierta en mitad de la noche, esta tensión que me persigue en cada paso —un nudo en la garganta me quiebra la voz—. Y no soporto ni un día más el terror a perderte. A perderme. A perdernos. Desde que te conocí, desde que todo esto comenzó, he aceptado que lo que te rodea es algo mucho más grande de lo que quizá jamás pueda imaginar. Vale. He aceptado tus limitaciones, tus prohibiciones, tus excusas, tus silencios. Incluso tus múltiples intentos de acabar con lo nuestro.