Cuando crecer apesta ; Historias que nadie cuenta .

Capítulo 2; Primeros pasos

La mañana llegó más rápido de lo que Allan esperaba.

La luz del sol se colaba por la ventana de su nueva habitación, iluminando las cajas que todavía seguían cerradas en el suelo. Durante unos segundos, Allan no recordó dónde estaba. Todo parecía extraño, silencioso, diferente.

Hasta que escuchó la voz de su padre desde abajo.

—¡Allan! ¡Si no bajas en cinco minutos llegaremos tarde el primer día!

Allan se sentó en la cama y se pasó una mano por el cabello rizado. Suspiró lentamente mientras miraba la habitación todavía vacía.

Primer día.

No sabía si eso le producía curiosidad o fastidio.

Se vistió con rapidez, bajó las escaleras y encontró a su padre sirviendo café en la cocina mientras William comía una tostada apoyado contra la mesa.

—Dormiste como una piedra —dijo William con una media sonrisa—. Te llamé dos veces.

—No escuché nada.

—Eso no me sorprende.

Su padre colocó una taza frente a Allan.

—Hoy solo iremos a hacer algunos trámites y a conocer el colegio por dentro. No será un día largo.

Allan asintió en silencio.

El trayecto al colegio fue más corto de lo que recordaba. A esa hora de la mañana el lugar estaba mucho más lleno. Estudiantes caminaban por todas partes: algunos con mochilas enormes, otros con guitarras, balones de baloncesto o carpetas llenas de dibujos.

El Colegio Jacinta estaba vivo.

Cuando entraron por la reja principal, Allan sintió que todas las conversaciones, las risas y el ruido del lugar formaban una especie de energía difícil de ignorar.

—Es más grande de lo que parece —murmuró William.

Y tenía razón.

Dentro del campus había varios edificios: uno principal de estilo antiguo donde se encontraban las aulas, un pabellón moderno de arte con enormes ventanales, y al fondo una zona deportiva donde se escuchaban los botes constantes de un balón de baloncesto.

El sonido hizo que Allan mirara hacia la cancha.

El mismo chico del día anterior estaba allí.

Alto, atlético, moviéndose con una seguridad impresionante mientras driblaba el balón entre sus piernas. Un grupo de estudiantes lo observaba desde las gradas.

Encestó.

Otra vez.

—Ese tipo es bueno —comentó William.

Allan no respondió, pero seguía mirando.

Había algo en la forma en que el chico jugaba. Una mezcla de talento y rabia.

Como si cada tiro fuera una forma de sacar algo que llevaba dentro.

—Ese es Héctor —dijo una voz cerca de ellos.

Allan giró la cabeza.

Un chico de cabello claro estaba sentado en una de las barandas observando la cancha.

—Capitán del equipo de baloncesto —continuó—. Básicamente una leyenda aquí.

William levantó una ceja.

—¿Y tú eres…?

—Mateo.

Saltó de la baranda con naturalidad.

—¿Ustedes son nuevos, verdad?

Allan asintió.

—Se nota —dijo Mateo con una sonrisa—. Este lugar es pequeño. Todo el mundo sabe quién es nuevo en menos de una hora.

William miró alrededor con curiosidad.

—Voy a ver el edificio de arte —dijo—. Nos vemos luego.

Sin esperar respuesta, se alejó caminando entre los estudiantes, desapareciendo hacia uno de los pasillos del campus.

Allan se quedó cerca de la cancha.

En ese momento sucedió.

Un pase fuerte salió disparado desde la cancha.

El balón rodó por el suelo… y se detuvo justo frente a los pies de Allan.

Por un instante todos miraron hacia él.

Héctor caminó lentamente hacia la línea lateral, observándolo.

Allan levantó el balón. Era más pesado de lo que parecía.

Héctor lo miró con una expresión tranquila, pero curiosa.

—Pásalo.

Allan dudó un segundo… y lanzó el balón de vuelta.

No fue un mal pase.

Pero tampoco fue perfecto.

Héctor lo atrapó sin esfuerzo.

Lo miró unos segundos más.

Luego botó el balón una vez contra el suelo y se acercó hasta quedar frente a él.

De cerca parecía aún más alto.

—¿Juegas? —preguntó.

Allan se encogió ligeramente de hombros.

—No realmente.

Héctor levantó una ceja.

—Entonces… ¿qué haces aquí?

Allan no respondió de inmediato.

Héctor señaló hacia el pabellón de arte.

—¿Eres artista?

Luego señaló hacia el edificio principal donde estaban las aulas de literatura y filosofía.

—¿O filósofo?

Allan soltó una pequeña risa sin mucha seguridad.

—No lo sé.

Héctor frunció ligeramente el ceño, divertido.

—¿Cómo que no lo sabes?

Allan miró hacia el colegio.

A la cancha.

A los edificios.

A todos los estudiantes que parecían tener claro quiénes eran.

—Tal vez soy bueno en algo… —dijo finalmente—. O tal vez soy malo en todo.

Por primera vez, Héctor sonrió.

No una sonrisa grande.

Pero sí honesta.

—Bueno —dijo mientras giraba el balón entre sus manos—.

—Eso lo vamos a descubrir aquí.

En ese momento, desde las escaleras del edificio principal, alguien observaba la escena.

Alicia.

Sus ojos pasaron de Héctor… a Allan.

Y por alguna razón que ni siquiera ella entendía, el nuevo chico le resultaba… interesante.

Allan se quedó un momento más observando la cancha.

Luego decidió caminar hacia el edificio principal.

El pasillo estaba lleno de estudiantes hablando, riendo y moviéndose de un lado a otro. Allan avanzaba mirando alrededor, intentando memorizar el lugar.

Y entonces ocurrió.

Al doblar una esquina chocó ligeramente con alguien.

—Oye—

El impacto fue suave, pero suficiente para que ambos dieran un pequeño paso atrás.

Era ella.

Alicia.

Su cabello negro caía sobre sus hombros y sus ojos oscuros lo miraban con una mezcla de sorpresa y algo más difícil de definir.

Por un segundo ninguno dijo nada.

Allan notó que ella sostenía un cuaderno contra el pecho.

—Lo siento —dijo él finalmente.




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