Esa misma noche, Zane me llamó. Lloraba. Pero su llanto parecía distinto. No era dolor sino algo parecido al alivio, tal vez la esperanza.
—Len, lo he hecho. Por fin, lo he hecho. Lo he dejado. Todo esto.
Su voz sonaba diferente. Libre, quizás. Ilusionada.
—¿Estás bien? —fue todo lo que pude decir.
—Demasiado bien. No sabes cuánto. Me siento más ligero.
Me habló con franqueza. Me contó que no dijo en ningún momento que yo fuera el motivo de su ida. Ni siquiera me mencionó. Seguía sin existir para ellos. Me explicó que los motivos que había dado eran personales: que ya no se sentía igual que antes, que hacía tiempo su fe había cambiado y que necesitaba hacer su camino fuera de ahí. Dijo que fue una conversación larga pero respetuosa. Que ellos lo entendieron perfectamente. Según él, ellos no retenían a nadie y por supuesto no lo perjudicaban si decidían marcharse. Que estaban tristes y él, en parte, también.
—Siento que me han dado permiso —dijo—. Pero ya no lo necesito. Ahora ya no. Algunos de ellos lloraron conmigo, me abrazaron.
Entonces se abrió más. Me habló de su historia con ellos. Dijo que ya no recordaba cuántos años llevaba con ellos. Habían vivido en diferentes sitios, viajado juntos, compartido demasiado.
—No conozco otra cosa —murmuró, como si esa verdad le doliera—. Pero ahora tengo un motivo para conocerla. Tú, Lena.
Y la tensión que me venía oprimiendo desde que se fue, se deshizo con esas simples palabras, cargadas de esperanza. Una esperanza que quizás no había sido palpable hasta este preciso momento.
—Solo me han pedido una cosa —añadió—. Pasar un par de días con algunos de ellos, los más cercanos. Para despedirnos como se merece.
Y eso, justo eso, fue lo que me arrebató la tranquilidad, el alivio e incluso la felicidad momentánea.
Un par de días. Cero contacto. Con ellos.
Lo entendía. En parte. Le dije que lo comprendía. Pero… ¿Para qué? ¿Por qué irse fuera? ¿Por qué sin poder mantener el contacto conmigo?
Zane intentó calmarme. Le quitó importancia.
—Serán dos días, Len. Dos días más y después todo habrá terminado. Después solo seremos tú y yo… Para siempre. Te lo prometo. Confía en mí.
Sus palabras eran reconfortantes, cargadas de ternura y calma. Pero algo dentro de mí se removió. Una punzada de ansiedad que se me clavó en el alma. Sentí a mi instinto gritarme. Muy fuerte.
Pero no le dije nada más. Se merecía un final.
Su final.
Durante esos dos días, no supe nada de él. Ni un mensaje. Ni un llamada. Nada.
Me concentré en el trabajo. Me forcé a hablar con mis compañeros para mantener la cabeza ocupada. Pasé las tardes en El Umbral del Café. Mi refugio ahora se convirtió en mi escondite. Pero ni el aroma del café, ni el murmullo de la gente, ni mis libros me devolvieron la calma. El resto de mi tiempo libre lo dediqué a limpiar la casa como una posesa, como si con ello pudiera mantenerme lo suficiente firme en esta realidad tan distinta de la esperada.
Me sentía al borde del precipicio. A punto de volverme loca entre este silencio desmedido. Y solo podía preguntarme si… ¿Volverá? Pero sí, me repetí a mi misma, mil veces que lo haría. Que volvería.
Esa noche, recibí su mensaje.
—He vuelto. Mañana, si puedes, me paso por tu casa.
Me incorporo de golpe. Lo leo una, dos, tres veces. Es tarde, demasiado. Tenía asumido que hoy tampoco diría nada. Me tiemblan las manos mientras escribo:
—Espero que todo haya ido bien. Mañana te espero aquí. Como siempre.
No contesta. Y yo no consigo dormir ni un minuto. Doy mil vueltas en la cama, pero no logro descansar. Solo una ansiedad que me hierve la sangre.
Amanece. Me levanto antes de que suene el despertador. Preparo café. Me ducho. Me cambio varias veces de ropa. Hasta que finalmente suena el timbre.
Siento el corazón en la garganta.
Abro.
Y ahí está. Zane.
Justo delante de mí. Pero no es mi Zane. No es el que salió de esta casa, ni el que intentó alejarme por miedo. Este es otro. Alguien a quien no reconozco.
La mirada vacía. La piel más pálida. En su rostro no hay ilusión. No hay esperanza. No hay rabia. No hay nada. Ni siquiera amor.
No dice nada. Solo entra. Yo me aparto, casi sin respiración. Cierro la puerta despacio, cerrando los ojos, intentando encontrar aire y algo que me tranquilice.
Zane se queda quieto, justo al lado de la mesita del sofá. Observa el salón como si le costara reconocerlo.
No me mira.
—Solo he venido a despedirme —dice al fin—. Me voy en un par de horas.
Sus palabras me atraviesan. Rápidas. Directas. Dolorosas.
—¿A dónde? —pregunto, casi sin voz.
—Esto se ha terminado.
Le miro, con incredulidad. Me pellizco la mano sin pensarlo. Duele. Es real. Y no lo entiendo.