Lena
De vuelta a casa, tras un día demasiado largo de trabajo y un peso mental que no acompaña, lo veo. Zane está sentado en el escalón de la puerta de casa.
Me detengo en seco. Siento su mirada clavada en mí. Llevamos varios días sin hablarnos desde que todo saltó por los aires. Yo no he sabido qué decir, y supongo que él tampoco. No siento que lo nuestro haya terminado, pero sí que nos debíamos un tiempo. Un tiempo para cada uno, para enfrentarnos al silencio, para entender hasta dónde nos estaban arrastrando nuestros actos.
Zane se pone en pie, con las manos en los bolsillos. Su rostro es una mezcla extraña entre tristeza y nerviosismo. Me acerco con paso lento, trago saliva. Sin decir ni una sola palabra, abro la puerta del portal y entro. Me quedo sujetándola desde dentro, esperando a que él cruce. Zane titubea un segundo, pero atraviesa el umbral.
Esta vez subo las escaleras. Siento que si entro en el ascensor, los recuerdos, su aroma, su presencia me asfixiarán.
Cuando llegamos, abro la puerta de casa, paso y la dejo abierta. Dejo mis cosas al lado del perchero y me giro para mirarle.
—Iré a por tu chaqueta. Te la dejaste la última vez… —murmuro.
Él no dice nada. Solo asiente con los ojos. Camino hacia el dormitorio, abro el armario y descuelgo la chaqueta de la percha. Cuando vuelvo al salón, se la ofrezco.
—No he venido por esto —dice, en voz baja—. He tomado una decisión.
—Me alegro por ti —respondo, colocando la chaqueta en su mano.
Pero entonces él la sujeta, se la deja colgada en el brazo y me mira, en silencio. Suspira. Sus hombros se hunden con pesar.
—Voy a dejar la comunidad. Voy a salir de todo ello. No puedo seguir ahí —susurra, como si cada palabra le costara aire. Como un niño cuando por fin se atreve a confesar lo que teme.
Me quedo quieta, a medio camino entre el sofá y él. Me giro y le miro. Está ahí. Indefenso, vulnerable, roto. Como quien, al fin, pronuncia en voz alta una verdad que ha tardado años en aceptar.
—¿Por qué? —me atrevo a preguntar.
—Tendría que haberlo hecho hace tiempo. Quizá no desde que te conocí aunque ese día…, ya tenía motivos suficientes. Rompí demasiadas reglas en aquél café —esboza una sonrisa que no le llega a los ojos, pero sí al recuerdo—. Después me fui negando lo evidente. Me permití ser yo cuando estábamos juntos, mientras caminábamos este camino lleno de espinas que yo solo sembré. Pero después…, volvía a convertirme en lo que se esperaba de mí. Y así, viví dos vidas. Y aunque no lo entiendas, aunque te duela, y por absurdo que parezca, esa fue mi forma de sobrevivir.
Sus palabras me golpean con fuerza.
—No te voy a negar que tus palabras me tambalearon, pero no dejo esto por lo que me dijiste. Lo dejo por mí. Porque hace ya algún tiempo dejé de creer en muchas de las cosas que me sostuvieron. Y siento que si me quedo me pierdo…, y también te pierdo a ti.
Aprieto los labios. La garganta se me cierra y siento cómo los ojos se me humedecen. Pero me obligo a mantenerme firme. Por mí. Porque me lo debo.
—La decisión está tomada. No voy a cambiar de idea —dice—. Solo te pido que me esperes. He puesto una fecha límite. El 25 de octubre. Solo queda un mes. Espérame. Es lo último que te pido.
—Zane…
—Lena —me corta, suave, pero firme—. Necesito tiempo para poner en orden mi vida. Para construir algo, lo que sea, que me sostenga cuando salga de ahí. Mi trabajo. Mi dinero. Mis lazos. Mi historia. Todo está allí. Todo está con ellos —se lleva una mano al pecho como si la ansiedad lo estuviera comiendo por dentro—. No me faltan razones para irme. Lo que me falta… Es la guía para después.
Se queda en silencio. Un instante esperando cualquier reacción por mi parte. Pero esta no llega. No puedo.
—-No te preguntes si estoy seguro. Lo estoy. Pero no sé qué va a pasar. Quizás no pase nada. Quizás me respeten, me escuchen, me dejen ir. Pero si no es así… Me iré con una mano delante y otra detrás.
No supe qué decir en ese instante.
No supe si creerle, o si protegerme.
Me limité a asentir. A aceptar, una vez más.
Pero la única verdad es que desde aquel día, todo cambió…