Cuando casi lo fuimos todo

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Desde ese día, definitivamente todo cambió.

No fue algo inmediato ni fácil. Nos tomamos nuestro tiempo para reencontrarnos. Ya no teníamos máscaras, y la verdad —aunque abrumadora— por fin había salido a la luz. Fue una mezcla entre alivio y vértigo.

Durante este tiempo, nuestra relación aparentemente seguía siendo la misma. Nos movíamos en la misma dinámica de siempre, como si nada hubiera pasado. Pero, en realidad, ya no era igual. No hubo reproches. No habrían servido para nada. Solo le pedí que no quería ni un secreto más. Y él me aseguró, con una mezcla de tristeza y firmeza que aún no sé cómo descifrar, que ya no quedaba nada más que contar. Mis preguntas sobre la comunidad —esa a la que él llama familia— no han tenido una respuesta clara, o quizás no la respuesta esperada, o la verdad necesitada… Lo único que me dijo fue:

—Prefiero no contarte más detalles sobre la comunidad.

Y todavía no sé si lo hace para protegerla a ella, para protegerse a sí mismo…, o para protegerme a mí. La verdad es que prefiero vivir con una verdad recortada a convivir con horrores que podrían romperme.

Desde entonces, solo fuimos nosotros.

Nosotros sin la distancia. Sin las excusas. Sin el dolor al que nos habíamos acostumbrado. Quizás con un amor más pausado, más consciente, más verdadero.

Cuando nos encontrábamos en casa, éramos dos personas que estaban eligiéndose, aún con todo. A pesar de todo. Para evitar sospechas, decidimos suspender nuestros encuentros en Solace. Pero él, en cambio, empezó a venir cada día a casa. Alargaba su estancia casi hasta la hora de la cena, momento en el que regresaba con ellos. Pero, incluso su marcha ahora dolía menos, porque sabíamos que tenía un final.

Zane me pidió ayuda para replantear su futuro: revisamos su currículum, buscamos despachos donde pudiera encajar, incluso enviamos algunas solicitudes. Me dijo que le gustaría montar algo propio, si al final de todo esto le quedaba algo de dinero propio.

Hablamos de una vida. De la nuestra, juntos.

De irnos de vacaciones para navidad, cuando todo hubiese terminado y estuviéramos asentados. De vivir en mi piso, al principio y luego buscar uno juntos. De seguir en Lucerna, aunque yo le ofrecí marcharnos lejos si así lo necesitaba.

Me miraba como si ahora todo fuera posible. Y sí, yo también empecé a creerlo así.

Entonces, una tarde, Zane apareció en casa. Tenía la mirada perdida, los hombros vencidos. Se le notaba no solo cansado, sino devastado. Como si llevara años huyendo de sí mismo.

—Len… —susurró, roto—. No puedo más. No voy a dejarlo pasar ni un solo día más. No quiero seguir viviendo así, con miedo. Ni obedeciendo órdenes en las que ya no creo. Esta noche me voy a reunir con ellos. Les diré que me voy.

El miedo, el pánico y algo más se apoderó de mi pecho, de mí, de todo mi ser. Todavía faltaba más de una semana para la fecha que él mismo había marcado. ¿Y si todavía no estábamos listos?

—Zane, espera… Escúchame —intenté frenarlo, suplicar, darle razones para esperar solo unos días más. Pero él negó con la cabeza.

—Necesito ser libre. Quiero estar contigo. Necesito estar contigo sin esconderme, sin convertirte en una culpa. Estoy harto de vivir en un error constante. Harto de vivir con miedo. Yo te amo, no necesito nada más.

Y así, sin más, tomó su decisión.

Y se fue.



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En el texto hay: novelajuvenil, destino, amor

Editado: 09.08.2026

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