Capítulo 3 — Las reglas invisibles
La noche cayó lentamente sobre el barrio.
Desde la ventana de su habitación, Allan podía ver las luces encendiéndose una por una en las casas cercanas. El ventilador giraba lentamente sobre su cabeza mientras él permanecía acostado mirando el techo.
No podía dejar de pensar en el Colegio Jacinta.
En Héctor.
En Alicia.
Y en las palabras de Ericnel.
"Ese colegio parece normal… hasta que empiezas a conocer a la gente."
Suspiró y tomó el teléfono. Tenía varios mensajes de William.
William:
"El pabellón de arte es increíble."
William:
"Creo que conocí a una chica que pinta murales."
William:
"Y creo que me perdí."
Allan soltó una pequeña risa.
Definitivamente su hermano parecía haberse adaptado más rápido.
Antes de responder, escuchó unos golpes suaves en la puerta.
—¿Puedo pasar? —preguntó su padre desde afuera.
—Sí.
La puerta se abrió lentamente.
Su padre entró con dos vasos de refresco y le entregó uno.
—Primer día sobrevivido.
Allan tomó el vaso.
—Apenas.
Su padre sonrió un poco y se sentó al borde de la cama.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Qué te parece el lugar?
Allan pensó la respuesta.
—Extraño.
—¿Extraño malo o extraño bueno?
—Todavía no lo sé.
Su padre asintió lentamente, como si entendiera perfectamente esa sensación.
—Cuando uno llega a un lugar nuevo, todos parecen tener ya su sitio. Sus amigos. Sus historias.
Miró alrededor de la habitación aún llena de cajas.
—Pero eso cambia más rápido de lo que crees.
Allan bajó la mirada al vaso.
—¿Y si no encajo?
Su padre soltó una pequeña risa.
—Nadie encaja el primer día.
Luego le revolvió el cabello antes de levantarse.
—Descansa. Mañana sí empiezan las clases de verdad.
Cuando salió de la habitación, Allan volvió a quedarse solo.
Pero esta vez ya no sentía exactamente el mismo vacío.
A la mañana siguiente, el Colegio Jacinta estaba incluso más lleno que el día anterior.
Los pasillos parecían un río constante de estudiantes.
Allan caminaba mirando los números de las aulas hasta que alguien apareció a su lado de repente.
—Te vas a perder.
Era Mateo.
Llevaba una mochila colgando de un solo hombro y una sonrisa demasiado relajada para alguien que claramente llegaba tarde.
—Otra vez —añadió divertido.
Allan negó con la cabeza.
—Solo estoy buscando mi salón.
Mateo observó el papel que llevaba en la mano.
—Ah… te tocó literatura con la profesora Emilia.
Hizo una expresión dramática.
—Sobrevive y tendrás mi respeto eterno.
Allan soltó una pequeña risa.
—¿Es tan mala?
—No. Peor. Hace pensar.
Mientras caminaban por el pasillo, Allan comenzó a notar algo curioso.
La gente observaba a Mateo.
Algunos lo saludaban.
Otros simplemente lo miraban pasar.
—¿Eres famoso aquí o algo así? —preguntó Allan.
Mateo sonrió de lado.
—No famoso.
Se inclinó un poco hacia él.
—Solo sé demasiados secretos.
Antes de que Allan pudiera preguntar algo más, Mateo se detuvo frente a un aula.
—Aquí es.
El timbre sonó justo en ese momento.
—Nos vemos luego, nuevo.
Y desapareció entre la multitud.
Allan entró al salón.
La profesora Emilia escribía algo en la pizarra mientras los estudiantes hablaban entre ellos.
El ruido disminuyó apenas él apareció en la puerta.
La profesora volteó.
Era una mujer elegante, de lentes finos y mirada seria.
—Tú debes ser Allan.
—Sí.
—Pasa. Puedes sentarte donde quieras.
Allan recorrió el aula con la mirada.
Casi todos los asientos estaban ocupados.
Excepto uno.
El asiento junto a Alicia.
Ella estaba apoyada contra la ventana leyendo un libro, completamente indiferente al resto del salón.
Allan dudó unos segundos.
Luego caminó hasta allí.
Cuando se sentó, Alicia levantó apenas la mirada del libro.
—Qué mala suerte tienes.
Allan arqueó una ceja.
—¿Por sentarme aquí?
—Exacto.
Volvió la vista al libro.
—Ahora todos van a mirarte más.
Y tenía razón.
Allan podía sentir algunas miradas curiosas alrededor.
—¿Y eso te molesta? —preguntó él.
Alicia pasó una página tranquilamente.
—A mí no.
Lo miró de reojo.
—A ti todavía no lo sé.
La clase comenzó poco después.
Pero Allan apenas podía concentrarse.
Algo raro ocurría en ese lugar.
No eran solo las personas.
Era la forma en que todos parecían esconder algo.
Como si el Colegio Jacinta tuviera reglas invisibles que nadie explicaba… pero todos conocían.
Y Allan acababa de entrar en medio de ellas.
La clase seguía tranquila.
La profesora Emilia escribía en la pizarra mientras los estudiantes copiaban en silencio. Allan intentaba prestar atención, aunque todavía se sentía algo perdido en aquel lugar.
A su lado, Alicia giraba un lápiz entre los dedos con evidente aburrimiento.
Después de unos segundos, ella se inclinó un poco hacia él.
—Hazme un favor.
Allan la miró.
—¿Qué?
Alicia señaló discretamente la ventana del salón.
—Abre eso un poco. Me estoy muriendo de calor.
Allan miró hacia la ventana.
No parecía gran cosa.
Se levantó de la silla y caminó hasta ella.
Pero apenas tocó el seguro, la voz de la profesora Emilia sonó detrás de él.
—Señor Allan.
Todo el salón quedó en silencio.
Allan giró lentamente.
—¿Sí?
La profesora cruzó los brazos.
—¿Puede explicarme por qué está abriendo la ventana en plena clase?
Allan dudó.
—Yo… pensé que—