No hubo nada más. Ni gritos. Ni pasos apresurados. Solo mi decisión y después, el silencio.
Un silencio tan caótico como necesario.
Me acurruqué en el sofá, ese que tantas veces nos había arropado durante nuestras horas juntos. Con el corazón resquebrajado y la garganta hirviendo por todo lo que por fin pude decir.
Con el paso de las horas, consumida en recuerdos y envuelta en ese mismo silencio, lo vi todo. Empecé a encajar las piezas de nuestro rompecabezas.
Rememoré cada uno de nuestros encuentros desde aquél día en El Umbral del Café. Ese momento tan mágico como irreal, en el que entre dos completos desconocidos surgió algo que no supimos —o no quisimos— nombrar. Entonces no podía imaginar hasta dónde nos llevaría el simple roce de nuestras manos.
Visualicé cada uno de sus silencios, cargados de miradas con las que intentaba decirme todo aquello que callaba. Recordé el inevitable temblor de su cuerpo cada vez que me cobijaba en su regazo. Cómo se tensaba cuando alguien nos rondaba demasiado cerca. Cómo su mirada se iba a un lugar lejos de mí cada vez que sonaba su móvil. Cómo esquivaba mis preguntas para evitar mentirme.
Recordé su continuo nerviosismo cuando estábamos fuera de estas cuatro paredes. Su huida tras nuestros primeros besos, y el modo en que se apartaba durante algún tiempo de nuestra intimidad como si esa cercanía fuera peligrosa. Lo realmente prohibido para él. Yo.
Y claro… Ahora lo entiendo. Lo que no era capaz de ver. Lo que me negaba a aceptar.
Durante todo este tiempo creí que su miedo tenía que ver con fracasar, con equivocarse, con entregarse sin medida. Con nosotros. Pero tras escuchar su verdad, entiendo que el verdadero temor se escondía en romper con todo tal y como conocía su vida. Yo no era su amenaza como tal, sino que era todo lo que yo le hacía sentir.
Zane, el hombre que me había llevado al límite de mis sentimientos, estaba lleno de temores. Y ahora puedo entender que la distancia que nos imponía, su forma extraña de protegerme, era su única manera de intentar no hacerme daño con todo lo que él traía consigo.
Una forma torpe. Cruel. Pero quizás la única que conocía.
Y duele.
Duele de verdad.
Sé que la posición injusta y egoísta en la que me ha colocado no tiene justificación alguna. Y a pesar del dolor que siento —y que me consume, no desde ahora, sino desde hace ya demasiado tiempo—. No puedo dejar de pensar en lo que todo esto ha supuesto también para él.
Me quiere. O me quiso. Tal vez desde el principio. Y ese amor por mí lo rompió: a él, a la vida que había construido a su alrededor, a sus creencias —absurdas para mí, pero demasiado reales para él—.
Es cierto que yo he luchado sin mirar atrás por lo nuestro, intentando evitar que esto se deshiciera antes siquiera de comenzar. Pero él… Él ha luchado contra sí mismo. Una batalla constante entre el corazón y la mente. Y aunque todo eso debería bastarme para correr tras él y decirle que no es el momento de rendirse, hay una parte de mí que no puede más. Que está agotada, rota, abrumada.
Y, sin embargo, hay otra parte que todavía espera —aunque me niegue a admitirlo en voz alta—. Que él vuelva, pero que esta vez lo haga distinto.
Sin ataduras.
Libre.
Verdadero.