Capítulo 1
El lugar donde empiezan las grietas
El sonido de las llantas del auto sobre el asfalto húmedo se repetía como un eco constante en la mente de Allan Sheeks Jiménez. Miraba por la ventana sin realmente mirar nada. Los árboles, las casas y los postes de luz pasaban frente a sus ojos como sombras sin significado.
Habían pasado tres años desde la muerte de su madre, pero el silencio que dejó en la casa seguía siendo el mismo. Un silencio pesado, incómodo, que se sentaba en la mesa con ellos cada mañana y cada noche.
—Llegamos en veinte minutos —dijo su padre sin apartar la vista de la carretera.
Su voz sonaba tranquila, pero Allan sabía que no era así. Su padre era profesor de filosofía, un hombre acostumbrado a explicar la vida con palabras complejas… pero ni siquiera él había encontrado una forma de explicar la muerte de su esposa.
En el asiento de atrás, William Nerui, su hermano mayor, tenía los audífonos puestos. Miraba el teléfono con una expresión de aburrimiento absoluto.
—Espero que esta ciudad no sea un completo desastre —murmuró William sin levantar la mirada.
Allan no respondió. En realidad, no sabía qué esperar.
La mudanza había sido idea de su padre. Decía que cambiar de ambiente ayudaría a cerrar heridas. Que a veces las personas necesitaban empezar de nuevo para poder respirar otra vez.
Pero Allan no estaba seguro de que las heridas funcionaran así.
El auto finalmente entró en la ciudad.
No era demasiado grande, pero tampoco pequeña. Las calles estaban llenas de gente joven caminando, riendo, andando en bicicleta. Había murales de colores en algunas paredes y cafeterías con música que se escapaba hacia las aceras.
No parecía un lugar triste.
Y eso lo hacía sentir extraño.
—Ese es —dijo su padre señalando hacia adelante.
Allan levantó la vista.
Un enorme edificio se alzaba detrás de una reja negra. No era una escuela común. Tenía una arquitectura antigua mezclada con partes modernas. A un lado se veía una cancha de baloncesto donde algunos chicos jugaban mientras gritaban y se empujaban. En otra zona había estudiantes pintando algo enorme sobre una pared.
Un cartel de hierro en la entrada decía:
Colegio Jacinta
—Aquí voy a trabajar —explicó su padre con una leve sonrisa—. Arte, deporte y literatura… todo en el mismo lugar.
William soltó una pequeña risa.
—Suena como el lugar perfecto para que pasen cosas raras.
Tal vez tenía razón.
Cuando Allan bajó del auto, sintió el viento fresco de la tarde. El lugar tenía una energía diferente… como si algo estuviera siempre a punto de suceder.
En la cancha, un chico alto y atlético acababa de encestar una pelota con una facilidad impresionante. Algunos estudiantes lo vitorearon.
Pero no parecía feliz.
Allan no sabía por qué, pero lo notó de inmediato.
En las escaleras del edificio principal, una chica de cabello negro observaba todo con los brazos cruzados. Tenía una mirada fría, casi desafiante, como si el mundo entero le resultara aburrido.
Sus ojos se cruzaron con los de Allan por un segundo.
Luego ella apartó la mirada, como si él no existiera.
—Bienvenido a tu nueva vida —dijo William dándole una palmada en el hombro.
Allan volvió a mirar el colegio.
Algo dentro de él le decía que ese lugar no solo cambiaría su vida.
La rompería primero.
Y apenas era el primer día.
Después de observar unos minutos más, su padre volvió a subir al auto.
—Vamos —dijo—. Primero la casa.
El trayecto desde el colegio no fue largo. Condujeron apenas diez minutos por calles más tranquilas, llenas de árboles viejos y casas de dos pisos. El barrio parecía silencioso, casi demasiado silencioso comparado con la energía del colegio.
Finalmente el auto se detuvo frente a una casa de madera clara con un pequeño jardín descuidado.
—Aquí es —anunció su padre.
La casa no era grande, pero tenía algo acogedor. El porche delantero crujió ligeramente cuando bajaron del auto. Había hojas secas acumuladas en las esquinas y una vieja lámpara colgando sobre la puerta principal.
William miró alrededor.
—Bueno… al menos no parece que esté embrujada.
Su padre soltó una pequeña risa mientras sacaba las llaves.
—Denle una oportunidad.
Cuando la puerta se abrió, el olor a madera y polvo los recibió de inmediato.
El interior era sencillo: una sala amplia con una ventana grande, una estantería vacía pegada a la pared y un sofá viejo cubierto con una sábana blanca. A un lado había una mesa de comedor redonda que parecía haber estado ahí durante años.
Allan caminó lentamente por la sala.
Sus pasos resonaban ligeramente en el suelo de madera.
Había algo extraño en empezar de nuevo en un lugar que no tenía recuerdos.
Ni buenos.
Ni malos.
Subió las escaleras y encontró tres habitaciones en el segundo piso. Eligió la del fondo casi sin pensarlo. Tenía una ventana que daba hacia la calle y desde ahí se podían ver las copas de los árboles moviéndose con el viento.
Dejó su mochila sobre la cama.
Durante un momento se quedó en silencio mirando la habitación vacía.
Nueva ciudad.
Nueva casa.
Nuevo colegio.
Todo nuevo.
Pero dentro de él… nada había cambiado.
Abajo escuchó la voz de su padre hablando con William mientras movían algunas cajas.
Allan se acercó a la ventana.
A lo lejos, más allá de los árboles, se alcanzaba a ver una parte del techo del Colegio Jacinta.
El lugar donde todo estaba a punto de comenzar.
Y él todavía no lo sabía…
pero ese colegio estaba lleno de historias.
Algunas hermosas, otras confusas
Y sin duda otras que otros prefieren callar e ignorar.