Cuando casi lo fuimos todo

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Zane

Entre todo este amasijo de emociones que me devoran por dentro hay algo que, a pesar del dolor, me acaricia con suavidad: el alivio. Como si me hubiera quitado una atadura del pecho. Como si, por fin, pudiera empezar a ser yo.

Durante estos días, en silencio, he repasado cada palabra que Lena me dijo. Cada gesto, cada mirada. Me habló con una honestidad que hizo tambalear los cimientos de mi vida. Esos que yo había levantado con sumo cuidado. Me mostró la realidad que yo no supe ver, que yo no supe sostener. Me mostró lo que fue capaz de darme sin pedir nada a cambio, mientras yo le ofrecía medias verdades y ausencias disimuladas.

Me he sorprendido pensando en mis sentimientos por ella. En el amor que siento, no como una cosa pasajera, sino como una verdad incómoda. He sido consciente de mí egoísmo y del daño que este le ha causado. En realidad, no ha hecho falta que ella me diga las cosas que hizo por nosotros. Lo vi. Lo viví. Ha tirado de esta relación aún cuando yo apenas se lo permitía. Soportó mis muros, mis normas absurdas, mis huidas, mis silencios, y hasta la prohibición de amar con libertad, aunque ella no quisiera prohibirse.

Siempre he sabido que la posición injusta a la que había llevado a Lena en algún momento nos pesaría, quizá mucho más de lo que pudiéramos soportar. Y decir la verdad, tan tarde como lo he hecho, ha sido la prueba evidente de que no me equivocaba.

Ahora, lo sé. Lo entiendo. Atrapé a Lena en un mundo que también me tenía atrapado a mí. En un mundo que ya no me representa, que hace tiempo dejó de ser hogar y pasó a ser cárcel. No quería verlo, porque me aferraba a la idea de que podía tenerlo todo: seguir dentro, seguir con ella. Quizás para evitar las consecuencias a las que tendré que enfrentarme en definitiva.

La decisión ya está tomada. No voy a dar marcha atrás. No esta vez. Y no lo hago porque Lena me haya dicho todo esto, sino porque lo he decidido yo, porque en el fondo llevo demasiado tiempo con esta decisión tomada pero sin aceptarla. Porque ya no puedo sostener esta doble vida. Porque no puedo seguir arrastrándola, ni a ella, ni a mí. Porque el precio de quedarme es perderme.

Y perderla.

Salí del trabajo diez minutos antes. Caminé rápido, con el cuerpo temblando y las manos en los bolsillos. He hecho hasta lo imposible por no cruzármela estos días: pasillos, salas… Sabía que no iba a poder contenerme ni un segundo más si la tenía delante. No con todo lo que callo en este instante. Necesitamos hablar. No de cualquier forma. No en cualquier lugar. Necesitamos un lugar que nos arrope, así que estoy aquí. En su puerta. Esperándola.

Porque esta vez, la decisión es firme.



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En el texto hay: novelajuvenil, destino, amor

Editado: 09.08.2026

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